Capitulo XIII – Egipto

Era el mes de setiembre del 2016, mi pareja y yo estábamos listos para partir. Nos encontrábamos a las puertas de un gran viaje, que como muchos otros, lo habíamos preparado con gran cuidado.
Salíamos para Europa por Iberia, aterrizando en Madrid para conectar a Roma. Ya estando ahí aprovecharíamos para conocer Pompeya antes de volar al Cairo en Egipto, vía Estambul en Turquía, a donde regresaríamos al final antes de volar a Madrid y visitar Toledo, y luego de regreso a San José.
Pintaba ser un viaje maravilloso, como finalmente terminan siendo todos los viajes que hemos hecho alrededor del mundo; pero de alguna manera era distinto. Ya habíamos estado en Roma, pero nunca en Pompeya; ya habíamos visitado Madrid muchas veces, pero nunca antes fuimos a Toledo. Aunque era nuestra segunda visita juntos al mundo árabe o a Asia, era la primera vez que estábamos en África, por lo tanto, nunca habíamos visitado Egipto o Turquía; en este último país conoceríamos Estambul y Capadocia.
El día llegó. Hicimos el vuelo según les comenté y al terminar nuestros días en Italia, volamos al Cairo pasando por Estambul.
Fue una experiencia extraña. Pensé que vería más gente vestida en la forma que yo imagino a los musulmanes, pero las indumentarias eran tan occidentales como la mía. Caminamos por el atiborrado aeropuerto Atatürk, de la capital turca, y una rara sensación me embriagaba, me ahogaba un poco. La gente me miraba.
Ciertamente mi apariencia no es del norte de Europa, o asiático, o un afroamericano hermoso de dos metros. No creo que en alguna parte del mundo me señalen como «el feo», pero creo que soy una persona bastante promedio en cualquier región del planeta, aunque a estas personas no les estaba pareciendo así.
Caminamos el aeropuerto de un lado a otro, tal vez hasta varias veces, tratando de encontrar el salón VIP para esperar nuestro siguiente vuelo, y en los pasillos y por las tiendas, sentía la mirada de la gente. No podría asegurar que fueran nacionales del país, porque es bien sabido que un aeropuerto como este tiene personas de muchas partes del mundo, ¡¿Entonces?! Estaba llamando la atención de diferentes nacionalidades. Pensé que eran cosas mías y lo dejé pasar, pero tratando de encontrar una respuesta en mi cabeza, misma que no encontré; ni en ese momento ni aún ahora.
Finalmente anunciaron la salida de nuestro vuelo, y dejamos atrás Turquía, aunque en poco más de una semana regresaríamos para recorrer un par de ciudades. Llegamos al Cairo sin complicaciones, al menos hasta que aterrizamos en el Aeropuerto Internacional de El Cairo en medio del desierto color naranja más hermoso que había visto, tal vez tanto como las dunas del desierto de los Emiratos, donde hicimos carreras en Hummer.
De la terminal a nuestro hotel, que era como un oasis en medio del caos de la ciudad, estábamos impresionados al ver la suciedad (propia de ciudades de desierto) y la manera en cómo conducen; nunca antes habíamos visto algo así, era como estar en la India.
La noche en ese hermoso hotel otrora palacio, fue normal. Dormimos con la ilusión de despertar para poder ver desde nuestra ventana, las pirámides que tanto añoramos conocer.
Esa mañana del día siguiente, luego de desayunar en el restaurante junto a la piscina, con productos propios de la zona, recordé los maravillosos desayunos que tomaba en Dubai, en mi viaje a los Emiratos.
Nuestro tour estaba contratado a una empresa norteamericana que nos advirtió sobre los peligros que podríamos correr en Capadocia, al estar a quinientos kilómetros de Siria. Tenían a un representante en el Cairo, que fue quien nos recibió en el aeropuerto, se encargó de nuestras visas de entrada, acomodó nuestras maletas en el auto, y nos acompañó hasta el hotel/palacio, en donde nos hospedaríamos varias noches, antes de viajar a Aswan, navegando por el Nilo.
