Me difaman, pero el país también está mirando

Hay momentos en la política en los que no sólo se pone a prueba el temple de las instituciones, sino el carácter de quienes se atreven a acusarlas sin fundamento. Lo que acaba de ocurrir con Gustavo Román, vocero del Tribunal Supremo de Elecciones, es exactamente eso: una radiografía moral de quienes hoy confunden fiscalización con persecución, y poder con impunidad emocional.

Pilar Cisneros decidió acusarlo de beligerancia política sin pruebas sólidas, sin argumentos legales, y basándose en insinuaciones que no resisten un análisis serio. Ese viejo recurso al que se recurre cuando no se tiene razón, pero sí micrófono.

La respuesta de Román en su artículo Me difaman va mucho más allá de su defensa personal. Es un recordatorio claro de algo que Costa Rica no puede olvidar: la democracia también se erosiona cuando se atacan injustamente a quienes la sostienen.
Porque no es lo mismo un funcionario parcializado que un funcionario que aclara falsedades. No es lo mismo intervenir para favorecer a un partido que intervenir para proteger la integridad institucional. La beligerancia es un delito; la claridad es una obligación. Y Gustavo Román cumplió con su deber.

Preocupa la facilidad con la que algunos miembros del oficialismo recurren a la difamación como estrategia política. Una diputada que no comprende la legislación que invoca. Un presidente que reduce el debate público a apodos y descalificaciones personales. Un aparato de comunicación que confunde discrepancia con enemistad, y crítica con traición.

Mientras tanto, el TSE continúa siendo la última línea de defensa de la estabilidad democrática del país.

Y aquí surge una inquietud profunda: ¿qué tipo de país estamos construyendo cuando se normaliza destruir la reputación de un funcionario sólo porque no dice lo que el poder quiere escuchar? ¿Qué le ocurre a una sociedad cuando sus líderes prefieren atacar al árbitro en vez de asumir la responsabilidad de sus propios actos? ¿Qué le sucede a un país cuando el ruido sustituye al razonamiento?

Costa Rica ha enfrentado muchas tensiones, pero pocas tan corrosivas como la pérdida deliberada del respeto institucional.

La denuncia de Cisneros no sólo fue débil; fue injusta. Intentó ensuciar la trayectoria de un funcionario que cumplió con cada requisito de su beca, que regresó al país, que trabajó más años de los exigidos y que nunca dejó de estar al servicio del TSE.
Su respuesta fue transparente, sólida, serena. Un contraste evidente frente a quienes prefieren operar desde la insinuación.

Y lo más significativo es que Román no devolvió insultos ni replicó con violencia verbal. No actuó desde la rabia. Actuó desde la dignidad. Esa es la diferencia entre quien sirve al país y quien sirve a un relato partidario.

Sin embargo, lo que realmente está en juego no es Román, ni Cisneros, ni un artículo de periódico. Lo que está en juego es nuestra capacidad colectiva para distinguir entre verdad y manipulación; entre crítica responsable y odio disfrazado; entre defensa institucional y persecución política.

No podemos permitir que Costa Rica se convierta en un escenario donde la reputación de cualquier funcionario honesto quede a merced del capricho político del día. No podemos normalizar que la difamación sea un instrumento de gobierno. No podemos aceptar que el respeto se vuelva un lujo.

Porque cuando eso ocurre, los primeros en perder no son los políticos. Perdemos nosotros. Pierde la democracia. Pierde la confianza en que este país todavía puede respirar en paz.

Queda, entonces, una reflexión necesaria: Cada vez que alguien acusa sin pruebas, habla más de sí mismo que del acusado. Y cada vez que una institución se defiende con seriedad y claridad, nos recuerda que aún hay esperanza.

Si Costa Rica quiere seguir adelante, necesita líderes que comprendan que la verdad no se intimida, que la justicia no se manipula y que la democracia no es un trofeo personal.
Y necesita ciudadanos capaces de observar con calma, con lucidez y con responsabilidad.

Porque al final, la política no se trata de quién grita más fuerte. Se trata de quién construye país aun cuando lo estén atacando.

Gustavo Román lo hizo. Y eso merece ser reconocido.

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