Hay una forma particular de ceguera que no tiene que ver con los ojos, sino con la conciencia. Es la incapacidad —o tal vez la condición— de ver algo bueno en el otro, incluso cuando uno mismo está metido en un berenjenal. Una forma de mirar el mundo donde todo lo ajeno es defectuoso, sospechoso o despreciable, mientras lo propio se defiende con furia, no con argumentos.
Se nota mucho en estos tiempos. Personas que apoyan la continuidad del poder actual, navegan perfiles de otros candidatos no para informarse, sino para señalar errores, ofender, provocar o anunciar, casi a gritos, por quién van a votar. Entran al espacio del candidato B para decir “yo voy con el A”, o al del candidato C para repetir “yo voto por el B”, como si eso fuera necesario. Como si alguien lo hubiera pedido. Como si hiciera falta.
No lo es.
Quien está seguro de su elección no necesita invadir el espacio del otro para reafirmarse. Quien está convencido no necesita gritarlo. Lo vive con calma. Lo sostiene con serenidad. Lo explica si se le pregunta. Pero no lo impone.
Entonces surge la pregunta incómoda: ¿por qué hacerlo así?, ¿por qué desde el pleito, la burla o la furia?
Tal vez porque hay decisiones que no se tomaron desde la convicción, sino desde la obediencia emocional. Tal vez porque apoyar a alguien cuestionado, sin resultados claros, sin profundidad visible, genera una tensión interna difícil de sostener. Y cuando esa tensión no se reconoce, se proyecta.
Ahí aparece la necesidad de rebajar a los otros.
Se entra al perfil de una persona con trayectoria académica y se le llama tonta. Se acusa corrupción donde no hay pruebas. Se minimiza una vida de lucha, de servicio o de trabajo solo para poder justificar la propia elección. No porque el otro sea realmente inferior, sino porque reconocer su valor haría demasiado evidente la precariedad de lo que se está defendiendo.
Eso no es debate. Eso es compensación.
Es el mismo mecanismo que se repite cuando desde el poder se habla constantemente de los demás para sentirse más grande. Cuando se desacredita a quienes tuvieron logros, preparación y amor por la patria, no desde argumentos, sino desde el desprecio. Y quienes siguen ese discurso aprenden rápido: copian el tono, repiten la práctica y la normalizan.
Así se instala una cultura donde no se discuten ideas, se desacreditan personas. Donde no se comparan propuestas, se atacan trayectorias. Donde no se construye país, se alborota a las masas.
Por eso resulta tan evidente el contraste cuando los candidatos conversan entre sí, se reconocen como parte de una misma patria, como competidores dentro de una democracia que se respeta. Y también resulta evidente quién queda fuera de ese espíritu. Quien no une, sino divide. Quien no debate, sino agita. Quien ni siquiera da la cara en los espacios donde se confrontan ideas, porque ahí el grito no alcanza y la preparación sí importa.
Ver solo lo malo en los demás no es fortaleza. Es señal de fragilidad interna.
Necesitar destruir al otro para sostener tu elección no es convicción. Es inseguridad.
Un país no se cuida rebajando a quienes piensan distinto. Se cuida elevando el nivel de la conversación.
Y quizá el verdadero problema no sea a quién se apoya, sino desde dónde se apoya. Porque cuando una decisión nace del miedo, de la obediencia o del enojo, tarde o temprano necesita atacar a alguien para no derrumbarse.
La paz interior no necesita enemigos. La convicción verdadera no necesita gritar. Y la democracia no se defiende ensuciando a los demás.
Se defiende con criterio, con respeto y con la valentía de mirar también lo que no queremos ver.
