Por Vinicio Jarquín
En la selva, todos los animales se creen reyes.
El jaguar, por ejemplo, camina con aire de grandeza. Es sigiloso, fuerte, y su sola mirada impone respeto. Su piel luce como un traje hecho a medida, su andar es elegante, su rugido poderoso. Nadie osa contradecirlo. Pero el jaguar caza solo. Vive solo. Come solo. Y, cuando envejece, muere solo.
El cerdo, en cambio, no tiene ese porte majestuoso. Es terroso, curioso, glotón y, a veces, ruidoso. Pero vive en grupo. Comparte el espacio, se revuelca con los suyos, y sabe encontrar alimento incluso en lo que otros desprecian. No le importa ensuciarse si con eso sobrevive. No le importa lo que digan los animales de piel brillante: el cerdo tiene olfato, y ese olfato le ha salvado la vida muchas veces.
El jaguar observa desde las ramas, convencido de que la limpieza es símbolo de superioridad. El cerdo lo mira desde el suelo, sin rencor, sabiendo que mientras el jaguar necesita cazar para vivir, él solo necesita buscar. Y encuentra.
En el fondo, la selva los necesita a ambos.
Pero si algún día desaparecieran los cerdos, el bosque se llenaría de desechos, de restos, de lo que nadie quiere tocar. Ellos limpian, airean la tierra, la remueven. De algún modo, mantienen el equilibrio.
El jaguar, aunque imponente, no siembra ni limpia. Solo devora.
El cerdo, aunque despreciado, es parte del ciclo de la vida.
A veces, las apariencias confunden.
Hay quienes creen que ser elegante es sinónimo de grandeza, y quienes olvidan que sin los humildes que se ensucian, la tierra se muere.
Que entienda quien entienda.
