Entrevista con Luis Felipe Arauz

Candidato a la segunda vicepresidencia de la República por la Coalición Agenda Ciudadana, acompañando a Claudia Dobles, candidata a la presidencia y otrora primera dama durante el gobierno de Carlos Alvarado.

Desde hace algunas semanas —o casi meses— intenté, por distintos caminos, tener una reunión con doña Claudia Dobles, con alguien de su familia, con alguno de sus candidatos a la vicepresidencia o con alguien cercano a su entorno. No hubo manera. También envié preguntas de corte humano, no político, con la intención de conocer mejor a la persona detrás de la ahora candidata, pero nuevamente no fue posible avanzar.

Y como mi reporte de enero, ese en el que comparto por quién votaré, tiene mucho que ver con cómo es la persona y no solo con el proyecto, ella quedaba fuera de mi análisis por razones obvias. Y, por extensión, también la Coalición Agenda Ciudadana.

Le comenté esto a una amiga y me dijo algo simple y certero: conocer a don Luis Felipe era una oportunidad que no debía dejar pasar. Así que nos contactamos y quedamos en conversar algunos días después.

Como la distancia entre su casa y la mía supera la hora de camino, decidí —por primera vez— que la entrevista fuera virtual. Pensé que así ninguno tendría que invertir ese tiempo. Aunque, debo confesarlo, al terminar la conversación sentí que haberlo conocido en persona habría sido mejor. Su encanto atraviesa la pantalla, pero en vivo, sin duda, habría sido más aprovechable. Aun así, disfruté profundamente el rato que hablamos.

En ningún momento sentí que quisiera dar la reunión por terminada. Fui yo quien decidió cerrarla, para no quitarle más tiempo. Y, como he hecho con otros, le ofrecí mis letras y mi plataforma, por si podían servirle a la democracia, desde la neutralidad que mantengo y profeso.

Minutos antes de iniciar, lo contacté para indicarle por cuál vía haríamos la charla. Lo saludé como dicta el protocolo: “Buenos días, señor candidato”. Él respondió: “Buenos días, señor influencer”.

Ya en cámara, sentí necesario aclarar algo. Le dije que no soy influencer. Le conté que me formé como coach de vida en Tisoc, como coach personal y de equipos en Programación Neurolingüística; que soy facilitador de Theta Healing y de PSYCH-K, graduado de Insight IV; escritor y actualmente en formación como especialista en arteterapia. Que no soy político y que, hasta hace poco, tampoco tenía un medio de opinión. Que la vida me puso aquí casi sin aviso: un artículo se hizo viral, luego otro, y después otros más. Y que sentía que, de alguna manera, estaba haciendo coaching masivo con los votantes de Costa Rica.

Le compartí una metáfora que me acompaña: que tengo un árbol grande, donde todas las campañas pueden colgar sus hamacas y donde todos los costarricenses pueden disfrutar de la sombra y de los frutos. Que, si alguna campaña quiere ofrecer una manguera para regarlo, yo lo agradezco. Pero que jamás pagaría por el agua ni por el uso de la manguera. Es un tema de valores.

Me comentó que antes escribía artículos de opinión, pero que dejó de hacerlo desde que está en campaña. Supongo que por falta de tiempo y por una agenda proselitista apretada. Más aun sabiendo —como él mismo lo insinuó— que la carretera hacia Zapote está dura y hay mucho por trabajar.

En algún momento habló de su familia. De su esposa extranjera, de sus dos hijos. Dijo no tener miedo a esta campaña y sentirse listo para dar la lucha por el bien de Costa Rica. Y cuando digo que es por el país, lo digo con convicción: no percibí otros motivos. Ya pensionado, profesor universitario y catedrático, no parece estar ahí por ambición personal.

Lo de profesor “de buena leche”, como dirían los españoles, se le nota. En la sonrisa, en la mirada que se le va de un lado a otro, en una ternura que incluso me llevó a preguntarle si ya era abuelo. Hay algo en su forma de estar que transmite cuidado.

Se percibe en él una gran responsabilidad ante la posibilidad de llegar a la vicepresidencia del país. Pero también una seguridad tranquila, la de alguien que sabe lo que hace y siente que puede aportar algo significativo. Y aquí hay un matiz importante: ese “significativo” no parece que vaya a ser ruidoso.

Su campo es el agrícola. Un ámbito vital, pero muchas veces invisible para quienes viven en la ciudad. No es una cartera que deje grandes obras visibles ni obeliscos con nombre propio. Pero sí una de esas áreas donde, si se trabaja bien, muchos sectores sienten el impacto sin que necesariamente haya aplausos.

