
Hay personas que se creen absolutamente todo lo que confirma sus creencias… y no se creen absolutamente nada que las contradiga. Ese sesgo humano, tan común y tan peligroso, es justo lo que me preocupa de las encuestas recientes que ponen a doña Laura Fernández “ganando” por todos lados. Porque basta con que una encuesta lo diga —y otra lo repita— para que una parte del electorado lo tome como verdad absoluta, sin preguntas y sin filtros, como si lo hubieran leído en un libro sagrado.
Y aquí aparece otro problema, uno que coloca al resto de candidatos en una desventaja enorme. Mientras ellos hacen una campaña basada en números, planes, programas de gobierno y resultados, doña Laura hace una campaña emocional, tocando fibras y sensibilidades. No porque ella tenga la capacidad —porque carece completamente de esa habilidad— sino porque es la continuidad de don Rodrigo, quien sí la tiene, y la usa con una fineza estratégica que nunca ha sido inocente. Esa diferencia entre campañas racionales versus campañas emocionales crea un campo de juego totalmente desigual, donde el argumento técnico vale menos que la frase que hace vibrar a un grupo predispuesto a creer.
A mí esto me huele a estrategia. No de doña Laura, por supuesto, porque ella no maneja esos hilos. Pero sí de alguien que entiende muy bien cómo funciona la psicología colectiva. Porque cuando a un grupo le repiten que su candidata va ganando, que lleva ventaja, que avanza imparable, ese grupo empieza a creérselo. Y cuando eso sucede, cualquier resultado contrario provoca enojo, incredulidad y resentimiento.
Por eso me inquieta este impulso reciente de presentar encuestas como si fueran verdades definitivas. Tiene toda la apariencia de una movida para construir algo delicado: una sensación anticipada de triunfo. Una sensación que, de aquí a febrero, podría inflarse, consolidarse y convertirse en convicción. Y el día en que el Tribunal Supremo de Elecciones diga lo contrario —porque las urnas no siempre obedecen a quien grita más— ese sector del país podría estallar en incredulidad, en rabia, en la idea de que “les hicieron trampa”.
Eso, justamente eso, es lo que más temo: que alguien esté preparando una burbuja emocional que después será utilizada como arma. Que estén preparando el terreno para que cualquier derrota parezca un robo. Que la falsa sensación de gane sirva para enardecer a quienes son fácil presa de la manipulación emocional.
Cuidado, costarricense. Las encuestas nunca eligen presidentes. El voto, sí.
Y cuando llegue febrero, más vale que no tengamos un país dividido entre quienes creyeron a ciegas y quienes tendremos que explicarles —una vez más— que la democracia no se mide en likes ni en narrativas infladas, sino en votos reales contados con la transparencia que siempre ha caracterizado a Costa Rica.
Porque una mentira repetida mil veces no deja de ser mentira. Solo se vuelve más peligrosa.