Un día sencillo, un mensaje necesario

La cita era a las nueve y treinta de la mañana. El objetivo estaba claro: grabar un mensaje que yo mismo había escrito sobre la democracia y luego unirlo con fragmentos grabados por algunos candidatos a la presidencia. Un ejercicio sencillo en apariencia, pero cargado de intención y simbolismo.

Llegué unos diez minutos tarde. Problemas con Waze, de esos que pasan y que uno aprende a aceptar sin dramatizar. Desde la calle llamé y, casi de inmediato, salieron a recibirme. Abrieron el portón del parqueo, guardé el carro y, desde ahí, todo fluyó con una naturalidad poco común.

Me recibió Javier, el productor, y me acompañó por las instalaciones. A los pocos pasos aparecieron dos personas para darme la bienvenida: Alberto Quirós, el dueño de la empresa, y un muchacho joven cuyo nombre no recuerdo, pero cuya actitud fue tan cercana como la de alguien que te recibe en su propia casa. Ambos, con una sonrisa franca, me dijeron que me seguían en redes y que les agradaba conocerme en persona. Fue una delicadeza que no se improvisa. Una de esas cortesías que uno suele ver en contextos internacionales, pero que no siempre encuentra tan cerca.

El lugar es hermoso. Muy grande, con múltiples espacios, cámaras, luces y un equipo técnico profesional que se mueve con precisión y calma. Todo el personal fue sumamente amable. Cada saludo fue cariñoso, cada gesto atento. En todo momento sentí que estaban pendientes de mí, no desde la formalidad rígida, sino desde un cuidado genuino.

Rápidamente me armaron —o me desarmaron— como suele pasar en estos contextos. Micrófonos colocados por el cuerpo con destreza casi invisible, indicaciones claras sobre dónde pararme, cómo moverme, cuándo empezar. Todo sin perder tiempo, pero sin apuro innecesario. Pasé por maquillaje y, en cuestión de minutos, estábamos listos para grabar.

Hicimos las primeras pruebas, conducidas con mucha paciencia por Javier. Hubo un par de errores en cada frase, los normales cuando uno quiere decir algo con precisión emocional y no solo técnica. Nadie perdió la calma. Nadie mostró impaciencia. Se repetía, se corregía, se afinaba, hasta que todo quedó exactamente como debía quedar.

Mientras estábamos en eso, llegó Eli, candidato presidencial, acompañado de su esposa Rosi. Más tarde también apareció Javier Medina, un joven que se ha vuelto figura nacional por imitar a personalidades importantes. Dichosamente yo no lo soy —al menos no tanto—, pensé con una sonrisa. El ambiente se mantuvo relajado, respetuoso, humano.

Terminamos la grabación. Me despedí de cada persona, uno por uno, con gratitud sincera. Salí de ahí sintiéndome muy bien por el trato recibido y con unas enormes ganas de volver a trabajar con ese equipo. Un equipo de lujo, sí, pero no por lo tecnológico, sino por lo humano. Profesional, amable y notoriamente cariñoso.

A veces uno va a grabar un mensaje. Y sin darse cuenta, termina llevándose una confirmación silenciosa: que todavía hay espacios como JBQ donde la democracia no se grita, no se actúa, no se utiliza. Se cuida. Se respeta. Se vive.

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