Cuando los pueblos oprimidos, o no, buscan libertad, o no.

Hay situaciones en la vida que uno sabe que no están bien. No son correctas, no son sanas, no son justas. Y, aun así, los pueblos las aceptan. No porque las amen, no porque las defiendan con argumentos sólidos, sino porque, en su percepción, lo contrario parece peor. Y ahí ocurre algo extraño.

Uno intenta razonar, explicar, poner palabras. Pero no hay manera. No hay argumento que alcance. No porque el argumento sea débil, sino porque la lógica del otro ya no se mueve en el mismo plano. Al final, uno termina callando. No porque esté convencido, sino porque se queda sin palabras. Porque aquello no tiene pies ni cabeza… pero para ellos tiene toda la lógica del mundo.

Veamos tres situaciones que suelen llevarnos a ese punto incómodo del silencio.

Situación 1: Cuando la paz llega a cualquier precio

El Salvador. Un país sumido durante años en una inseguridad impensable. La gente ya no tenía vida. El miedo mandaba. Salir a la calle era una ruleta. Vivir con dignidad parecía un privilegio inalcanzable.

Aparece un nuevo presidente y toma una decisión drástica: mete a la cárcel a todo aquel que parece peligroso. A miles. Sin matices. Sin demasiadas preguntas. La paz vuelve. Las calles se calman. La celebración llega. La gente respira.

Pero hay un dato que incomoda. Muchos de los detenidos no han tenido una primera audiencia en la corte. Muchos no han tenido la segunda. Muchos están presos sin debido proceso.

Desde cualquier manual de derechos humanos, esto es una pérdida enorme. Es injusto. Es ilegal. Es incorrecto. Y, aun así, el pueblo está feliz. Porque durante años habían pedido seguridad. Habían pedido poder vivir. Habían pedido caminar sin miedo.

Entonces, ¿cómo decirles que eso está mal? ¿Cómo pedirles que no acepten algo que, por fin, les devolvió una vida digna? Yo, honestamente, ni me atrevo.

Decirles que renuncien a esa paz por principios abstractos, cuando antes no tenían ni derecho a salir de noche, suena cómodo desde afuera. Suena correcto. Pero no necesariamente suena justo para quien pasó años encerrado en su propia casa.

¿Es denigrante? Sí. ¿Es ilegal? Sí. ¿Es incorrecto? Sí. ¿Es justo? No lo sé.

Y tal vez esa sea la pregunta más honesta que se puede dejar sobre la mesa.
Porque hay momentos en la historia de los pueblos donde la línea entre lo correcto y lo necesario se vuelve borrosa, y donde juzgar desde lejos resulta mucho más fácil que vivirlo desde dentro.

Dejo el tema abierto. No para cerrarlo con una respuesta rápida, sino para que quien quiera —y se anime— desarrolle su propio artículo, su propia reflexión y su propio conflicto interno.

Situación 2: Cuando el rescate borra las preguntas

Imaginemos este escenario. El presidente de Estados Unidos y su equipo entran en Venezuela, detienen —o secuestran, según quien lo mire— al presidente considerado ilegítimo y se lo llevan para ser juzgado en el país del norte.

Antes de que eso ocurriera, aun con la armada estadounidense rondando la región, las voces que se levantaban en contra de una posible intervención eran pocas. Mucho menos numerosas que las que hoy se escandalizan por la detención. Eso lleva a pensar algo incómodo: que muchos querían que sucediera, que pocos hicieron algo por evitarlo o denunciarlo, y que ahora se desgarran las vestiduras por un hecho que, en el fondo, no los tomó por sorpresa.

Porque seamos honestos: todos sabíamos —o al menos lo suponíamos—. La intención de una intervención nunca fue solo humanitaria. El petróleo venezolano siempre estuvo en la conversación, aunque no se dijera en voz alta. Y, aun así, hoy muchos se horrorizan frente a una posibilidad que siempre estuvo clarísima.

Ahora miremos el otro lado. En la cabeza de buena parte del pueblo venezolano, la narrativa es simple y poderosa: Estados Unidos los rescató. Los sacó de una dictadura. Los llevará a la democracia. Y están felices.

Mientras tanto, desde afuera, el mundo les grita que tal vez sí, pero que los estadounidenses lo que quieren es su petróleo. Que el costo es altísimo. Que el método es cuestionable. Que la legalidad es dudosa.

Los venezolanos lo entienden. Y, aun así, les importa poco. Porque para ellos, ese petróleo nunca fue realmente del pueblo. Era, en su percepción, una cuenta personal del poder. Algo que nunca vieron traducido en bienestar, ni en derechos, ni en dignidad.

Entonces vuelve la pregunta incómoda. ¿Es esto ilegal por parte de Estados Unidos? ¿Es injusto? ¿Es correcto? No lo sé.