Esa mañana vino temprano para recibirnos en el -lobby-, ofreciéndonos un té de hibiscos, una flor de la zona. Minutos después nos presentó a una hermosa mujer egipcia, musulmana, graduada en España. Llevaba su correspondiente «hiyab» (pañuelo en la cabeza), que había decidido usar, al asumir la religión luego de su regreso de Europa.
Conversamos con ella y le hicimos mil preguntas sobre religión y tradiciones. Nos despedimos del representante y junto con ella y un chofer, empezamos nuestro recorrido. Toda esa historia con muchos detalles, está anotada en mi libro: «Viajando a Turquía y Egipto, con Vinicio Jarquín», pero algunos detalles de esa experiencia, son importantes repetirlos en estas páginas o en este proyecto.
Nos fuimos en medio del caos y el polvo, a conocer museos, estatuas, monumentos, y cuanto icono sobresaliera y quisiéramos ver. Hasta que llegamos a la primera pirámide, que según las leyes turísticas egipcias, los guías se quedan afuera y los turistas entramos solos.
Pasamos la pequeña y empedrada puerta que nos daba acceso al interior de la pirámide. Luego de caminar unos metros tuvimos que esperar a que un señor y su papá desocuparan las angostas gradas que necesitábamos subir. Ambos hombres se detuvieron a mi lado y en inglés me pidieron tomarse un selfie conmigo. Por supuesto que les dije que sí, aunque no entendía para qué. Primero el señor mayor, luego el señor más joven, y luego ambos. Dieron un corto -gracias- y salieron por la puerta, mientras revisaban el material obtenido en su teléfono celular.
Finalmente, luego de gradas y pasillos, caminando a ratos y gateando por metros, llegamos a la cámara principal, en donde estaba lo que fue el sarcófago de piedra de algún faraón. Con respeto y algo de curiosidad, cerramos nuestros ojos unos minutos para meditar. Pude sentir como una luz azul, entraba a mi cuerpo dándome energía y vigor; ¡fue hermoso!
Al salir de la pirámide le comentamos a Howaida Saad Eddin, nuestra guía local, lo que había sucedido con los señores de la foto. Ella no tenía una respuesta, sólo dijo que tal vez me notaron turista y por eso querían coleccionarla, porque a los egipcios les gusta tomarse fotos con los turistas.
Esa teoría era una de esas respuestas que dan los guías cuando no saben la respuesta. ¿Por qué conmigo y no con Luis Fer?, ¿si estaban ahí también eran turistas?, tal vez árabes no egipcios. Sin embargo, este suceso me hizo recordar lo ocurrido en Estambul, pero poco a poco lo olvidé.
Recordaba que pocos días antes de salir de Costa Rica, en una clase de Programación Neuro Lingüistica con Sara Mizrahi, hicimos un ejercicio llamado «El circulo de la excelencia», y más o menos había sido diseñado para que una persona se sintiera como yo me estaba sintiendo.
¿Será acaso que al sentirme en buena posición, es lo que trasmito?, también recordaba que cada vez que salgo de casa (o del hotel) entro a mi santuario, que es mi lugar imaginario. Ahí tomo una capa, como de Rey, me la coloco en los hombros, dejándola bambolearse atrás, y me siento como siendo hijo del rey, del Rey de Reyes. Tal vez esto tenía que ver, pero igual sólo eran conjeturas.
La historia no termina ahí, siguió pasando. Fuimos al Qasr al-Sham, conocido como Barrio Copto. Según cuenta la leyenda, en esta zona de la ciudad de El Cairo fue donde vivió la Sagrada Familia en su exilio a Egipto, por lo que las calles del barrio están llenas de historia cristiana, pero también judía.
Caminábamos hacia la Iglesia de Santa María, también conocida como la Iglesia Colgante, precisamente por estar situada sobre la fortaleza anterior. Se llamó también en el pasado “Iglesia de la Escalinata”, porque para acceder a ella hay que subir unas empinadas escaleras. Consta de una fachada decimonónica con blancos campanarios gemelos. Unos trescientos metros antes de llegar, un grupo de unos ocho estudiantes de colegio, «cuchicheaban» o murmuraban algo, obviamente no podía escucharlos, y menos entenderlos. Al llegar a estar a su lado, y sin que ellos dijeran una palabra, los miré y les sonreí, como quien les da la pauta para hablar.
