Cuando uno pierde la dignidad frente al matonismo

Hay momentos en los que la dignidad se pone a prueba. No hace falta un campo de batalla para perderla: basta con quedarse callado cuando alguien te humilla. Cuando una figura de poder —sea un jefe, un líder o un presidente— levanta la voz para regañar o ridiculizar a otra persona en público, no solo exhibe su propio carácter; también deja al descubierto hasta dónde puede llegar el miedo del otro. Y en ese instante se revela una verdad dura: hay quienes prefieren conservar el puesto antes que conservar el alma.

El respeto no se negocia. La dignidad no se alquila. Y el silencio ante la humillación, cuando se vuelve costumbre, termina pareciéndose demasiado a un sí disfrazado de prudencia. Hemos visto en los últimos días escenas que deberían preocuparnos, momentos en los que la autoridad se confunde con el matonismo, donde la fuerza de la voz pretende sustituir la fuerza de los argumentos y donde el miedo se disfraza de lealtad. Y es doloroso ver cómo alguien soporta una humillación pública y no reacciona. Uno quisiera creer que es sabiduría, pero casi siempre es miedo. Y el miedo, cuando se acumula, acaba transformándose en obediencia ciega.

También hay ironías difíciles de digerir: escuchar a quien alguna vez formó parte de la prensa quedarse en silencio cuando desde el poder se llama “fauna” a los periodistas. Porque la dignidad, igual que la libertad, no puede ser selectiva. No se defiende solo cuando conviene. No se levanta la voz únicamente cuando el ataque viene hacia el bando propio.

La pregunta, entonces, no es por qué algunos se atreven a humillar, sino por qué otros permiten ser humillados. ¿Hasta qué punto estás dispuesto a soportar por conservar un cargo, un salario o una posición? ¿Hasta dónde llega la dignidad cuando el poder se vuelve abusivo? Nadie está obligado a soportar maltrato, ni siquiera cuando viene disfrazado de liderazgo. Y quien lo permite, por miedo o conveniencia, termina perdiendo algo más que el respeto ajeno: pierde el propio.

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