Lo que sí sé es que resulta casi imposible discutir sanamente estos temas con un pueblo agobiado, afligido y maltratado durante años, cuando de pronto se siente rescatado. La lógica externa choca con una emoción interna que no escucha razones.

Como en El Salvador, cuando la paz llega después de tanto horror, las preguntas éticas quedan en segundo plano. No porque no existan, sino porque el alivio es más fuerte.

Y ahí, una vez más, uno se queda sin palabras. No porque no tenga argumentos, sino porque entiende que hay dolores que no admiten debate inmediato.

Situación 3: Cuando se inventa la opresión

Vámonos ahora a Costa Rica. Una de las democracias más antiguas de América Latina. Un país que ha sido ejemplo de libertades, de derechos, de institucionalidad, de alternancia en el poder. Un país con problemas, sí, como todos, pero con una base democrática sólida construida durante décadas.

Y, aun así, aparece alguien que logra convencer a una parte del pueblo de que no es libre. De que ha sido oprimido. De que ha sido robado. De que vive bajo un sistema que lo aplasta. Y esa idea prende. No porque sea cierta, sino porque es emocionalmente poderosa.

De pronto, personas que nunca vivieron sin elecciones, sin prensa libre o sin tribunales independientes comienzan a verse a sí mismas como víctimas. No de una dictadura real, sino de un relato cuidadosamente construido. Se levantan, no para defender derechos que les fueron arrebatados, sino para “recuperar” una libertad que nunca perdieron.

Y aquí aparece la contradicción más peligrosa.

Así como en El Salvador hay quienes están dispuestos a obviar capítulos enteros de derechos humanos a cambio de paz, y así como en Venezuela hay quienes aceptarían que se lleven todo el petróleo con tal de salir de una dictadura real, en Costa Rica hay un grupo dispuesto a poner en riesgo la democracia… porque les hicieron creer que esa misma democracia es su opresora.

¿Cómo culparlos, si se lo creyeron todo? ¿Cómo culparlos cuando están convencidos de que han sido robados, aunque no lo hayan sido? ¿Cómo señalar con el dedo a quien cree sinceramente que vive oprimido?

Muchos creen que la vida que hoy tienen se debe al gobierno de turno, para bien o para mal, y no a sus propias decisiones, a su preparación, a su recorrido personal, a las oportunidades que un país democrático —con todos sus defectos— sí les ha ofrecido.

Hay pueblos verdaderamente oprimidos, como el salvadoreño durante años de violencia sin control. Hay pueblos claramente sometidos, como el venezolano, cuya realidad ya todos conocemos. Y hay una parte del pueblo costarricense a la que le hicieron creer que era oprimida. Ese es el punto más delicado.

Porque se levantan contra una opresión inexistente, y en ese impulso están dispuestos a dinamitar instituciones reales, libertades reales y equilibrios reales. Todo por una promesa de liberación que, en el fondo, es falsa.

Y ahí está la ironía más cruel: en su intento por escapar de algo que no existe, podrían terminar llevándose a sí mismos —y al país entero— a una situación que sí existe y que otros pueblos darían cualquier cosa por no haber vivido.

Y aquí es donde todo se separa con nitidez.

En El Salvador, la situación es real y racional. El miedo existía. La violencia era cotidiana. La pérdida de derechos humanos se acepta —equivocadamente o no— como moneda de cambio por una vida mínimamente digna. En Venezuela, el sufrimiento también es real. El hambre, el exilio, la ausencia de futuro. La disposición a aceptar casi cualquier “rescate” nace de años de opresión concreta.

Pero en Costa Rica, el fenómeno es otro. No es racional. Es emocional. Aquí no se huye de una dictadura real. Se huye de una narrativa.

Una campaña política construye una nube: una opresión inventada, un enemigo difuso, una sensación permanente de robo y humillación. Y muchos corren. Corren no hacia una propuesta clara, sino hacia la voz que grita más fuerte. Claman por un cambio urgente, no porque sepan hacia dónde van, sino porque quieren escapar de algo que les hicieron creer que los oprime.

Y eso es lo verdaderamente peligroso. Porque no corren hacia la libertad. Corren hacia quien fabricó la retórica.

Y cuando alguien logra convencerte de que sos víctima sin serlo, ya te tiene medio atrapado. Solo falta el último paso: convertir la fantasía creada en una realidad concreta. Quitar derechos reales en nombre de una opresión ficticia. Debilitar instituciones verdaderas para “liberarte” de un enemigo que nunca existió. Ese es el truco más viejo del poder mal entendido. Y el más eficaz.

