02 – La noche en que el país se nos fue de las manos

Salvando el “Pura Vida”, sin lograrlo

Recuerdo con dolor y con una angustia difícil de explicar el momento final, cuando el Tribunal Supremo de Elecciones anunció el resultado definitivo. No fue una sorpresa súbita. Fue una confirmación lenta, pesada, que venía caminando desde hacía horas. La sensación era la de ver al país escaparse como se escapa el agua entre los dedos, sin poder retenerla, sin poder hacer nada más que aceptar que ya no estaba ahí.

Sabíamos, además, que no había margen para la duda. Por respeto a nuestro Tribunal Supremo de Elecciones, por coherencia con todo lo que habíamos defendido durante meses, no podíamos cuestionar el resultado. No podíamos sembrar sospechas. No podíamos gritar fraude. La democracia que habíamos intentado proteger exigía, precisamente en ese momento, silencio digno. Y ese silencio dolía más que cualquier grito.

Yo estaba ahí ese día. No en mi casa. No en un cuartel, no. Estaba en el hotel donde se reunía el partido que, hasta pocas horas antes, iba a haber sido el partido de nuestro nuevo presidente. Estaba ahí, dolido, afligido, sufriendo no por una candidatura, sino por Costa Rica. Por lo que sentía que se nos iba de las manos. Por lo que intuía que venía después.

Antes de que el resultado se anunciara públicamente, abracé al hombre que pudo haber salvado a Costa Rica. Abracé a Álvaro. Nos abrazamos fuerte, en silencio, durante unos segundos que todavía siento en el cuerpo. Fue un abrazo largo, contenido, de esos que no buscan consolar, sino reconocer la dimensión de lo que se está perdiendo. Instantes después, él empezó a caminar para anunciar su derrota en una de las contiendas electorales más duras que hemos vivido.

Cuando llegaron los números, cuando aparecieron los porcentajes, el dolor se volvió físico. Me atravesó una sensación que solo después pude comparar con una escena de La lista de Schindler: ese pensamiento cruel, insistente, que dice “tal vez si hubieras hecho un poco más”. Tal vez una hora más. Tal vez un día más. Tal vez si hubiera pagado publicidad en Facebook, en redes sociales. Tal vez si hubiera hecho un esfuerzo extra, una entrevista más, una reunión más, una publicación más. Tal vez el resultado hubiera sido distinto.

Pero no era cierto. Y lo supe en ese mismo momento.

Costa Rica estaba decidida. Había un grupo importante de costarricenses —no la mayoría del país, pero sí la mayoría de los que votaron— que ya habían tomado la decisión de entregar el país a un proyecto que desprecia el diálogo, debilita las instituciones y normaliza el irrespeto. No fue un accidente. No fue un error aritmético. Fue una elección consciente.

No estoy contando la historia por adelantado. La historia ya se sabe. Como lo dije antes, perdimos el pura vida. Y de ahora en adelante lo que nos espera no es abstracto ni simbólico. Lo que viene es el intento de destrucción de nuestro seguro social. El debilitamiento sistemático de nuestro sistema educativo. El daño feroz a las instituciones. Las agresiones constantes a los poderes de la República y a la Contraloría. Las dudas que se sembrarán sobre el Tribunal Supremo de Elecciones, aun cuando fue ese mismo tribunal el que les dio el gane.

Veremos cómo un enjambre de langostas llega a la patria para devorarla y dejarla desolada. No por incapacidad, sino por voracidad. No por ignorancia, sino por desprecio.

¿Quién ganó estas elecciones? ¿Quién perdió? Es una pregunta innecesaria. Porque Costa Rica, entera, perdió.

Y desde ese lugar, desde ese dolor, desde esa lucidez amarga que llega cuando ya no hay nada que discutir, es que empiezo a contar lo que viene ahora. No para quedarme en la derrota, sino para entender qué se hace cuando uno ya dio todo, cuando la dignidad fue lo único que no se negoció, y cuando el país que uno ama ya no es el mismo que se va a despertar al día siguiente.

Y con el tiempo, incluso antes de que existieran resultados, empecé a entender algo más amplio. Que en estos procesos no todo se mide solo por quién gana una elección. Que hay victorias que no aparecen en los titulares, pero que igual existen. Yo no era candidato. No estaba en una papeleta. Y, sin embargo, ocupaba un lugar extraño, incómodo y a la vez profundamente libre: el de no representar a nadie más que a un principio.

¿Quién más ganó, aparte de quien resultara electo o electa? La pregunta empezó a rondarme sin pedir respuesta inmediata.

Como costarricense, seguía sintiendo que algo se estaba perdiendo. Pero, al mismo tiempo, había una ganancia silenciosa que empezaba a asomarse. Gané en parte —y solo en parte— al convertirme, sin proponérmelo, en una especie de “candidato de la democracia”. No porque la democracia necesitara un rostro, sino porque necesitaba ser defendida incluso cuando el resultado no gustara.

Porque ahí entendí algo que no es cómodo, pero es verdadero: la democracia no pierde cuando el resultado incomoda. La democracia pierde cuando deja de respetarse.

Y en ese sentido, aunque todavía no sabía cómo terminaría todo esto, había una certeza que empezaba a afirmarse por dentro: pasara lo que pasara después, la democracia tenía que ganar, incluso si a muchos no nos gustaba el desenlace.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio