¿Conviene quebrar el voto?

En cada elección nacional, además de elegir presidente, las y los costarricenses elegimos a nuestros diputados. Y aunque parece una decisión sencilla, es una de las más estratégicas que tomamos como ciudadanos: ¿conviene votar por el mismo partido para ambos puestos, o es mejor “quebrar el voto”?

La respuesta no es única, porque depende del tipo de país que queremos construir.

Cuando el pueblo vota igual para presidente y diputados —es decir, cuando le da al mandatario mayoría en la Asamblea—, el país gana agilidad. El presidente puede ejecutar su plan de gobierno con menos obstáculos, aprobar leyes más rápido y cumplir promesas con mayor facilidad. Sin embargo, esa misma fluidez puede volverse peligrosa si no hay equilibrio: un gobierno con poder absoluto corre el riesgo de imponer sin dialogar, de aprobar sin analizar, de gobernar sin escuchar.

Por el contrario, cuando el voto se quiebra, es decir, cuando el presidente pertenece a un partido y la mayoría de los diputados a otros, el país pierde velocidad, pero gana control y madurez.

El Ejecutivo debe negociar, escuchar, convencer y construir acuerdos. Eso hace el proceso más lento, sí, pero también más democrático. Porque en lugar de un solo color político, la Asamblea Legislativa se convierte en un mosaico de voces, donde los proyectos deben pasar por debate, revisión y consenso.

Costa Rica, por su historia y su vocación de diálogo, no necesita gobiernos que manden sin trabas, sino gobiernos que sepan negociar.

La democracia no se trata de “ganar todo”, sino de saber ceder algo por el bien común. Un país donde el diálogo se mantiene vivo es un país que no se rompe.

Por eso, antes de votar, piensa qué querés fomentar: ¿Velocidad o equilibrio? ¿Ejecución o control? ¿Un solo camino o varios puentes?

Quebrar el voto no es traicionar una ideología; es ejercer un derecho con conciencia.
Votar igual tampoco es un error, si se hace con criterio y no por fanatismo.
El punto es entender que cada voto es una herramienta, y que la democracia —esa joya que heredamos de generaciones que la defendieron con inteligencia y no con odio— solo se sostiene si votamos pensando, no reaccionando.

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