Cuando el tamaño de un artículo revela algo más profundo

He notado algo con mucha claridad en estas semanas, y quiero contártelo sin rodeos, pero también sin faltar al respeto. Muchas de las personas que siguen con fervor al presidente de la República parecen ser —en una proporción considerable— personas sencillas. No digo “básicas”, porque esa palabra es ofensiva y no corresponde; digo sencillas porque la vida no siempre les ofreció las mismas oportunidades de formación o educación. Y eso no está bien ni mal. Simplemente es. Lo que sí importa es que el presidente adopta un tono que parece diseñado para comunicarse directamente con ese grupo: frases cortas, golpes emocionales, consignas inmediatas, apelaciones simples. Y funciona.

Hace unos días estuve en una conmemoración por la democracia y alguien me presentó así: “Él es el señor que escribe artículos grandes.” Lo repitió varias veces. Le pregunté por qué me introducía de esa manera, y me explicó que mis artículos son demasiado largos, que la mayoría de la gente no lee textos extensos… pero que, en mi caso, aun siendo largos, la gente los lee hasta el final. Que eso —según él— era una cualidad mía. Me quedé pensando en esa observación, sin saber dónde colocarla en la conversación pública que estamos viviendo.

Y entonces caí en cuenta: mi inmunidad a los troles proviene justamente de eso. Del tamaño de mis artículos. Ese tipo de personas no lee textos largos. Ni los analizadores superficiales, ni los defensores impulsivos, ni quienes repiten consignas sin cuestionarlas. Ellos leen solo frases breves o ven videos rápidos. Por eso casi nunca comentan en mis artículos grandes. Pero en cuanto empecé a poner videos de un minuto, aparecieron como si alguien hubiera dejado un confite en la mesa y las hormigas hubieran sentido el olor en segundos.

No quiero que esto se entienda como una generalización. He tenido discusiones extensas, profundas y respetuosas con personas del continuismo. Hay gente educada, sensible, argumentativa en ese sector. Como en todas partes. Pero también es cierto que la presencia de troles, insultos y comentarios cargados de faltas de ortografía es más notoria en el continuismo. Y digo notoria porque es visible, no porque sea absoluta.

Es muy fácil comprobarlo: los insultos aparecen en mis publicaciones cortas y en mis videos. No aparecen en mis artículos grandes. No los leen. No llegan ahí. No quieren análisis. Quieren estímulo rápido. Y cuando algo va en contra de lo que creen, responden desde la emoción, no desde la razón.

Adicionalmente, y dejando de lado las faltas de ortografía y el uso excesivo de las letras mayúsculas en las largas frases, muchas veces cuesta entender si están “a favor o en contra, o todo lo contrario”.

Y eso es lo que más me preocupa. Porque revela algo importante de esta campaña: mientras los demás candidatos presentan planes, números, líneas de gobierno y programas concretos, el continuismo está haciendo una campaña emocional. Apuntada directamente a las fibras sensibles, no a las ideas. No por Laura —porque ella no tiene la mínima capacidad para eso— sino porque representa la continuidad de alguien que sí sabe manejar las emociones colectivas.

No subestimes ese detalle. Porque cuando un país deja de analizar y empieza solo a sentir, el populismo gana terreno. Y cuando las emociones sustituyen al pensamiento crítico, el peligro crece silenciosamente.

No escribo esto para condenar a nadie. Lo escribo porque lo veo, lo leo, lo siento y lo vivo. Y porque quiero que —al menos desde este pequeño rincón de reflexión— las cosas se nombren como son, sin miedo, pero con respeto. La educación es un derecho; la manipulación emocional, no.

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