Lo percibí como un hombre de acuerdos y consensos, capaz de buscar unidad y alianzas, apostando al diálogo como herramienta democrática. Le pregunté si, más allá de ayudar, le ilusionaba llegar a uno de los puestos más altos del país. Me respondió que lo ilusiona lo que puede hacer por los costarricenses. Y le creí.

Renunció a una vida más tranquila. A viajar más. A estar más tiempo con su esposa. No parece haber sido una decisión fácil, pero sí coherente con quien es. No lo imagino quedándose al margen, pudiendo aportar.

Después de conocerlo a él, a otros candidatos a la vicepresidencia y a varios candidatos presidenciales, dan ganas de imaginar otra forma de hacer política. Algo así como un consejo de sabios del poder, con varios presidentes y vicepresidentes dialogando. Sabemos que no es posible, pero la idea aparece.

Me dijo que, aunque sonara cliché, lo que lo mueve es trabajar por el país. Le respondí con honestidad: que sí, que era lo más cliché que podía decir. Pero también que hay personas que de verdad lo sienten así, y que yo le creía. Y que además yo no soy quién para juzgarlo, porque también estoy trabajando con las uñas, viendo cómo los recursos se agotan, mientras intento apaciguar el ser interior de muchas personas. Al final, uno tiene que juzgar como quiere ser juzgado.

Antes de despedirnos, dejó claro algo que comparto: que este es un momento delicado para la democracia y que era importante hacer algo. Él decidió hacerlo. Y eso, al menos, merece ser escuchado.

En algún momento, y de manera natural, expresó su deseo de que doña Claudia llegue a la presidencia de la República. Me pareció que tiene bastante claro lo que quiere hacer por Costa Rica si los costarricenses le dan el honor de elegirlo para ese cargo, pero también sentí que, al menos por ahora, su norte inmediato es acompañarla a ella hasta Zapote. No desde una ambición personal desbordada, sino desde una confianza genuina en la persona a la que acompaña. Como si su empeño actual fuera empujar el proyecto de ella, aun sabiendo que, si eso ocurre, él también llegará, para bien, a un lugar de mayor responsabilidad.

A ratos se refería a ella como doña Claudia, con el respeto formal que uno espera en el ámbito público. Pero en algún momento, al narrarme una conversación privada, la llamó por su nombre propio, incluso hablándole de vos. Ese pequeño detalle dice mucho. Habla de cercanía, de confianza real, de un vínculo que no parece forzado ni estrictamente protocolario.

Durante toda la conversación sonrió con facilidad. Una sonrisa tranquila, constante, como de alguien que está en paz consigo mismo y con la decisión que ha tomado. No se le percibe tenso ni actuando un papel. Más bien transmite una serenidad que, otra vez, tiene algo de ternura. La misma que ya había notado antes y que vuelve a aparecer como un hilo conductor de su forma de estar en el mundo.

Fue ministro de Agricultura, y es evidente que ese seguirá siendo su campo natural de acción. Su mirada vuelve una y otra vez a ese ámbito, aunque entiende que la oficina que podría ocupar tiene responsabilidades más amplias. Aun así, su identidad profesional está ahí, en lo agrícola, en lo que muchas veces no se ve desde la ciudad, pero sostiene silenciosamente al país.

En un momento le pregunté cómo se apacigua cuando no lo está. No le pregunté si eso le sucede con frecuencia, solo qué hace cuando ocurre. Me respondió que, hablando con su esposa, una mujer que, según sus palabras, lo ayuda a poner todo en perspectiva. Que conversar con ella le permite sacar el problema de la mente y luego volver a mirarlo, ya no desde la angustia, sino desde la posibilidad de solución, si es que la hay. Me dijo también que le gusta leer —cosa que no me sorprendió— y practicar senderismo.

Usó una imagen que me gustó mucho. Dijo que le pasa como cuando es profesor y está buscando el mejor enfoque para una clase. Deja de pensar conscientemente en el tema y, de pronto, “se le enciende el bombillo”. Como si la mente siguiera trabajando en segundo plano, como una aplicación abierta en el celular, hasta que aparece la respuesta. Entonces la toma. Tal vez yo no me expliqué del todo bien sobre lo que significa estar des apaciguado, pero su respuesta fue valiosa para entender cómo procesa y resuelve los problemas.

Le pregunté luego, casi de manera capciosa, si su esposa le había dado su adhesión. Me refería a si contaba con su apoyo real y si ella estaba comprometida con esta etapa de su vida y con la carrera hacia la Casa Presidencial. Me dijo que sí, sin dudar. Que ella lo apoya plenamente, que incluso van juntos de gira y que es su gran sostén. Entre sus palabras entendí que es ella quien lo mantiene aterrizado en muchas cosas. Su ancla a tierra.

