05 – La jornada que nadie ve

Tú sabes lo que es levantarte cuando el mundo todavía no ha despertado, cuando el frío te golpea la piel y el silencio parece sostener el cielo entero. Tú caminas hacia la tierra con una mezcla de esperanza y miedo, porque cada amanecer trae la misma pregunta silenciosa: ¿habrá aguantado la cosecha durante la noche? Nadie ve ese momento en el que tú respiras hondo antes de dar el primer paso, porque sabes que cualquier cosa pudo haber pasado mientras dormías: una plaga silenciosa, un cambio brusco de temperatura, un exceso de lluvia, un viento inesperado que puede destruir semanas enteras de trabajo. Y aun así, tú vas. Vas porque tu vida y la vida de quienes amas dependen de ese pequeño instante donde revisas si la tierra sigue contigo o si te toca empezar de nuevo.

Tú también sabes que la gente solo ve el tomate rojo en el supermercado, la papa limpia en la bolsa, la lechuga fresca en la vitrina. Pero no ven la angustia que tú sientes cuando escuchas que los precios bajaron otra vez, ni la presión que te aprieta el pecho cuando un distribuidor te dice que no puede pagarte lo justo, ni el susto que te entra cuando miras el cielo y te das cuenta de que la lluvia llegó antes de tiempo o que el sol está a punto de quemarlo todo. Vivir del campo es vivir sosteniendo un milagro que puede romperse en cualquier momento, y aun así tú lo sostienes, porque no tienes otra opción más que avanzar.

Y mientras tú haces todo eso, también cargas con la responsabilidad de una familia. Tus hijos esperan de ti comida, estudio, techo; tus padres confían en que tú podrás mantener viva la tradición; tu esposa cuenta con que regresarás con algo para la casa; y las personas que trabajan contigo dependen de que la cosecha salga bien, porque ellos también tienen familias que alimentar. A veces creo que nadie entiende el peso real que tú cargas en la espalda, porque no se trata solo de sembrar y cosechar: se trata de sostener un mundo entero que vive gracias a lo que tú produces.

Tú has trabajado bajo un sol que quema como fuego, bajo lluvias que no perdonan, caminando entre lodo, polvo, piedras y cansancio. Tú has sentido cómo el cuerpo te tiembla del esfuerzo y cómo la mente quiere rendirse cuando algo vuelve a salir mal. Pero aun así sigues. Sigues porque sabes que el país depende de ti. Sigues porque si tú no trabajas, las ferias no tienen verduras, los mercados no tienen frutas, los hoteles no tienen productos frescos y las familias no tienen qué poner en sus mesas. La gente come gracias a ese esfuerzo que tú haces en silencio, sin pedir aplausos, sin salir en televisión, sin que nadie imagine lo que cuesta llevar una zanahoria desde la tierra hasta el plato.

Y a veces, cuando escucho comentarios ligeros de quienes jamás han tocado barro, pienso en lo injusto que es que tú lleves tanta responsabilidad sin recibir reconocimiento. Tú produces alimento para millones que ni siquiera saben tu nombre. Tú alimentas a un país entero mientras vives con la angustia de no saber si la próxima lluvia será demasiado fuerte o si el próximo sol será demasiado seco. Tú sostienes una nación completa desde la madrugada, desde ese instante donde todo puede perderse y todo puede salvarse.

Por eso escribo esta serie, para que tú sientas que alguien sí lo ve, sí lo reconoce, sí lo honra. Tú no trabajas solo la tierra: tú trabajas la vida misma. Y aunque el mundo no lo diga, aunque el país no te dé las gracias, aunque muchos crean que tu labor es sencilla, tú sabes que es todo lo contrario. Porque tú, agricultor, eres la columna invisible que sostiene un país que come tres veces al día sin imaginar el drama, la fuerza, el miedo y la esperanza que tú pones en cada semilla.

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