Un chico me preguntó si podían tomarse un selfie conmigo. Por supuesto que dije que sí. Primero porque estaba en modo de vacaciones, y casi todo se vale, segundo porque me sentía honrado que lo quisieran, y tercero, porque estaba siendo testigo de algo más grande que yo, y que todavía no entendía de qué se trataba.
Luis Fer y nuestra guía se esperaron pacientemente mientras yo hacía mis mejores caras para salir en las fotos de esos chicos, algo así como cuando me hice fotos con los niños maoríes de una escuela en Nueva Zelandia, en enero de ese mismo año.
Seguimos caminando los tres, no en silencio, solo escuchando las explicaciones de la guía. Hablaba de arquitectura, tradiciones, religión, etcétera, lo que fuera. Lo que menos decía era el porqué estaban sucediendo estas cosas conmigo, en esta parte del mundo, tan lejos de casa. Luis Fer parecía darle poca importancia al tema.
Era mi tema, era mi vida. No sólo porque me gustaba que quisieran tomarse fotos conmigo, porque sabía que era algo que había dentro de mí, y que ellos estaban viendo, o como si me estuvieran esperando desde antes, desde siglos.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por un grupo de muchachitos de escuela, que estaban muy cerca de la entrada a la iglesia, en donde veríamos un cuadro que mostraba a la Virgen María, pintado en el año 47. Lo cual podría significar que tal vez el autor la conoció.
Estos chicos, sonrientemente, pidieron hacerse selfies conmigo, y por supuesto los complací. Esta vez fue diferente, porque yo también me hice fotos y las guardé de recuerdo.
Y así parecía terminar mi vida como figura pública en el Cairo. Pasaron horas sin que la gente notara mi presencia o sin que supieran que andaba por ahí. Parecía que había vuelto a la vida normal, al anonimato regular, como el vivido alguna vez en Holanda. En esa oportunidad la ciudad estaba engalanada celebrando el cumpleaños del Rey; todos muy felices reunidos en grupos en las calles. Nosotros hubiéramos querido participar, pero nadie nos conocía. Nos sentimos invisibles.
Fuimos a ver el atardecer en el desierto. Nuestra guía nos presentó a un especialista en camellos, quien nos entregó dos animales para que fuéramos arriba, a la cima del desierto, para ver las tres pirámides juntas, mientras el sol caía, y tomando algunas bebidas de la zona.
Al inicio del recorrido, nosotros íbamos en camello, y nuestro guía caminando. Más adelante alguien nos alcanzó y le entregó un caballo. A ratos parecía que estábamos solos en el desierto. Tal vez hasta tuvimos un poco de miedo que algo nos pudiera pasar. Recordemos que somos turistas que cargan efectivo y tarjetas de crédito, teléfonos celulares, cámaras fotográficas de varios tipos, etcétera. Éramos presa fácil en medio del desierto de una ciudad oprimida por temas económicos.
De pronto, a lo lejos se veía una polvareda que se levantaba, alguien venía hacia nosotros. Era un chico extranjero, sabrá Dios de dónde, que junto con un acompañante o traductor, le pidió a nuestro guía que me preguntara si su cliente o amigo, se podría tomar una foto con él.
Este hombre dio la vuelta a su caballo, lo paró junto a mi camello, ambos montados en nuestros respectivos animales. El chico tomó la foto, agradecieron mi amabilidad y se alejaron en el desierto, tal como habían venido.
Ahí terminaron los incidentes de las fotos. Nadie más me solicitó permiso, aunque si pude recibir saludos de personas que estaban lejos, que gritaban para que yo me volteara a verlos, y levantaban su mano, mientras me sonreían.
