¿Por qué no deberíamos votar por el continuismo?
Es cierto: la forma de hablar de un presidente, por sí sola, no garantiza que un gobierno será bueno o malo. Un discurso elegante no asegura buenas políticas, y un tono agresivo no implica automáticamente una mala gestión. Eso hay que decirlo con claridad. La forma no sustituye al fondo. Pero que no sea garantía no significa que sea irrelevante.
El tono y la forma en que habla quien gobierna sí importan, porque modelan la conversación pública, marcan límites y normalizan comportamientos. Cuando desde la Presidencia se insulta, se grita, se vulgariza el lenguaje o se desacredita al otro con desprecio, no se está siendo “auténtico” ni “directo”: se está rebajando el estándar del diálogo democrático.
Un presidente no habla solo como individuo. Habla como institución. Y cuando la figura más alta del Poder Ejecutivo normaliza la grosería, el insulto o la descalificación, ese estilo se filtra hacia abajo: a la política, a las redes, a la calle, a la convivencia cotidiana. Poco a poco, lo que antes parecía inaceptable empieza a verse como normal.
No se trata de exigir discursos acartonados ni palabras rebuscadas. Se trata de mantener un mínimo de respeto, de cuidar la forma como reflejo de valores. Tal vez no sea “la forma de hablar de todos los costarricenses”, pero sí debería ser la forma correcta de ejercer el poder en una democracia madura.
Porque cuando el liderazgo pierde la compostura, el mensaje implícito es peligroso: que el fin justifica los medios, que el insulto es válido, que la agresión verbal es una herramienta política legítima. Y eso, aunque no se vea de inmediato, erosiona la convivencia y la cultura democrática.
Si da lo mismo tener un presidente que habla con respeto que uno que no lo hace, entonces hemos bajado demasiado la vara. Y como sociedad, deberíamos aspirar a más. No por apariencia, sino por lo que esa forma comunica: autocontrol, respeto por el cargo y conciencia del impacto que tiene la palabra cuando viene desde el poder.
Elegir también es decidir qué tipo de liderazgo queremos normalizar. Y el tono, aunque algunos lo minimicen, también gobierna.
