He recibido un comunicado de alguien que explica, con mucha serenidad y claridad, por qué no irá a la congregación o manifestación convocada para este viernes. Y te soy sincero: me hizo detenerme un momento y leerlo dos veces, porque expresa algo que muchas personas sienten, aunque no siempre logran ponerlo en palabras. Hoy quiero comentarlo, porque creo que estas reflexiones ayudan a que respiremos con un poco más de calma en medio de tanto ruido.
La persona que escribió este comunicado empieza diciendo algo que parece obvio, pero que a veces olvidamos: miles de costarricenses acuden todos los días a los despachos judiciales y administrativos sin que nadie los acompañe con banderas, gritos o escudos humanos. Lo hacen porque es un deber ciudadano, porque todos estamos sometidos a la justicia y porque así funciona un Estado de Derecho. Y tiene razón: si eso es cierto para cualquiera, también lo es para el presidente.
El comunicado también recuerda que este no es un combate político, ni un choque electoral disfrazado, sino un procedimiento jurídico. Uno que debe enfrentarse con transparencia, respeto y serenidad. Eso me parece fundamental, porque a veces se pretende convertir cualquier tema legal en un espectáculo emocional, y ahí es donde perdemos la brújula. La justicia necesita silencio, sobriedad, hechos… no multitudes presionando desde afuera.
El texto menciona algo todavía más delicado: que llamar al pueblo para servir como escudo protector es una forma de evadir responsabilidad. Y sí, entiendo esa preocupación. Cuando un líder pide apoyo popular justo en el momento en que debe responder ante la institucionalidad, el mensaje se mezcla peligrosamente: se corre el riesgo de usar al pueblo no como voz soberana, sino como muralla política. Y Costa Rica no fue construida para eso.
Quien escribió el comunicado dice algo que me pareció hermoso: somos un pueblo que defiende la democracia, la paz, la igualdad, la diversidad y la justicia. Y yo sé que a veces parece que todo eso se tambalea, pero sigue siendo verdad. Este país tiene una historia de paz que no nació por casualidad; nació porque aprendimos a desconfiar del odio, a evitar la venganza y a creer profundamente en la convivencia. Esa identidad merece ser protegida.
Por eso entiendo que muchas personas decidan no asistir este viernes. No por indiferencia. No por cobardía. No por falta de criterio. Sino porque quieren bajarle el volumen al conflicto, no subirlo. Quieren que la justicia actúe sin presiones. Quieren que la institucionalidad haga su trabajo. Y quieren rechazar cualquier insinuación de que la democracia se defiende con presencia física alrededor del poder, en lugar de con madurez, civismo y serenidad.
En un país democrático, el poder le pertenece al pueblo. No al que grita más fuerte, no al que arrastra más seguidores, no al que pone más banderas en la calle. Le pertenece al pueblo entero: al que va, al que no va, al que observa, al que analiza, al que apoya y al que cuestiona.
Y yo, al leer ese comunicado, pensé: tal vez eso es exactamente lo que necesitamos hoy. Respirar. Pensar. Escoger la calma. Y recordar que defender la democracia no siempre significa estar presente físicamente; a veces significa no prestarse para una escena donde las emociones se vuelven combustible.
