Alguien me preguntaba por qué muchos jerarcas de esta administración permanecen en sus puestos aun soportando humillaciones, malos tratos y desplantes públicos. La respuesta, aunque incómoda, es bastante clara: hoy están contra la espada y la pared.
Si alguno de ellos renuncia ahora y el oficialismo logra mantenerse en el poder, difícilmente será tomado en cuenta de nuevo. Y si gana cualquier otra opción política, tampoco es muy probable que lo contraten. El escenario se cierra aún más cuando se piensa en el sector privado, donde ese historial, esas formas y esas lealtades pesan.
Entonces lo que queda no es dignidad, es supervivencia.
Aguantar. Callar. Apechugar. Soportar soberbias, insultos y malos tratos con la esperanza de que, si todo sale “bien”, aparezca algún puesto en el futuro. No porque se crea en el proyecto, sino porque no hay muchas más puertas abiertas.
Eso no es liderazgo. Eso no es vocación de servicio. Eso es miedo.
Y qué triste es llegar a un punto de la vida pública donde la única razón para quedarse sea no saber a dónde más ir. Porque cuando alguien permanece en un cargo no por convicción, sino por temor a quedarse fuera, el país deja de ser prioridad.
Un Estado no se fortalece con funcionarios atrapados. Se fortalece con personas libres, íntegras y capaces de decir hasta aquí.
A veces, lo más revelador de una administración no es lo que dice, sino lo que obliga a aguantar.
