Salvando el “Pura Vida”, sin lograrlo
Antes de que todo empezara, mi vida estaba en equilibrio. No en un equilibrio perfecto ni idealizado, sino en uno real, funcional, suficientemente bueno. No era una vida espectacular ni precaria; era suficiente. Tranquila. Confiada. Ocupada. Yo era un ciudadano común, sin roces con personas importantes, sin cercanía con el poder, sin militancia política, sin interés alguno en figurar. No había escenario ni público esperando nada de mí. Había oficio, rutina, y una sensación de estar donde tenía que estar.
Daba clases de acuarela, pintaba con regularidad y escribía libros de desarrollo personal y algunas novelas que se vendían de a poco, sin apuro y sin campañas. Estudiaba desarrollo personal con la misma seriedad con la que otros estudian una carrera universitaria, no como moda, sino como camino. Acompañaba procesos humanos y, al mismo tiempo, sostenía una empresa de confección de uniformes que me mantenía anclado a lo concreto: planillas, pedidos, entregas, números reales. Mi vida se movía entre lo creativo y lo práctico, entre la introspección y la responsabilidad cotidiana. Nada extraordinario. Nada roto.
Me sentía tranquilo, confiado y ocupado. Las tres cosas al mismo tiempo. Costa Rica existía como telón de fondo, como el lugar donde todo eso ocurría. No como un problema urgente que reclamara mi voz, sino como algo dado, casi como el aire: presente, necesario, pero no interrogado. No pensaba en política, no era tema habitual de conversación en mi mundo, y no usaba la palabra democracia ni como consigna ni como bandera. Observaba, escuchaba, comentaba en privado, pero no sentía que tuviera que decir nada en público, mucho menos que alguien estuviera esperando que yo lo hiciera.
El primer movimiento no fue una decisión. Fue un viaje. Me fui a un congreso en México y regresé cansado, pero no cansado del cuerpo, sino de algo más difícil de nombrar. Volví con una sensación incómoda: que la frase “pura vida” ya no sonaba igual que antes. No porque hubiera perdido su belleza, sino porque algo en el clima del país parecía haberla vaciado un poco de su fuerza. Como si conviviera ahora con un tono más insolente, más efervescente, menos cuidadoso. No era enojo ni rabia. Era una tristeza lúcida, serena, clara.
Esa misma noche, al regresar, escribí un artículo. No lo escribí con intención de provocar nada ni de señalar a nadie. No buscaba abrir debates ni generar movimientos. Lo escribí porque lo necesitaba, porque había algo que pedía salir antes de volverse amargo. En ese momento todavía no usaba la palabra democracia. No la necesitaba. Lo que estaba diciendo era otra cosa: que el país estaba cansado de soportar, que había un desgaste ético silencioso que no encontraba lenguaje.
A mucha gente le gustó. Para ese momento, fueron muchos “me gusta” y muchos compartidos, muchísimos comparado con lo que yo estaba acostumbrado. No lo viví como un fenómeno ni como un logro. Lo viví como una señal extraña, todavía sin nombre. Entonces escribí otro texto, y después otro más. Textos que hablaban del cansancio de un pueblo joven, del agotamiento frente a los escándalos, de una sensación colectiva de hartazgo que no encontraba palabras y que parecía estar esperando que alguien las dijera con cuidado.
Yo seguí con mi vida. Seguí trabajando, escribiendo y sosteniendo mis rutinas. No cambié de rol ni me sentí investido de nada. Hasta que uno de esos textos fue leído en sesión plenaria en la Asamblea Legislativa. Ahí algo se movió, aunque todavía no supe exactamente qué. El artículo se volvió viral, pasó de cientos a miles de compartidos y, de pronto, mi palabra ya no era solo mía. Había entrado en un espacio que yo no había buscado, pero que ya no podía ignorar.
Aun así, no hubo un quiebre inmediato ni una decisión consciente de entrar a ningún lugar nuevo. No hubo épica ni proclamaciones. El cambio vino por acumulación. El negocio de uniformes bajó un poco y ese tiempo que quedó libre lo empecé a dedicar a escribir. Primero octubre, pero luego noviembre, diciembre y enero completos. No para hacer política, sino para escribir, pensar y decir con más cuidado aquello que estaba emergiendo.
Mirándolo ahora, ese fue el último tramo de equilibrio. No porque estuviera mal, sino porque estaba a punto de transformarse. Yo todavía era el mismo: tranquilo, confiado y ocupado. Todavía escribía desde la tristeza serena y no desde la rabia. Todavía no hablaba de democracia. Todavía no sabía que la palabra, cuando encuentra eco, empieza a caminar sola y ya no vuelve al lugar del que salió.
Eso fue antes de que todo empezara.
