Costa Rica está presenciando un episodio delicado. El presidente de la República, Rodrigo Chaves, ha dirigido un ataque frontal contra la presidenta del Tribunal Supremo de Elecciones, Eugenia Zamora, y contra los magistrados que lo integran. No se trata de una simple crítica, ni de una discrepancia técnica; se trata de una descalificación pública, cargada de desdén y de soberbia, hacia la institución que representa la columna vertebral de nuestra democracia.
Lo que hemos visto y escuchado no es un discurso firme ni un gesto de transparencia, como algunos intentan presentarlo. Es, más bien, un acto de insolencia institucional. Cuando un presidente utiliza su poder y su tribuna para ridiculizar, intimidar o deslegitimar a quienes deben fiscalizarlo, está traspasando una línea que ninguna democracia madura puede permitir.
El Tribunal Supremo de Elecciones no es un adversario político. Es el árbitro del proceso democrático, el guardián del voto, la institución que asegura que las diferencias se resuelvan con papeletas y no con gritos. Atacarlo, insinuar que sus magistrados son corruptos o que actúan por intereses personales, no fortalece la democracia: la pone en riesgo.
Lo más grave no es solo el tono del presidente —arrogante, burlón, altanero— sino el efecto que produce. Cada vez que desacredita al Tribunal, erosiona la confianza ciudadana en el sistema. Y cuando la gente deja de confiar en sus instituciones, lo que queda es el caos. Ninguna nación se sostiene sobre el desprecio al árbitro.
Muchos costarricenses lo celebran. Lo aplauden. Creen que es valentía decir lo que nadie se atreve. Pero no confundan el valor con la prepotencia. El verdadero coraje cívico no consiste en gritar más fuerte, sino en respetar los límites que hacen posible la convivencia. Defender la legalidad no es debilidad; es madurez.
El presidente afirma que la democracia costarricense es “madura” porque admite la crítica. Y es cierto: la democracia tolera la crítica, pero no tolera la destrucción. La crítica es un ejercicio de pensamiento; el insulto es un ejercicio de poder. Y cuando quien insulta es quien ostenta el poder, el riesgo se vuelve enorme.
Doña Eugenia Zamora y los magistrados del TSE representan algo mucho más grande que un grupo de personas. Representan la garantía de que usted y yo sigamos teniendo voz, voto y futuro. Por eso, defender al Tribunal no es defender a una persona: es defender a Costa Rica.
Y sí, el país está observando, pero no solo al Tribunal.
Está observando al presidente, a su tono, a sus palabras y a sus seguidores.
Y está observando, sobre todo, si los costarricenses seremos capaces de mantener la calma, la dignidad y la lucidez para no dejarnos arrastrar por el ruido.
Porque si la autoridad más alta del país se permite hablar con insolencia a las instituciones que lo limitan, y el pueblo lo celebra, entonces el daño no lo hace solo el presidente: lo hacemos todos.
Costa Rica no necesita héroes de micrófono. Necesita guardianes de la serenidad.
Y ese papel, hoy más que nunca, nos toca asumirlo a nosotros.
