Se fue el 2025

Siempre he sentido que el cambio de año trae consigo una emocionalidad particular. Casi nunca se repite. Cada cierre tiene su propio pulso, su propia atmósfera, su propia manera de tocar el alma. Cuando era niño, recuerdo con nitidez que a las doce de la noche mi papá lloraba. No hacía discurso, no explicaba nada. Simplemente lloraba. Y durante muchos años yo lloré también. Era lo aprendido. Eran los mandatos de la infancia. Eran esas creencias tempranas que uno adopta sin cuestionar, como si el cambio de año tuviera que doler o conmover de una forma específica.

Con el tiempo eso fue cambiando. Ya de adulto, he vivido cierres de año con sensaciones completamente distintas. Hubo uno en resguardo absoluto, en medio de una pandemia que nos obligó a detenernos y a mirar de frente nuestra fragilidad. Hubo otros atravesados por un dolor profundo, cuando seres queridos se habían ido hacía poco y el calendario avanzaba, pero el corazón no. Hubo cambios de año en lugares lejanos y remotos del planeta, con otros cielos, otros silencios, otras preguntas. Y también hubo cierres felices, livianos, celebrados con amigos, risas y brindis, donde la vida parecía decirnos que, a veces, también sabe ser amable.

Este fin de año es distinto a todos los anteriores.

Por primera vez me siento, sin exagerarlo, un abanderado de la democracia y de la Constitución Política. No desde la soberbia ni desde la superioridad moral, sino desde una convicción profunda que fue creciendo sin permiso. Me siento un abanderado de la institucionalidad, de las reglas que nos sostienen como sociedad y que muchas veces solo valoramos cuando empiezan a tambalear. Me descubrí comprometido, involucrado, poniendo mi granito de arena para cuidar, para alertar, para intentar —al menos intentar— salvar un país que amo.

Después de mi cumpleaños, en septiembre, algo se ordenó por dentro. Sentí que el universo, la vida, o como cada uno quiera llamarlo, me habló con claridad: póngase de pie. Tal vez algo podrá hacer por su país. No fue épico. Fue íntimo. Fue simple y contundente. Y aquí estoy. No porque tenga todas las respuestas, sino porque entendí que no estar ya no era una opción.

Y hoy, al cerrar este año, me hago una pregunta honesta: ¿qué es lo que quiero para el 2026, además de un gobierno democrático?

La respuesta no es un cargo, ni un nombre propio, ni una ambición personal. Lo que quiero —y lo digo con el mismo compromiso con el que he trabajado— es que ese gobierno democrático permita que Apacigüe tu ser interior tenga una silla en la Presidencia de la República. No como poder formal, sino como voz. Como presencia. Como conciencia. Que la voz del pueblo tenga un lugar donde sentarse, donde ser escuchada sin gritar, donde recordarle al poder que gobernar también es cuidar el alma colectiva.

Y esa silla no tiene por qué ser mía. Puede ser de alguien más. De cualquiera que quiera, pueda y se atreva a tomar las riendas de este movimiento. Porque los movimientos que nacen desde lo profundo no pertenecen a una sola persona; pertenecen a una necesidad compartida. Yo solo quiero que exista el espacio. Que exista la apertura. Que exista la escucha. Y el día que tenga que dar un paso al lado, para que alguien, o un grupo, tome las riendas, entregaré la voz con humildad.

Este 2025 se va dejándome cansancio del bueno, ansiedad suave por el trabajo que viene, especialmente en los primeros meses del 2026, pero también me deja esperanza, nuevas amistades, un movimiento vivo y una emoción absolutamente distinta a cualquier otra que haya sentido antes. Una emoción adulta. Responsable. Comprometida.

No me preparo para enfrentar el año que viene. Elijo acompañarme. Elijo caminar consciente. Elijo tomar cada hoja —la escrita y la que todavía está en blanco— y seguir escribiendo con honestidad lo que quiero hacer, lo que he hecho y lo que iré haciendo. Sin épica falsa. Sin ruido innecesario. Con presencia.

Abrazo al 2025. Le doy las gracias. Lo dejo ir. Y sigo adelante ilusionado, apaciguado, contento. No porque todo esté resuelto, sino porque estoy de pie.

Tal vez crecer también sea esto: reconocer que cada cambio de año nos encuentra distintos y permitirnos honrar esa versión que hoy somos. Cuando uno se pone de pie por algo que ama —una idea, un país, una forma de convivir—, el tiempo deja de ser solo algo que pasa y se convierte en un camino que se construye. Y ese camino, hoja por hoja, todavía se está escribiendo.

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