Constantemente insisto —tal vez no todos los días, pero sí con mucha frecuencia— en que no debemos insultar a los demás por pensar distinto. También repito que cuando alguien te insulta, lo más sano es dar la vuelta y no entrar en la discusión; y si eso ocurre en redes sociales, bloquear sin drama. La paz interior también se cuida así, con pequeños actos de higiene emocional.
¡Pero es que a ratos la ponen tan difícil!
Cada vez noto con más claridad cuando alguien escribe usando frases que no parecen surgir de una reflexión propia, sino de una programación previa, repetida, aprendida casi de memoria: “prensa canalla”, “nos abrió los ojos”, “el mejor presidente”, “somos el 80%”. Frases idénticas, calcadas, como si vinieran impresas en el manual del populista sobre cómo debilitar una democracia sin que la gente se dé cuenta.
Esta mañana, después de escribir un artículo para el que sí estudié, investigué y me tomé el tiempo de argumentar, alguien me responde únicamente con: “tic tac tic tac”. Como si eso fuera un razonamiento. Como si eso fuera una idea. Como si eso fuera un argumento.
Y no pude evitar decirle, con toda honestidad: “Señor, no me gusta que los llamen básicos, e insisto en que no lo hagan… pero usted, ciertamente, me la pone muy difícil”.
Porque no todo desacuerdo es básico. Pensar distinto no te hace básico. Pero repetir consignas vacías, sustituir ideas por burlas, y creer que eso es participar en una conversación… ahí ya no hablamos de pensamiento crítico. Ahí hablamos de otra cosa.
Y esa otra cosa, tristemente, no se resuelve discutiendo.