Finalmente dejamos El Cairo. Dejamos atrás todos estos momentos interesantes. Nos fuimos sin respuestas. Nunca supe qué pasó o por qué a mí. Si me parezco a un famoso local, los de desierto no pudieron haberme visto a lo lejos. Nadie pudo explicármelo. Tal vez fue el resultado del Círculo de la excelencia que hice con Sara.
Años más tarde, luego de estudiar Psych-k y sus bases en la física cuántica, me parece que una posible explicación puede ser que mi cerebro estaba integrado, o conectado en sus dos áreas, por el ejercicio de Sara, y eso enamora a los cerebros vecinos.
Nos despedimos de nuestra guía para navegar por el Río Nilo rumbo a Aswan, en donde tendríamos a otro representante de la empresa, que nos acompañaría las 24 horas, velando por nuestras necesidades y seguridad. Los días siguientes parecían transcurrir en normalidad. No tuvimos ningún otro incidente de ese tipo.
Mi propósito en la vida
Un día, mientras navegábamos por el Nilo, luego de una cena temprana, estábamos en la terraza superior del barco viendo un anaranjado y maravilloso atardecer africano; mientras Luis Fer hablaba con un chico español llamado Francisco Navarta, a quien recientemente habíamos conocido en el crucero en el que ahora andábamos. Prácticamente había iniciado una sesión de coaching, tratando que encontrara su norte en la vida, mientras yo estaba viendo la orilla del río, observando como el sol trataba de taparse tímidamente con las ramitas secas que hacían un cierre visual a la oscura agua.
Junto con el chico español, yo escuchaba las preguntas de Luis Fer, tratando de responderlas para mí, en mi cabeza.
- ¿Pará qué fui hecho?,
- ¿Cuál es el propósito de mi vida?,
- ¿Cuál es mi esencia?,
- ¿Cuál será mi huella o mi legado?, etcétera.
Y ahí mismo, encontré mi propósito de vida: «Felicidad de exportación», en otras palabras, mi propósito es no solo ser feliz, sino compartir mi felicidad con los demás.
Ahora todo empezaba a tomar sentido. Los seminarios de Insight me habían preparado para este momento, aunque faltaban niveles por recibir. Y los estudios en Programación Neuro Lingüistica me daban herramientas para trabajar con las personas.
No pude dejar de pensar en la bienvenida que los egipcios me habían dado. ¿Sería la vida misma la que estaba preparando el terreno, o mi subconsciente para recibir estas respuestas?
He tratado, durante una importante parte de mi vida, de encontrar la felicidad hasta en los mínimos detalles. He intentado vivir una sana neutralidad en donde hago lo que puedo por lo que quiero. También entiendo que muchas cosas son como son, o lo que son; son lo que hay y no hago nada o mucho, tratando de ir navegando contra la corriente de aquellos ríos cuyo cauce no depende de mí. «Tratando de hacer lo mejor que se puede, con lo que se tiene».
¿Pero qué tal cuando sí dependen de mi actuar?, ¿o cuando puedo hacer algo para que las aguas recorran tranquilas en medio de las orillas, en la vida de otros, sin salirse y sin perderse corriendo por las praderas?
Sentado ahí, mirando hacia la orilla de ese cauce por donde hace miles de años anduvieron faraones y «dioses» del antiguo Egipto, me pregunté:
- ¿Cuál es esa chispa divina que hay en mí?,
- ¿Cuál es mi bendición?, la forma en cómo toco a los demás cuando estoy en mi propósito?
- ¿Cuál es mi misión?, o
- ¿Para qué estoy aquí?,
- ¿Qué trabajo vine a hacer?,
- ¿Para qué fui diseñado? Y finalmente
- ¿Cuál es el mensaje que tengo?,
- ¿Hay algo que tengo que decir consistentemente al mundo?
Y de ahí, de todas esas respuestas juntas, salió mi propósito de vida.
No siempre se puede ser feliz cada minuto del día, en cada uno de los días; pero si podemos procurar que cada instante regular, en medio de la norma, el trajín y la rutina, se convierta en algo que verdaderamente valga la pena y nos haga sonreír. De esta forma estaremos trabajando en cada uno de los eslabones que formarán la gran cadena de la felicidad, que terminará, definitivamente, el día que dejemos aquí la esencia de lo que somos, y emprendamos el camino hacia un mundo mejor.
