VII La prensa y el silenciamiento incómodo de las preguntas

¿Por qué no deberíamos votar por el continuismo?

La prensa y los periodistas cumplen una función esencial en cualquier democracia sana. No están para agradar al poder, ni para aplaudir gobiernos, ni para convertirse en voceros oficiales. Su rol es fiscalizar, preguntar, incomodar, investigar, contrastar datos y pedir cuentas sobre el uso del poder público. Eso no es un defecto del sistema: es una de sus principales fortalezas.

Cuando la prensa funciona, el poder sabe que está siendo observado. Y cuando el poder es observado, se cuida más.

Por eso, cuando un presidente o un gobierno decide convertir a la prensa en su enemiga, lo que realmente está haciendo no es defenderse de supuestos ataques, sino debilitar un contrapeso fundamental. Atacar periodistas, desacreditarlos sistemáticamente, generalizar errores individuales para invalidar a todo el gremio, o sembrar la idea de que “todos mienten”, tiene un efecto muy concreto: quitarles legitimidad a las preguntas.

Y sin preguntas, no hay rendición de cuentas.

Eliminar a la prensa como ente fiscalizador no requiere censura directa. Basta con deslegitimarla, ridiculizarla o presentarla como parte de una conspiración. Así, cualquier investigación se descarta antes de leerse, cualquier denuncia se invalida antes de analizarse y cualquier dato incómodo se convierte en “ataque político”.

Eso no fortalece la democracia. La debilita.

En un Estado de Derecho, el gobernante no elige quién le pregunta ni cómo le preguntan. Aprende a responder. Aprende a rendir cuentas. Aprende a convivir con la crítica, incluso cuando es dura o incómoda. Porque el poder que no tolera preguntas es un poder que empieza a temerle a la verdad.

Cuando se normaliza el enfrentamiento con la prensa, la ciudadanía pierde una herramienta clave para entender lo que ocurre. Se queda solo con la versión oficial, con el relato único, con la narrativa que el poder decide contar. Y cuando eso pasa, la democracia deja de ser plural y empieza a parecerse peligrosamente a un monólogo.

Defender la libertad de prensa no es defender a periodistas específicos. Es defender tu derecho a saber. A informarte. A cuestionar.

Por eso, votar por un proyecto que convierte a la prensa en enemiga no es un detalle menor. Es una señal clara de cómo se concibe el poder y de cuán dispuesto está a ser observado. Y en democracia, el poder que no acepta ser fiscalizado nunca termina bien.

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