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Antes de hablar de democracia
Antes de hablar de democracia, de elecciones o de urnas, hay algo más importante que decir: entendemos tu distancia. No fue un capricho. No fue desamor por el país. Fue el resultado de muchas pequeñas decepciones acumuladas, de sentir que participabas y aun así nada cambiaba en lo que más afecta la vida diaria.
A veces se habla del abstencionismo como si fuera un error individual. Pero cuando tanta gente se aleja, no estamos ante un problema de personas, sino ante un vínculo dañado. Y los vínculos no se corrigen con órdenes ni con reproches. Se reparan con escucha.
Este texto no busca convencerte de nada. No te pide nada. Solo pone sobre la mesa algo que durante mucho tiempo se ignoró: tu cansancio es real. Tu desconfianza tiene historia. Y reconocerlo no debilita la democracia; la vuelve más honesta.
Si alguna vez volvemos a encontrarnos como ciudadanía, tendrá que ser desde aquí: desde el respeto por lo que dolió.
05
Cuando participar dejó de sentirse propio
Para muchas personas, la democracia dejó de sentirse propia. No porque hayan dejado de creer en ella como valor, sino porque dejaron de verse reflejadas en sus resultados, en sus discursos, en sus formas. Votar empezó a sentirse como un gesto vacío, desconectado de la realidad cotidiana.
Alejarse fue una manera silenciosa de decir “esto no me representa”. Y aunque ese silencio no cambió las cosas, sí dice mucho sobre el desgaste emocional que se fue acumulando con los años.
Antes de hablar de volver, hacía falta decir esto con claridad: no estás mal por haberte ido. Estás cansado. Estás cansada. Y eso merece ser dicho sin juicio, sin culpa y sin miedo.
Este es apenas un primer gesto. Una forma de reconocer que el problema no es la gente, sino la distancia que se creó entre la gente y la democracia.