Un día de estos iba hacia la casa de una amiga. Delante de mí iba una patrulla. Un carro de policía, de esos que durante toda mi vida han significado exactamente lo mismo: tranquilidad.
Mi reacción fue automática, casi reflejo. Qué bien, pensé. Zona segura. Yo no debo nada, no temo nada. Siempre que veo policía en Costa Rica me siento protegido. Así crecí. Así aprendí a leer el espacio público.
Pero de pronto, algo se metió en mi cabeza. Algo nuevo. Algo que jamás había sentido en este país.
Pensé: yo soy oposición.
Y pensé también: tal vez en ese carro van cinco policías chavistas.
Y el cuerpo reaccionó antes que la razón. El temor apareció. Y no fue una idea suelta; fue una sensación que se amplificó rápido, sin pedir permiso. Doscientos metros más adelante la patrulla dobló y yo seguí recto, pero algo ya había pasado. Había experimentado una emoción que nunca había asociado con Costa Rica.
Miedo. No a la policía como institución. Miedo a lo que la política les ha hecho a las personas.
Desde entonces he conversado con amigos que tienen negocios, con gente trabajadora, con personas que generan empleo. Y varios me dicen lo mismo, casi en voz baja: no se atreven a decir públicamente por quién van a votar. No porque duden de su decisión, sino por miedo a represalias. A señalamientos. A boicots. A venganzas pequeñas, pero reales.
Eso no es normal. Eso no es sano. Eso no es democracia.
Y no, no todo es culpa de este gobierno. Pero sería deshonesto no decir que la mayor responsabilidad sí recae ahí. Cuando desde el poder se alimenta la polarización, cuando se legitima el odio, cuando se señala al que piensa distinto como enemigo, el daño se filtra hacia abajo. Siempre. Sin excepción.
Pero tampoco voy a eximir a quienes, desde la irracionalidad, se montan felices en esa ola. A quienes convierten la política en identidad absoluta. A quienes creen que aplastar al otro es una forma válida de ganar. A quienes disfrutan generar miedo, silencio o autocensura.
Eso nos robó algo profundo. Nos robó la paz cotidiana. Nos robó la confianza básica. Nos robó esa sensación simple de caminar tranquilos en nuestro propio país. Costa Rica no era así. Costa Rica no debería ser así.
Y no, no se los voy a perdonar fácilmente. Porque jugar con el miedo, normalizarlo y celebrarlo no es política: es una forma de violencia emocional que deja cicatrices silenciosas.
Yo quiero volver a ver una patrulla y sentir solo lo que siempre sentí: seguridad.
Quiero que mis amigos puedan decir lo que piensan sin bajar la voz.
Quiero que la diferencia política no se viva como amenaza.
Eso también es democracia. Y eso, hoy, está en riesgo.
