Del caos al palacio
A las 5:00 caminábamos hacia la puerta al otro lado del aeropuerto. A las 5:30 estábamos sentados en el suelo esperando la salida cuando escuché mi nombre por los parlantes con la peor pronunciación que jamás haya oído. Me asusté. No estábamos seguros de que fuera yo hasta que llamaron a Luis Fer y fuimos al mostrador. Al parecer les faltaba información de nuestros pasaportes.
El señor dijo: “Ustedes necesitan visa para Egipto”, y ahí hubo un segundo de confusión porque nosotros no la teníamos en mano, ya que siempre estaríamos acompañados de un egipcio; yo lo comparé en mi mente con Rusia, donde si alguien estaba con nosotros podíamos andar sin visa. Luego entendimos que, en un inglés más o menos, lo que quería decir era: “¿Ustedes necesitan visa para Egipto?” Era una pregunta, no una afirmación. Dijimos que no porque alguien nos esperaba, y el asunto terminó.
A las 6:00 pasamos la puerta de abordaje y nos subimos al bus que nos llevaría al avión. Otra vez tocó caminar. A las 6:20 ya estábamos montados en el avión de Egypt Air, en alianza con Turkish Airlines, justo en la segunda fila de todo el avión. A las 6:35 cerraron puertas y empezamos a movernos haciendo fila para despegar. A las 6:50 despegamos hacia el este, viendo desde arriba la inmensidad de Estambul en hora pico: cientos de calles cuadriculadas llenas de carros.
Rápidamente el avión viró al sur a 187 grados y luego a 158. Este era un vuelo sencillo en su lógica: volaríamos al sur hasta encontrar el Mediterráneo, lo atravesaríamos y entraríamos a Egipto. Seguramente pasaríamos junto a Alejandría para encontrar El Cairo.
Nos dieron de cenar; escogí res. Era como carne molida con tomate y berenjena, además de pan, queso, un postrecito, y luego el té. Me pareció que esta gente es cariñosa, como creo que son los indios. Se saludan de beso entre hombres y caminan tomados del brazo. La gente de la región que yo conocía era la de los Emiratos, pero realmente no tuvimos contacto directo con ellos, y sin dejar de tomar en cuenta que los emiratíes se creen “la divina caca envuelta en huevo”.
Y claro, por estas zonas uno conoce gente de lugares remotos para nosotros los ticos: en el avión se conversa con un muchacho de Palestina, te atienden meseros rumanos, ves muchos filipinos, indios, gente que parece llevar el planeta en la cara. En medio de eso cambiamos la hora: a las 7:50 era hora de Estambul y a las 6:50 hora de El Cairo. O sea, luego de volar una hora, volvíamos a la misma hora. Nos quedaban sesenta minutos de vuelo.
Y entonces lo vimos desde el cielo: El Cairo es enorme. En serio enorme. Esta ciudad tiene 24 millones de habitantes, casi Costa Rica entera multiplicado por seis, todos metidos en una misma ciudad. A las 7:32 tocamos tierra.
No había mucha gente. Al salir del avión nos estaba esperando el Tour Líder de la empresa: Mohammed Abed Al Monem. Tomó nuestros pasaportes y fue a conseguirnos la visa de entrada. Pasamos migración sin problema, pero en aduana nos seleccionaron para ver maletas por rayos; me pareció que el oficial de la puerta no sabía qué era Costa Rica y eso lo puso a dudar. Salimos sin problemas y nos encontramos con Walit —como sea que se escriba— que sería nuestro chofer en El Cairo, en un microbús. Mañana veríamos a Howaida Said, nuestra guía.
Antes de salir del aeropuerto pasé al baño, y ahí me pasó una de esas escenas que, por absurdas, se vuelven inolvidables. Un trabajador me abrió la puerta para que entrara y, mientras yo todavía estaba orinando, se acercó a mi lado y me entregó unas hojitas de papel higiénico. Fue muy extraño. Ni modo: las usé y me fui sin dar propina porque todavía no tenía moneda local y no quería sacar la billetera en ese lugar.
