Abril Gordienko

Candidata para diputada por San José, por el PUSC

Me invitó a vernos. Quería saber quién era yo, de dónde salí, cómo hago lo que hago, de dónde vengo y hacia dónde voy. Me lo dijo con naturalidad, sin rodeos, con esa mezcla de curiosidad y firmeza que solo tienen las personas que saben escuchar y también saben preguntar.

Ella no me recordaba, pero yo sí la recordaba a ella. Nos conocimos hace muchas décadas, cuando ella era una joven hermosa y yo apenas un hombrecillo insignificante. Claro que no iba a recordarme. La vida tiene esas asimetrías temporales que uno acepta con humor… o con resignación.

Hoy nos vimos de nuevo. Yo ya soy un hombre guapo, canoso y de buen ver —eso digo yo—, pero ella… ¡ah caray! Creció, maduró y, por alguna razón misteriosa de la vida, su belleza se volvió exponencial. ¡Chafle! Otra vez me sacó años luz y, por momentos, casi me hizo sentir como aquel hombrecillo de antaño. Por dicha la cita era de política, de paz, de unidad, de Costa Rica, así que la belleza no importaba… ¡gracias a Dios!

Me encontré con una mujer inteligente, fuerte, decidida, con amplios conocimientos de la realidad actual del país. Honesta. Capaz de hablar con claridad tanto de aciertos como de desaciertos, y de explicar, sin poses ni grandilocuencias, qué quiere hacer cuando llegue a la Asamblea Legislativa. No desde la promesa vacía, sino desde la experiencia vivida.

A ratos, entre comentarios sueltos y casi sin darse cuenta, se va hilando el diario de sus logros a lo largo de los años. Su trabajo en el pasado, las decisiones que la marcaron, los caminos que la trajeron hasta aquí. Puede hablar de corrido durante largos minutos, incluso horas, pero cuando uno apenas suelta una letra, ella baja el ritmo, escucha y pone atención de verdad. Y eso, hoy en día, no es poca cosa.

Me pasa a menudo que, cuando termino una entrevista, aunque esto no lo era, no lo puedo evitar: algo de mí como coach se escapa. Veo algo, lo nombro, pregunto si puedo señalarlo. Hoy no. Hoy no parecía necesitarlo. Más bien, al final, tomó ella la batuta y me regaló un mar de recomendaciones sabias para esta vida política no política, pública no pública, que estoy viviendo. Y lo hizo con una generosidad que se agradece.

Quedamos de vernos de nuevo. Tal vez en mi casa. Tal vez a pintar. Porque un encuentro así, con alguien como ella, no puede ser único ni fugaz. Cuando uno se conecta, se conecta. Y algunas conversaciones, uno lo sabe en el cuerpo, apenas están comenzando.

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