Los pueblos verdaderamente oprimidos saben lo que cuesta perder la democracia. Los pueblos que nunca la perdieron son los que corren el mayor riesgo de regalarla. No por maldad. No por ignorancia total. Sino por emoción, cansancio y rabia mal dirigida. Y cuando eso ocurre, ya no hay argumento que alcance. Solo queda el silencio incómodo de quien ve venir algo evitable… y espera, ojalá equivocarse.

Hay un detalle más que no se puede ignorar, aunque incomode.

Al parecer —y según señalan muchos análisis— la riqueza y el poder del presidente de El Salvador se han incrementado de manera considerable desde que asumió el control absoluto. Probablemente muchos lo saben. Y probablemente a muchos no les importa. Porque cuando un pueblo ha vivido oprimido, la libertad y la paz se pagan de formas que, vistas desde afuera, resultan difíciles de aceptar.

En Venezuela pasó algo parecido, aunque con otro actor. Desde que el primer barco norteamericano se estacionó frente a las costas del país bolivariano, casi todos sabíamos que el tema no era únicamente democracia. El petróleo estaba en la conversación, aunque se dijera en voz baja. El mundo lo susurraba. Y, aun así, hoy muchos se horrorizan cuando la intervención ocurre y la democracia no se implanta como prometieron. Se indignan al pensar que tal vez lo que se buscaba no era la libertad del pueblo, sino el control de sus recursos.

Ingenuidad de ingenuidades. De alguna manera, todos lo sabíamos.

Estos dos ejemplos sirven para algo más que el análisis internacional. Sirven como espejo. Ayudan a hacerse preguntas incómodas aquí, en Costa Rica. ¿Qué buscaba un presidente? ¿Qué buscaba el otro? ¿Y qué busca este? Y, sobre todo, ¿estás dispuesto a pagar el precio?

Porque en El Salvador se pagó un precio por libertad. Porque en Venezuela se pagó —y se sigue pagando— un precio por libertad. Pero en Costa Rica hay quienes están dispuestos a pagar un precio alto… para liberarse de una opresión que no existe.

Ese es el punto más inquietante de todos. Qué fácil es llegar a las mentes cuando se les construye una narrativa emocional poderosa. Qué fácil es convencer a alguien de que es víctima cuando se le repite lo suficiente. Y qué peligroso es correr detrás de quien grita más fuerte, sin detenerse a preguntar qué busca realmente y qué está dispuesto a hacer una vez que tenga el poder en las manos.

Porque hay precios que se pagan sabiendo por qué. Y hay precios que se pagan tarde, cuando ya no hay vuelta atrás.

3 comentarios en “Cuando los pueblos oprimidos, o no, buscan libertad, o no.”

  1. Jenniffer Gomez

    Excelente comentario, pero cada día que pasa tengo más temor de lo que pueda pasarle a mi patria querida.
    Yo fui una de las personas cansadas y por eso di mi voto al actual presidente. Sin embargo, durante su período he visto que no ha hecho nada más que meter odio y no da soluciones sensatas. Hace menos de un año sabía que no iba a votar por su partido, ahora con el pasar de los meses y con la información que he ido recopilando, entiendo y comprendo como empieza una dictadura y estamos a inicio de una. Estoy aterrorizada viendo tantas personas ciegas que no se quieren informar o ver las señales del cielo que envía Dios para abrirnos los ojos.
    Cómo persona creyente, confío en él, para que mi pueblo de Costa Rica no vayamos a extrañar algo que no habíamos valorado porque siempre lo hemos tenido, la «libertad y nuestra democracia»

  2. Ana Lorena Corrales Sánchez

    Totalmente de acuerdo un análisis muy real…me preguntó cómo llegar este mensaje a personas con mentes tan cerradas para que piensen que esto es lo que está pasando en nuestro país…están con unas ideas tan ilógicas que son de una secta que repiten porque las creen…ahora qué busca el presidente nuestro para quedarse en el poder absoluto mi opinión es el narcotráfico que tienen el poder internacional y necesita a un país tranquilo que acepte todo como bueno pero no lo van a lograr porque aún hay personas que luchamos por todo eso…y alzamos la voz. Dios nos proteja 🙏🙏🙏

  3. Ma Elena Flores SandÍ

    Qué difícil. No hay una fórmula. Es el ser humano el causante de estas situaciones. Eso es como un lote vacío abandonado. Se va llenado de basura, mala hierba y hasta lo habitan indigentes. Quién fue el causante? ……..la irresponsabilidad. Pero detrás de ella hay otras situaciones. Y ya no podemos volver al siglo XIX y más atrás donde sí o sí. Vino la psicología , derechos humanos etc etc y claro tenían razón. Se fue formando otro concepto. Y así seguiremos. Volveremos a lo antiguo. Nooo. El ser humano siempre ha sido igual. Violencia odio egoísmo ambición. Espiritualmente seguimos mal. Desde el primer hombre. Estar en paz a pesar de los conflictos. Ojalá podamos.

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