El camino al hotel fue un golpe frontal de realidad. Llegamos a la ciudad y no hay palabras para el desorden. Todo lo que hasta ese momento habíamos visto era más que feo. Cientos de cientos, o miles de miles, de apartamentos en edificios con luces apagadas, polvorientos. Una autopista de seis carriles marcados, convertida en ocho carriles reales de carros metiéndose por todo lado. En Costa Rica las motos pasan entre dos carros; aquí, entre dos, pasa otro. La vía la tiene el que se pasa de carril. Carros viejos, mantenimiento malísimo, autopista sucia; y aunque asfaltada, polvorienta.
Y entonces, casi como un corte cinematográfico, llegamos al hotel.
En los últimos cien metros antes de entrar había retenes que obligaban a los carros a zigzaguear para que nadie pudiera entrar a alta velocidad. Luego un puesto de control de explosivos a la entrada del complejo: había que apagar el carro mientras revisaban con perros antibombas. Adentro, de pronto, la entrada era de palacio. Y para entrar al lobby, otro arco de seguridad. Ya en el recibidor, la sensación era la de un palacio de Las mil y una noches, con una decoración excesiva y lujosa.
Nos dieron una copa con té de hibiscus —hibiscos—, un género de unas 150 especies aceptadas, típico de ambientes cálidos, en regiones tropicales y subtropicales, con origen centrado principalmente en el sureste de Asia, introducido y cultivado desde tiempos inmemoriales para usos ornamental, alimentario y medicinal. A mí me encantó que algo tan delicado y botánico apareciera como bienvenida en medio de aquella sensación de fortaleza.
El hotel estaba dividido en secciones. Nos llevaron a la nuestra en un carrito de golf, atravesando jardines, y al llegar al módulo había un oficial en cada puerta, con otro arco de seguridad. Era como hospedarse en la embajada de Estados Unidos en San José o en alguna oficina del Banco Nacional de Costa Rica. La habitación era de mucho lujo y comodidades, con un balcón que, según ofrecían, mostraría las pirámides una vez que amaneciera.
Y ahí lo entendí con una claridad brutal: la pobreza llega hasta las puertas del hotel, o de la propiedad; de ahí para adentro es tierra de faraones o sultanes del siglo XXI. Llegamos a las 10:30 de la noche, y aun así sabíamos que había que levantarse a las 4:30 de la mañana.
Egipto, oficialmente República Árabe de Egipto, nos devolvía al Mundo Árabe. Es un país soberano de África en la parte más occidental —aunque también tiene la península del Sinaí en Asia—, limita con Sudán, Libia y el Estado de Palestina en Israel, y tiene costas en el Mar Rojo y el Mediterráneo. La mayor parte de su superficie integra el desierto del Sahara, y el Nilo cruza el desierto de norte a sur formando un estrecho valle y un gran delta en su desembocadura en el Mediterráneo. Esas tierras fértiles están densamente pobladas; casi la mitad de los egipcios viven en áreas urbanas, sobre todo en El Cairo y Alejandría.
Egipto fue cuna de la antigua civilización egipcia que, junto con la mesopotámica, fue origen de la actual cultura occidental, influyendo decisivamente en la historia de la humanidad. Los restos están por todas partes: las pirámides, la gran esfinge, Luxor con el templo de Karnak y el Valle de los Reyes. Egipto es un centro político y cultural importante del Oriente Próximo, potencia regional, con forma de gobierno de república semi presidencialista bajo gobierno interino formado tras el golpe de Estado de 2013 que derrocó al primer presidente democrático del país, Mohamed Morsi.
El Cairo, la capital, es la mayor ciudad del mundo árabe, de Oriente Medio y de África, con una población aproximada de 24 millones de habitantes, undécima urbe más poblada del mundo. Fue fundada en el año 116 a.C. cuando los romanos reconstruyeron una antigua fortaleza persa junto al río Nilo; antes de eso, Menfis u otras ciudades eran capital del imperio faraónico.
Y aun con toda esa información, mirando el mapa africano yo sabía que, aunque en materia continental ya estaba aquí, seguirían siendo muchísimos los países y kilómetros cuadrados que no visitaríamos esta vez y tal vez nunca… aunque seguíamos coqueteando con la idea de llegar algún día hasta South África. También recordé que ya habíamos visto las costas de Algeria desde un vuelo que viajaba muy bajo desde Dubai hasta Madrid, y que en esa oportunidad también habíamos visto Egipto desde arriba; pero ahora íbamos a pisarlo. Y si reviso la lista de países de África, hay muchos que probablemente nunca querremos visitar, del mismo modo que hemos decidido que nunca iremos a la India.
