Quiero comenzar agradeciendo sinceramente a Rodolfo Jiménez, quien me escribió con respeto para pedirme mi opinión sobre el paralelismo que hizo el presidente Rodrigo Chaves entre la situación actual de Costa Rica y la caída del Imperio Romano. Le respondí —aunque casi no tengo tiempo para atender este tipo de peticiones en medio del trabajo que estamos haciendo— porque considero que el tema merece una reflexión pública. Y aquí comparto, palabra por palabra, la esencia de lo que pensé al respecto.
Rodolfo, te agradezco la confianza. Y sí, vi la entrevista de Gente Opa, al menos la mitad. Los muchachos hicieron un buen trabajo: trataron al presidente con respeto, no le dieron un trato preferencial y no lo atacaron tampoco. Simplemente cumplieron con su rol. Sin embargo, lo que me resulta imposible dejar pasar no es el formato del programa, sino el contenido del discurso del presidente.
Porque más allá de las referencias históricas, de Roma, de los emperadores o de los paralelismos épicos, hay algo mucho más inquietante: la facilidad con la que el señor presidente enumera, descalifica y desprecia a todos los demás actores del sistema democrático. Todos. Absolutamente todos. Los ministros, los institutos, la prensa, la Contraloría, los diputados, los funcionarios públicos, los gobiernos anteriores, las instituciones. En su narrativa, todos son malos, todos son perversos, todos son enemigos… excepto él.
Y cuando uno ve a alguien señalar a todo el mundo como el problema, la conclusión es evidente:
el problema no es el mundo. El problema es él.
Costa Rica no es Roma, y él no es un emperador. Pero el paralelismo que él intentó construir sí revela algo real: un líder que se concibe a sí mismo como la figura central que divide la historia entre antes y después, entre decadencia y salvación, entre caos y orden. Y eso, irónicamente, es un síntoma clásico del populismo que provoca la caída de los sistemas, no la reconstrucción.
En Roma hubo corrupción, sí. Hubo desconexión de las élites, sí. Hubo presiones externas, sí. Pero la ruina verdadera empezó cuando surgió un liderazgo que dejó de escuchar, que dejó de dialogar, que dejó de respetar los contrapesos, que convirtió la crítica en enemigo y la adversidad en traición.
Eso, exactamente eso, es lo que estamos viviendo.
La comparación con Roma no me preocupa por erudita; me preocupa porque es funcional. Porque un discurso así alimenta la idea de que Costa Rica está fracturada, rota, hundida… y que solo él puede rescatarla. Y esa narrativa, Rodolfo, es peligrosa. No porque sea nueva, sino porque es vieja. Muy vieja. Es el libreto más antiguo del populismo.
Lo que sí me preocupa profundamente es ver cómo tantos ciudadanos, gente trabajadora y decente, repiten ese paralelismo sin cuestionarlo, como si las palabras del líder fueran un diagnóstico histórico incuestionable. Me preocupa ese nivel de absorción emocional. No porque piensen distinto a mí —que lo hagan— sino porque han sido convencidos de que el resto del país está en su contra, de que el sistema entero los persigue, de que todas las instituciones fallan menos una: la que lidera él.
Eso es lo más parecido a Roma que veo:
la pérdida de confianza en todo lo demás, excepto en el emperador.
Yo no sé si estamos en una transición histórica. Yo no sé si estamos viendo el final de una era. Lo que sí sé es que la democracia no muere por golpes externos; muere por erosión interna. Muere cuando la gente deja de confiar en las instituciones y deposita toda su fe en un solo hombre. Muere cuando el respeto se reemplaza por la burla, cuando el diálogo se reemplaza por el ataque, cuando la crítica se reemplaza por la descalificación.
Así que, Rodolfo, gracias por pedirme mi opinión. Aquí la tenés.
Ojalá que quienes lean esto no lo tomen como un ataque, sino como una invitación a pensar, a comparar, a reflexionar. Porque Costa Rica no tiene por qué repetir la historia de Roma. Ni la primera parte, ni la última.
Y si de historia hablamos, recordemos algo:
los imperios no caen porque la gente piense distinto.
Caen cuando la gente deja de pensar del todo.