Mi misión o propósito se ha convertido en tratar de hacer a la gente sonreír, pero más que eso, que lo hagan aunque yo no esté con ellos. Que mi participación en sus vidas les de momentos gratos, graciosos o serios, pero que puedan encontrar la gracia en sus vidas, en sus maravillosas vidas en construcción o mantenimiento. Para esto estoy aquí, ese es el trabajo que vine a hacer, para eso fui diseñado, y por lo tanto, ese es mi mensaje para aquellos que gracias a Dios se cruzan en mi camino.
Estoy seguro que no seré efectivo para todos, pero intento tocar el centro del alma de aquellos que en mi camino se crucen, lo logre o no, sean pocos o muchos. A partir de entonces estoy convencido que eso es lo que tengo que decir consistentemente al mundo, así es como quiero tocar a los demás, necesito levantar mi voz y expresarme, oral o por escrito.
Y en el proceso, dejaré que ellos con sus participaciones, desnuden mi alma, la hagan permeable y ericen mi piel, en procura de llegar a convertirme en un ser humano mejor cada día. Esa es mi esencia y esa es la chispa divina que hay en mí, y mi bendición. Todo esto es, porque no sólo creo en Dios, sino que Dios cree en mí.
Mi propósito de vida es lograr la felicidad en los demás, y hacerlos sonreír, pero más allá de eso quiero ser la chispa que encienda a otros y que puedan brillar con luz propia.
En estos días he conocido personas que al conocer mis intenciones sonríen en tono de aprobación, incluso muchachos que no han alcanzado las dos décadas de vida, y que confiesan que motivantes de ese tipo son los que los mueven, y me enseñan las maravillas de este mundo y lo valioso de la humanidad.
Desde que supe o mentalicé que eso es lo que quiero hacer para dejar huella o trascender, y así sentirme feliz que mi paso por la vida valió la pena, he tenido grandes experiencias que me demuestran, que sí tengo la capacidad de enseñar mi alma, de ponerla permeable ante otros y de enamorar el espíritu de algunos, metiendo mi mano en su ser, para tocarlos, empujarlos o incluso pellizcarlos, para que vivan o vuelvan a vivir.
Y mientras hago esto, disfruto de todo aquello que algunos quieran darme de su propia esencia, que me ayude a crecer y entrar o mantenerme en su círculo virtuoso.
Mi manera de orar
Al terminar nuestro recorrido por las ciudades bañadas por el Nilo, volvimos a El Cairo para pasar un día antes de volar a Turquía.
Estando en ese país, nuestra guía aceptó conseguir permiso para que pudiéramos ir a orar a una mezquita, junto a musulmanes comunes y corrientes, como comunes y corrientes cristianos somos nosotros.
La primera vez que estuvimos en aquellas lejanas tierras gobernadas y vigiladas por hermosas e innumerables mezquitas, no nos fue posible compartir sus ritos, su fe o sus tradiciones, sólo fuimos turistas observando la majestuosidad de esas obras levantadas en los Emiratos Árabes Unidos; pero esta vez, y antes de conocer maravillosas edificaciones en Turquía, pudimos hacerlo.
Ahí le pedí a la guía privada que nos llevara a una mezquita porque queríamos orar a Dios, o Al-lāh, y queríamos hacerlo en uno de esos templos. Al principio pareció no gustarle mucho la idea. Tal vez pensó que no teníamos lo necesario, la intención suficiente o la fe que se necesitaría para estar en la presencia de Dios (de su Dios); y nos preguntó qué nos motivaba para quererlo. Le expliqué que estaba seguro que mucha gente llegaba a esos lugares, se postraba en las alfombras, y con amor dirigía sus oraciones al Señor, y que estaba seguro que el amor que tantas personas emanaban en ese recinto debería ser algo hermoso.