La región, además, tiene su confusión semántica. En español no existe consenso claro sobre su delimitación; el término Oriente Medio es utilizado por la ONU, por gobiernos hispanoamericanos y por el Ministerio de Asuntos Exteriores de España para definir la región situada al suroeste de Asia. Ese concepto es mayoritario y reúne países como Arabia Saudí, Baréin, Emiratos Árabes Unidos, Irak, Irán, Israel, Jordania, Kuwait, Líbano, Libia, Omán, Qatar, Siria, Sudán, Yemen, Turquía y los territorios palestinos (Franja de Gaza y parte de Cisjordania), y también dos países cercanos: Chipre y Egipto. Por eso Oriente Medio y Oriente Próximo terminan siendo virtualmente sinónimos. Y mirando ese mapa, entendí que efectivamente esta era la segunda vez que estaría en la zona cuando toqué tierra en Egipto y Turquía: después de Dubái y Abu Dhabi, sumaban cuatro países conocidos en el área.
Pero lo que realmente me tenía la cabeza girando, mientras el cuerpo intentaba descansar, era el tema de las pirámides. ¿Qué será cierto con respecto a su construcción? Es tan difícil saberlo. Los libros dicen una cosa; internet dice algunas parecidas y otras distintas; los videos de YouTube agregan su propia niebla; incluso los guías especializados tienen su teoría personal o institucionalizada; y los investigadores mundiales, que parecen ser la fuente común, también manejan teorías diferentes.
El punto concordante, la historia oficial, dice que fueron construidas hace unos cinco mil años por mano de obra de esclavos y que sirvieron como tumbas para los faraones, pero hay puntos difíciles de creer. La Gran Pirámide, por ejemplo, está compuesta por 2.300.000 bloques de piedra de entre 2.5 y 60 toneladas cada uno, y se habría hecho en unos veinte años aproximadamente; eso implicaría colocar una piedra cada dos minutos. Parece imposible, aunque podríamos suponer que es cierto si trabajaban miles de hombres… pero entonces aparece la pregunta inevitable de la alimentación de esos pobres infelices, lo cual apoya la teoría de desnutrición de su tiempo. Y si los guías dicen que no saben cómo se hizo porque los egipcios todavía no anotaban o escribían todos los detalles, entonces ¿cómo sí saben que se tardó veinte años?
Otro punto: la pirámide tiene una desviación de seis milímetros después de poner 2.300.000 piedras con tecnología de hace cinco mil años, en una altura de 150 metros; una precisión que no hemos alcanzado en siglos posteriores. Se supone que eran tumbas, pero muchas estaban cerradas con sarcófagos vacíos. Y los egipcios narraban en jeroglíficos hasta los más mínimos detalles de la vida cotidiana, pero no dicen nada de cómo hicieron las pirámides. ¿Será que no fueron testigos? ¿Será esa la razón por la cual dentro no se encontró nada escrito?
En medio de esas preguntas apareció también “la flor de la vida”, ese círculo secreto creado por la inscripción de trece círculos, símbolo que se encuentra en algunas piezas egipcias y también en “La ciudad prohibida” de China. Y otro detalle más: las pirámides de Egipto alineadas con la constelación de Orión, igual que la pirámide del Sol en Teotihuacan; incluso pirámides africanas y americanas con bases de dimensiones similares. Pareciera que quedan muchas preguntas sin responder: qué habrá pasado con esas culturas antiguas tan avanzadas; si los egipcios construyeron las pirámides o si las pirámides ya estaban ahí cuando llegaron; si son simples coincidencias o existió una civilización global antigua; o si hubo algún conocimiento específico aplicado por distintas culturas a través del tiempo.
Con todo eso dando vueltas, me acosté sabiendo que afuera, al otro lado de los jardines y de los arcos de seguridad, El Cairo seguía siendo desorden y polvo y millones de vidas apretadas en una sola ciudad; y aquí adentro, en esta isla de lujo custodiada, yo estaba a pocas horas de abrir los ojos y, por primera vez en mi vida, ver pirámides desde un balcón.