Serie: El campo se levanta
Por Vinicio Jarquín
Queridos amigos, seguidores y lectores en general: tú y yo vivimos la mayor parte del tiempo sin pensar en el agricultor. Vamos al supermercado, escogemos lo que necesitamos o lo que el bolsillo permite, pagamos y seguimos con nuestra vida como si los productos hubieran aparecido ahí por arte de magia. Recordamos al agricultor solo cuando el tomate está carísimo, cuando el chile dulce parece un lujo o cuando el precio de la cebolla nos incomoda. Ahí sí, levantamos la voz, nos quejamos, opinamos. Pero lo cierto es que sabemos muy poco de esas manos que trabajan la tierra, de ese cuerpo que se levanta en la madrugada, del equipo que necesita para sobrevivir y de lo que realmente cuesta poner un alimento en nuestra mesa.
Después de la marcha del 11 de noviembre, me quedé pensando en la situación del sector agrícola costarricense. Pensé en cómo viven, dónde viven, qué sienten. Pensé en algo que quizá sabíamos, pero no habíamos querido ver: la mayoría de los agricultores no viven cerca de nuestros barrios, ni en las rutas por donde pasamos a diario, y por eso se vuelven invisibles sin que lo notemos. No los recordamos porque no los vemos. Y sin embargo, su vida está conectada a la nuestra de una forma íntima, tan íntima que nunca dejamos de depender de ellos, incluso cuando olvidamos su existencia.
No me pareció justo el trato que recibieron en la marcha. No me pareció justo ver burla donde debería haber respeto. Y ese disgusto me movió. Investigué sobre el campo, literalmente de cacería humana, de búsqueda, hasta que todo esto me llevó a Pacayas de Cartago. Gracias a esto pude conversar sobre los agricultores que viven la rudeza del clima, la incertidumbre del precio, la fragilidad de las temporadas y la fuerza del trabajo que sostiene a todo un país. Supe de historias que nunca hubiera imaginado. Escuché preocupaciones que nadie parece oír. Y fue ahí donde decidí que tenía que escribir, no por ellos solamente, sino también para ellos.
Hoy tengo algunas tomas de conciencia que necesito compartir. La primera es que consumir productos costarricenses no es un acto romántico ni patriótico: es más inteligente. Los productos nacionales llegan más frescos, viajan menos kilómetros, tienen mejor sabor y suelen ser más baratos. Razón número uno para apoyarlos. La segunda es que, si algún día sucediera algo en Centroamérica, si una frontera se cerrara o si el comercio internacional fallara —como ya ha pasado—, serían nuestros agricultores quienes nos salvarían. Ellos garantizan que haya comida dentro de nuestras fronteras, incluso cuando el mundo se detiene. Y la tercera toma de conciencia es esta: ¿se acuerdan de la pandemia? ¿Se acuerdan de cómo faltaron barcos, faltaron contenedores, faltaron productos importados? Pero nunca faltó un tomate, nunca faltó una lechuga. Nunca faltó una sola de esas cosas que vienen del campo. El sector agropecuario estuvo ahí por nosotros, pase lo que pase.
Por todo eso creo que este sector merece más que un reconocimiento pasajero. Merece solidaridad, merece apoyo real, merece visibilidad y merece respeto. Y creo también que el país entero —como ciudadanía, como sociedad— debe exigir que cualquier autoridad futura, del color que sea y del partido que sea, proteja el trabajo agrícola con seriedad. La agricultura no puede seguir dependiendo de la buena voluntad del momento. Necesitamos políticas claras, escucha verdadera y decisiones que entiendan lo que significa vivir del campo. No es un tema electoral. Es un tema de sobrevivencia.
Después de lo que sé de Pacayas, inicié esta serie con la certeza de que había mucho que contar. Historias que nadie había recogido. Verdades que no caben en titulares. Dignidades silenciosas que merecen ser escritas. Aquí comienza entonces “El campo se levanta”, una serie nacida del respeto, de la indignación justa y del amor por quienes alimentan al país incluso cuando nadie los mira.
Yo soy Vinicio Jarquín. Gracias por estar aquí. Ojalá esta serie te toque el corazón, te abra los ojos y te haga ver lo que siempre ha estado frente a ti y nunca hemos sabido mirar.
