Debates, metáforas y responsabilidad democrática

Durante estos días, a raíz de un video mío en el que analicé la ausencia de Laura Fernández en un debate, se abrió una conversación interesante. No agresiva, no insultante, pero sí reveladora. Una de esas discusiones que vale la pena ordenar, porque lo que está en juego no es una persona, sino una idea que se repite con frecuencia en los procesos electorales.

Alguien intentó justificar la ausencia de un candidato a los debates usando una metáfora aparentemente ingeniosa: el plan de gobierno sería como un currículum, los debates serían como entrevistas de trabajo, y la verdadera capacidad no se mediría frente a un micrófono, sino en la ejecución previa. Según esa lógica, quien ya “trabajó bien” no tendría necesidad de volver a entrevistarse.

La metáfora suena atractiva. El problema es que está mal aplicada.

El primer error de esa comparación es asumir que se está aplicando al mismo puesto. Y no es así. No se trata de continuar en el mismo trabajo, con el mismo jefe y bajo las mismas condiciones. Se trata de aspirar a un cargo distinto, de mayor jerarquía, con nuevas responsabilidades y, sobre todo, con un nuevo empleador: la ciudadanía.

En cualquier ámbito serio —laboral, académico o institucional— cuando una persona aspira a un puesto superior, vuelve a presentarse. Vuelve a exponerse. Vuelve a explicar quién es, qué sabe y cómo responde bajo presión. Haber trabajado antes no exime de rendir cuentas. Al contrario, aumenta la expectativa.

Aquí es donde la metáfora se quiebra del todo. Decir “ya me conoces, confía en mí” sin presentarse a las entrevistas no es eficiencia ni solvencia. Es ausencia. Y en democracia, la ausencia no es neutra.

Los debates no son un concurso de elocuencia vacía, como algunos quieren reducirlos. Son espacios de contraste, de presión real, de síntesis, de respuesta inmediata, de interacción con otros proyectos y otras miradas. Son, además, un acto de respeto hacia el electorado. Quien aspira a gobernar debe estar dispuesto a ser visto, cuestionado y comparado.

Otro argumento frecuente es que exponerse puede hacer perder votos. Y probablemente sea cierto. Pero ese riesgo es parte esencial del juego democrático. Gobernar implica tomar decisiones incómodas; debatir también. Evitar el debate para proteger una ventaja en encuestas puede ser una estrategia política, pero no es una virtud democrática.

Hay una diferencia importante entre leer bien el terreno y esconderse del terreno. Entender los propios límites puede ser inteligencia; rehuir sistemáticamente los espacios de confrontación pública es otra cosa. No es cobardía, necesariamente, pero tampoco es algo que deba celebrarse o normalizarse.

Además, hay un punto que no se puede obviar: quien “contrató” antes no es quien decide ahora. Un presidente saliente no transfiere automáticamente la confianza ciudadana. Cada elección reinicia el contrato. Cada candidatura debe presentarse ante nosotros como si fuera la primera vez. Porque, en esencia, lo es.

Por eso sostengo lo que dije en aquella conversación: no respeto —en términos políticos, no personales— a quien se postula a la presidencia y no se presenta a los debates. No porque el debate sea perfecto, sino porque es uno de los pocos espacios donde la democracia se ejerce en tiempo real, sin edición, sin red y sin intermediarios.

Las metáforas pueden ayudar a pensar, pero también pueden confundir cuando se usan para justificar lo injustificable. Si una comparación necesita forzar la realidad para sostenerse, entonces no es una buena comparación.

En democracia, no basta con haber hecho bien un trabajo antes. Hay que volver a dar la cara. Volver a presentarse. Volver a responder. Porque el poder no se hereda, no se presume y no se protege evitando preguntas. El poder se gana mirándonos de frente.

Y eso, más allá de nombres y coyunturas, es una lección que conviene no olvidar.

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