Ella entonces aceptó, movió sus contactos y fuimos recibidos en una hermosa mezquita en El Cairo. Nos explicaron un poco de sus tradiciones y su fe. Luego nos llevaron al centro de todo en donde hicimos la ceremonia de la purificación, que consistía en lavarse cara, orejas, manos, cuello, boca, pies, brazos, etcétera, con la intención de estar listos para la oración.
Cuando las voces de la ciudad se escucharon por todo lado, por barrios y caseríos, ya nosotros estábamos listos. Nos acomodamos en fila, muy juntitos a otros musulmanes, y seguimos la tradición de estar hincados y postrados, y demás movimientos rítmicos que todos tenían en manera ceremonial, de alabanza o respeto.
Mientras estaba ahí, a la espalda de quien dirigía la oración y con los ojos cerrados y el rostro hacia el patio central en donde entraba la potente luz solar africana, pensaba que esa claridad era la que emanaba del trono del Altísimo, y los cánticos de adoración que se escuchaban en árabe, me hacían imaginar que estaba oyendo a los ángeles clamando a Dios.
¡Fue un hermoso momento en mi vida!, uno de esos instantes, como muchos que he tenido, que podría ser que marquen un antes y un después, pero ya me cansé de enumerarlos, ahora sólo los vivo y generalmente los narro.
Luego de eso, ya de regreso en casa, me compré una toalla blanca de tamaño mediano, con bordes en un ribete negro.
Cada noche bajo la intensidad de la luz de mi cuarto, abro el paño (alfombra en todo caso) sobre la pequeña alfombra de pies junto a mi cama. Lo rocío con aroma de lavanda comprado para las sábanas, me hinco en las esquinas que quedan más cerca de mis rodillas, abro las manos para sentir que recibo a Dios con la mirada al cielo, luego las pongo en las otras dos esquinas y mi frente pegadita al paño.
En esa posición agradezco por todo lo que tengo y pido todo lo que me dé la gana; pido por la familia, por paz, por buena economía, salud y buenos negocios. También pido que KiKa siga siendo inteligente, educada, estable y equilibrada; además pido por los amigos que se vengan a mi mente en ese instante, por felicidad, por ser agradable para la gente, por sentir que soy el hijo del Rey de Reyes, y que se note, y pido para que mis días estén llenos de alegrías, por poder ser chispa en la vida de otros, y por poder iluminar o alumbrar a quien lo necesite. En fin, pido por todo lo que se me ocurra. Aunque años después mi amigo José Caraball me dijo que su práctica de oración es agradecer por todo antes de dormir por la noche, y pedir antes de salir de casa por las mañanas; sin embargo no la he implementado todavía, y casi siempre agradezco en medio de peticiones nuevas. Voy a tener que organizarme un poquito más.
Al terminar con estas peticiones y adoración, pongo mi mejilla izquierda sobre la suave tela que jamás ha sido pisada, y con la mano derecha acaricio mi otra mejilla, sintiendo que estoy recostado en el pecho de Jesús y que con sus caricias me dice que todo está bien, y que todo seguirá bien.
Beso el paño, me levanto mientras todavía sigo hincado, lo perfumo un poco más, lo doblo ceremonialmente y lo pongo en el lugar en donde estoy seguro que seguirá estando mañana.
Y cada noche, luego de eso, me acuesto feliz porque mi vida está siendo gobernada y protegida por ese mismo ser amoroso que en sus manos me ha tenido siempre y de todo me ha protegido.
Esa sensación es una confirmación
de que estuviste actuando en tu propósito.
Es una confirmación celestial.
¡Me encanta!
Luis Fernando Sánchez
Junto a Luis Fer, y su amor, descubrí mi propósito, y muchas veces él es la fuerza que me ayuda a llevarlo a cabo; así como es el medidor constante que utilizo para saber, a ciencia cierta, qué es lo correcto, tan sólo siguiendo sus pasos, y pensando en cómo lo haría él, o cómo actuaría en diferentes situaciones.
Semanas luego de nuestro regreso de Egipto, escribí:
«Un príncipe de tierras lejanas, en Egipto»
Cuenta la leyenda que de tierras lejanas llegará un príncipe, vendrá por las nubes, desde un mundo que hablan lenguas extrañas y es de una tierra recién descubierta por error de ruta, al otro lado del planeta. Llegará en la primera cuarta parte del siglo XXI, en un año indeterminado, en el 10º mes, días antes de la luna llena.
Será reconocido cuando recorra nuestras calles, y será disfrutado incluso por los niños. Caminará por nuestras otrora tierras de faraones, compartirá con nuestra gente de hoy, comerá nuestra comida, sentirá nuestro amor, recibirá nuestras sonrisas, montará en nuestros animales, se deleitará con nuestros aromas y conocerá nuestra forma de vivir.
Caminará por los templos que fueron levantados para los dioses de los antiguos egipcios, conociendo la historia que nos ha llevado a donde hoy estamos, enterándose además de los aspectos más relevantes de nuestra religión, orando incluso en nuestras Mezquitas y practicando la purificación previa al ritual.
Experimentará nuestro amor, nuestra paz, nuestra hermandad, y nuestra familiaridad; y en nuestra compañía conocerá el lugar en donde la princesa rescató a Moisés.
Visitará la gruta en donde la Virgen María y José se albergaron con el niño Jesús huyendo de los peligros de Herodes. Se refrescará con los vientos del Sahara que acarician nuestras ciudades y recorrerá en paz y seguridad las orillas de nuestro río Nilo, que también navegará por días, siendo testigo del caudal que ha dado alimento a nuestro pueblo desde hace varios miles de años.
Será visto en camellos recorriendo las arenas, y los locales cabalgarán hasta él para compartir aunque sólo sea durante breves momentos.
Conocerá nuestra historia como pueblo y la historia de Mahoma, el hombre que seguimos, que honró a Jesucristo, y que nos dio las pautas para vivir en armonía entre nosotros y con los demás, buscando ser seres superiores y espirituales.
Sabrá a ciencia cierta que somos un pueblo humilde y amoroso, y en nuestra casa se sentirá seguro y confiado. Parecerá ser inalcanzable cuando por nuestras calles camine escoltado por personal local, sin embargo, estará abierto y dispuesto para todo aquel que se acerque a tener un contacto humano cercano, y con su sonrisa tocará el alma de aquellos que lo conozcan.
Entrará al centro de la tierra para visitar las tumbas de los faraones que gobernaron nuestra nación hace cientos y miles de años, y caminará hacia arriba, dentro de las enigmáticas pirámides, para recibir a ojos cerrados la energía que ellas encierran, porque de nuestro país no podrá irse sin ser tocado.
Llegará siendo de sangre real sin ser coronado, y se irá sabiendo que es a quien esperábamos y siendo el verdadero hijo del Rey; y cuando su misión termine nuevamente volará al norte en busca de nuevas tierras.
Se irá de Egipto dejando su amor y llevándose el nuestro; aquí encontrará su esencia y misión, y proclamará un mensaje nuevo más allá de nuestras fronteras.
Nota del capítulo “Egipto”:
Años después de la experiencia en el Nilo, mientras revisaba este capítulo para terminar el libro, vi pasar por Facebook al chico español. Le comenté la casualidad de saber de él mientras hacía la revisión, y me dijo: “Vosotros no lo sabéis (tú y tu marido), pero conoceros me cambió la vida”. Por supuesto le confesé que en aquella misma conversación cambió también mi vida, encontrando mi propósito.
Sos un gran príncipe, siempre iluminando la vida de los que te rodean.
Tu forma de ser te hace inigualable.
Qué bendición y visión tenés para saber exactamente lo que necesitamos
quienes te rodeamos y queremos.
Gracias por caminar a mi lado, por esperarme…, qué bendecida me siento de llamarte “-mi familia-“.
Sara Mizrahi
Creo que veo frente a mí un príncipe.
No necesitas declararlo, simplemente lo demostraste.
Leslie Boyer
Leslie Boyer Consulting
Insight Seminars Worldwide
Mi vida se define por la calidad de mis pensamientos
Quiero ser lo que parezco ser, y parecer ser lo que verdaderamente soy.