Tú no te levantas un día diciendo “voy a votar desde el enojo”. Nadie se presenta así frente a la urna. El enojo no se anuncia, se disfraza. Se disfraza de convicción, de firmeza, de carácter, de “ya estoy cansado”, de “esto no puede seguir así”. El enojo aprende a hablar con palabras que parecen decisiones firmes, pero por dentro siguen siendo pura reacción. Y cuando eso pasa, ya no eres tú quien está eligiendo con calma: es la emoción herida la que toma el volante.
Porque no estás cansado solo de un gobierno, estás cansado de muchas cosas a la vez. Estás cansado de sentir que no alcanza, de que no se llega, de que te prometieron algo que no ocurrió, de que cada mes cuesta más, de que nadie parece escuchar de verdad lo que tú vives. Y ese cansancio se va acumulando en el pecho, se endurece, se vuelve rabia, y la rabia busca salida. El problema es cuando esa salida se convierte en una papeleta.
El enojo es una emoción legítima. No lo estoy negando. Tiene derecho a existir. Tú no tienes que maquillar tu molestia para parecer “positivo” o “evolucionado”. El enojo habla de algo que te duele, de algo que no ha sido justo para ti, de algo que te faltó. Pero una cosa es sentirlo… y otra muy distinta es dejar que decida por ti algo tan grande como el rumbo de un país.
Cuando votas desde la rabia, no estás votando a favor de algo, estás votando en contra de alguien. Y eso cambia todo. Porque votar a favor construye. Votar en contra castiga. Y las decisiones tomadas desde el castigo casi nunca crean futuros sanos; crean desahogos momentáneos que luego se transforman en nuevas frustraciones.
Tal vez tú no te ves como una persona enojada. Tal vez te ves como una persona firme, clara, decidida. Y puede que lo seas. Pero vale la pena que te hagas una pregunta incómoda, de esas que no se responden rápido: ¿esto que yo defiendo me da paz en el cuerpo… o me da una descarga de adrenalina? Porque no es lo mismo sentir serenidad que sentir euforia. Y en política, esa diferencia es gigantesca.
Costa Rica no necesita decisiones tomadas desde el impulso. Necesita decisiones tomadas desde la conciencia. No necesita votos que nazcan del grito interno, sino votos que nazcan del silencio bien pensado. No necesita personas que voten para sacarse la cólera del pecho, sino personas que voten con la mirada puesta en sus hijos, en sus nietos, en la vida que todavía no se ve.
Tú tienes todo el derecho de estar molesto. Tienes derecho a estar cansado. Tienes derecho a sentir que te han quedado mal. Pero también tienes una responsabilidad más grande que tu propia herida: la responsabilidad de no convertir ese dolor en un disparo a ciegas que luego todos tendremos que esquivar.
Respira un momento. No para cambiar de opinión, sino para mirarla desde otro lugar. Pregúntate si lo que te mueve es la esperanza… o la revancha. Si estás eligiendo desde el amor por este país… o desde el enojo contra alguien. Si esta decisión que estás a punto de tomar te deja más liviano por dentro… o más tenso, más rígido, más apretado.
Porque cuando el enojo vota por ti, tú crees que decides… pero en realidad solo reaccionas.
Y un país no se construye reaccionando.
Se construye eligiendo despierto.