Ella maneja, muchas veces, la logística cotidiana: lo acompaña, ordena datos, listas de tareas. Es, en conclusión, parte de su equipo de confianza. A eso se suma uno de sus hijos, que vive en Costa Rica y le ayuda con redes sociales y fotografías. No desde una estructura grandilocuente, sino desde lo posible y lo cercano.

Uno tiende a imaginar que quienes están en campaña tienen equipos enormes detrás: diseñadores, asesores, personal de apoyo, secretarias, estrategas. Y seguramente hay algo de eso. Pero al final del día, la sensación que me quedó es que cada uno hace lo que puede, hasta donde puede, con los recursos que tiene, intentando cumplir un propósito que, al menos en su caso, parece honesto: servir a la patria desde el lugar donde cree que puede hacerlo.

Me sorprendió cuando me preguntó qué flaquezas veía en él. Me dio la opción de decírselas en ese mismo momento o de hacerlo luego por WhatsApp. No sentí que buscara una opinión por chisme ni por vanidad, sino desde un interés genuino en recibir mis valoraciones. Y no para la campaña, sino —estoy seguro— para ser mejor persona.

La verdad es que no hubo mucho que yo pudiera decirle. Como persona, desde lo humano y desde mi mirada de coach, me estaba gustando mucho. No estaba en posición de evaluar su nivel académico, ni su desempeño técnico, ni su visión económica o política. No soy economista, ni político, ni estadista. Pero sí le ofrecí ayuda en todo aquello que estuviera a mi alcance.

Una ayuda igual a la que le he ofrecido a otros candidatos. Algunos se han sorprendido y me han sugerido que ese tipo de ofrecimientos debería hacerse en silencio, para evitar malentendidos. Yo siempre respondo lo mismo: soy transparente. Mis seguidores saben por dónde ando y cuál es mi compromiso. Mi compromiso es con la democracia. Por eso, si con mis recursos puedo ayudar a él, a doña Claudia, a don Álvaro, a don Juan Carlos Hidalgo, a don Fernando Zamora, a don Ariel Robles o a cualquier otro candidato democrático que lo necesite, lo voy a hacer. Desde que empecé en esto y hasta donde se me permita llegar, mi norte es la democracia. Y eso implica estar disponible para todos, no para uno solo.

Cada vez que don Felipe habla, parece que estuviera dando una clase. Pero no a estudiantes cualquiera, sino a personas a las que aprecia, a las que quiere, a quienes disfruta enseñarles. Se nota que ama lo que hace y lo que transmite. Siempre con una sonrisa tierna, sin solemnidad forzada.

Me dijo que le gustaría que lo vieran como alguien de puertas abiertas. Ahí aproveché para preguntarle —aunque parecía casi innecesario— si “Apacigua tu ser interior” tendría una silla en su despacho o, al menos, la posibilidad de llegar a él. Me dijo que sí, con total seguridad.

Me dijo que le gustaría ser visto como una persona accesible, estudiosa, que busca soluciones y que resuelve. Y que, además, le gustaría dejar un legado de mejor calidad de vida en las zonas rurales. Le alegran los logros, aunque no se noten. Sospecho que eso viene de su vida como profesor: formar jóvenes y no tan jóvenes, sin poder seguirles la pista, sin saber cómo les va después, sin placas ni reconocimientos visibles. Aun así, queda satisfecho. Supongo que para eso están sus hijos. Ellos son su obra más visible. Y se nota. O al menos, eso sentí.

Al final, le di la oportunidad de decirme algo que no hubiera dicho. Algo que quisiera comunicar de sí mismo. Me respondió: “Le dejo a su criterio lo que quiera decir. Por mí, ya todo está dicho”. Y quizá tenía razón.

Para mí, lo que quedó es esto: es un hombre encantador, que transmite honestidad y que parece querer hacer las cosas bien, no por ego, sino por el país.

Antes de despedirnos, le dije algo que sentí necesario decirle. Le pedí que anotara en un papel lo mejor de sí mismo, esos valores que sabe que tiene y que no quisiera perder. Que lo pegara en un lugar visible. Para que cada día, al regresar de Casa Presidencial —si los costarricenses así lo deciden— pueda revisar si sigue alineado con su norte y con la persona que es hoy. Porque en cuatro años, cualquiera puede cambiar.

Cortamos la comunicación. Me quedé con ganas de volver a hablar con él. Tal vez desde la revista que estrenaré luego de las elecciones. Tal vez desde Casa Presidencial, si doña Claudia asume el poder en esta patria bendita.

Gracias, don Felipe. Señor candidato. Espero que el país, vote o no por ustedes, se permita reconocer quién es usted y por qué está haciendo lo que está haciendo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio