
La llamada de mi amigo Esteban Echavarría llegó un lunes por la noche. Me propuso coordinar una pequeña reunión alrededor de un amigo suyo escritor, que junto con su esposa había venido desde Colombia para promocionar su libro y compartir historias del pueblo en el que creció, en la Colombia profunda. En ese instante, debo admitirlo, sonaba como la tormenta perfecta para una noche aburrida. Pero la invitación venía de Esteban, a quien aprecio muchísimo y de quien siempre recibo afecto sincero, así que dije que sí sin darle demasiadas vueltas. Quedamos para el martes a las seis de la tarde en Azafrán, en Plaza Mayor.
Las presas hicieron su trabajo y me fueron retrasando casi treinta minutos, y en medio del tránsito confieso que apareció esa esperanza secreta de que tal vez se cancelara. No por mala voluntad, sino por pura pereza humana. Pero conforme avanzaba el reloj, algo dentro de mí empezó a acomodarse. Ya no solo aceptaba ir, sino que empezó a darme ganas. Tal vez la magia estaba llamando. Y no necesariamente la mía.
Llegué apenas dos minutos después de la hora acordada. Esteban me escribió que ya estaban sentados: él, los colombianos Wilson Raúl Carreño Velasco, el escritor, su esposa Ivonne, otro colombiano llamado Jaime Ricardo, pintor, y Gil Porat. Todos conversando, ordenando bebidas, cruzando palabras que apenas comenzaban a tejer la noche.
Me pedí un jugo de naranja, un alfajor, luego una empanada caprese y finalmente unas papas con salsa de ají. Mucho más de lo que pensaba comer, considerando que a las cinco ya había tomado café con Luis Fer. Pero esas mesas tienen algo: uno llega con hambre social, no con hambre física.
Esteban sugirió que cada uno hiciera una pequeña presentación para conocernos, y como él no habló de lo que hacía para vivir, esa terminó siendo la línea general. Gil habló de su relación con Esteban, Jaime habló desde el arte, sabíamos que Wilson era escritor, y cuando llegó mi turno terminé diciendo que era una mezcla de todos: escritor, pintor, formado también en Seminarios Insight como Esteban y Gil. En ese momento olvidé mencionar que Jaime habló de ascendencia de “sangre azul” y que yo perfectamente habría podido contar que mi historia materna se remonta al Cacique Garabito… pero siendo mesa mayoritariamente colombiana, sospecho que no habría cambiado demasiado la cosa.
Cuando llegué a la mesa saludé a Esteban, luego a Gil, a Jaime, a Wilson y a Ivonne, mirándolos a todos a los ojos como me gusta hacer. Pero cuando miré a Wilson, algo pasó dentro de mí. No puedo decir que fue una conexión de doble vía, ni afirmaría que él la sintió igual. Pero yo sí me sentí conectado. No era aún curiosidad por su historia. Era simplemente una sensación.
Cuando empezó a hablar, todo cambió.
Su relato fue elocuente, detallado, profundamente humano. Desde el primer minuto capturó mi atención, y por cortesía —pero también por algo más profundo— mantuve mis ojos en los suyos todo el tiempo. Incluso cuando en varios momentos mis propios ojos se llenaron de lágrimas, no aparté la mirada. Me quedé con él. Sentí que había que quedarse ahí.
Contó la historia de los leprosos en Colombia, del abandono, de su familia, de cómo su madre quiso un hijo más y su padre no, de cómo finalmente nació en una zona olvidada por el gobierno y la sociedad. Era una historia dura. Y algo extraño ocurrió en mí: me generó una mezcla de emociones completamente nueva. Por un lado, sentí ese dolor profundo que he sentido al visitar campos de concentración en la antigua Yugoslavia, esos momentos donde el alma simplemente llora. Pero al mismo tiempo, cuando hablaba de las personas que ayudaron, del trabajo humano, de las cosas que lograron, me transportó a mi propia campaña electoral recién terminada, al trabajo que hice, a la satisfacción, a los mensajes de la gente, al día en que perdimos, y a cómo no pude permitirme hacer duelo porque tenía que sostener emocionalmente a quienes me seguían.
Todo eso se mezcló.
Cuando terminó, le conté cómo me había sentido. Y lloré mientras hablaba. Todos guardaron un respeto absoluto, dejándome el espacio para explicarlo con calma. Fue uno de esos momentos donde una mesa deja de ser mesa y se convierte en algo más.
La noche fue extraña, divertida, muy amena y profundamente entrañable. Con Esteban la conexión es de años y cada vez más cercana; él no es mucho mayor que yo, pero tiene esa forma de abrazar el mundo que recuerda a un papá bonito. Con Wilson sentí una conexión especial, pero curiosamente también la sentí con Gil. No sé por qué, pero cada vez que hablaba, aunque me dirigiera a otro, terminaba incluyéndolo a él. Y su mirada estaba puesta en mí cuando hablaba, igual que la mía cuando hablaba él. No entendí esa dinámica, pero sentí que ahí puede haber un café pendiente algún día. Hay encuentros que no se deben dejar pasar.
En algún momento Wilson habló de la magia. Yo le pregunté qué era para él. Me respondió. Le pregunté si era lo mismo que la gracia. Dijo que probablemente sí. Entonces le dije que la magia que yo veía en él provenía de la gracia, que su rostro tenía un brillo especial, no como hombre bonito, sino como alguien tocado por algo más grande. Le dije que mientras supiera manejar la magia, la gracia estaría con él. No respondió mucho. Tal vez porque como escritor prefiere construir sus propias narrativas. Pero sentí que algo quedó sembrado. Y le recordé que la gracia estaría, mientras fuera digno de ella.
También le expliqué que cuando Jesús entró en burro a Jerusalén, los aplausos no eran para el burro sino para quien lo montaba. Que la gracia es lo que uno carga. Pero que Jesús pudo haber elegido cualquier burro, y sin embargo eligió ese. Así que también hay un orgullo legítimo en haber sido escogido por la vida.
Compré dos de sus libros. No los he leído todavía. Pero disfruté su presencia. Y algo importante pasó dentro de mí esa noche: yo sabía que podía haber brillado más, hablar más de mis libros, de mi arte, de mis proyectos… pero entendí que esa noche la luz era de él. Y respetar la luz ajena también es una forma de elegancia espiritual.
Gracias a todos por una noche maravillosa.
Vinicio, muchas gracias por la compañía en el encuentro convocado por Esteban y por este relato tan generoso. Ha sido muy grato conocerte y espero de corazon un futuro encuentro, ojalá cuando ya hayas leído mis libros.
Gracias Vini por llenar de GRACIA esta noche de relatos mágicos, de historias entrañables de los hijos de un pueblo de origen doloroso, y tan enigmático como su nombre: “Contratación”.
Sentí que cada uno de los seis comensales, que escuchábamos a Wilson, tenía historias entrañables de vida por contar…La noche se nos hizo muy corta, nos separamos con las mesas llenas de sillas patas arriba, las luces del restaurante apagadas y la mirada impaciente y suplicante del encargado de cerrar, con “ganas de seguirla” …. Y nos prometimos otras reuniones, aunque sea virtuales, para conocer más el misterio de la vida de Jaime Ricardo y su lucha por sobrevivir con dos hijos en un país que lo acogió cuando tuvo que huir de Colombia; nos quedamos con ganas de hilar más el dramático pasado de Gil y sus antecesores en los campos de concentración nazis; y seguramente muchos otros relatos que nos hermanan en la belleza que hay entre la magia y la gracia de nuestras historias tan humanas.