Los therian, las mayorías y la convivencia

No voy a fingir una certeza que no tengo. En este momento todavía no tengo una posición totalmente definida sobre las personas que se identifican como therian, esas personas que sienten una conexión profunda con un animal, que a veces se visten como él, que a veces adoptan comportamientos simbólicos asociados a ese animal, y que para muchos resultan incomprensibles, extrañas o incluso incómodas. No estoy aquí para explicar qué les pasa, qué sienten o por qué lo hacen, porque honestamente no lo sé. Y cuando uno no sabe, lo más sensato no es sentenciar, sino observar, escuchar y pensar un poco más despacio.

Lo que sí he visto —y eso sí me llamó la atención— es a algunos negocios pronunciándose públicamente para decir que no permitirán la entrada de therian a sus establecimientos. Y el argumento suele sonar muy correcto, muy educado, muy presentable: que no es discriminación, que es por la convivencia, por la comodidad de las familias, por mantener un ambiente agradable, por evitar situaciones incómodas. Todo dicho con ese tono institucional que parece neutral… pero que en el fondo toma una posición muy clara. Porque cuando uno decide excluir a un grupo específico de personas por cómo se ven, cómo se expresan o cómo se identifican, por más bonito que suene el comunicado, eso tiene un nombre bastante conocido.

Y sí, me parece discriminación.

Lo curioso es que cuando estos anuncios aparecen en redes sociales, la reacción suele ser masiva a favor del establecimiento. Comentarios celebrando la medida, aplaudiendo la decisión, agradeciendo que “por fin alguien ponga orden”. La mayoría respalda. La mayoría valida. La mayoría se siente protegida. Y ahí es donde la conversación deja de ser sobre therian y empieza a ser sobre algo mucho más grande: cómo funcionan las mayorías y las minorías dentro de una sociedad.

Porque la historia humana está llena de momentos donde la mayoría decide qué es normal, qué es aceptable, qué es correcto… y qué no lo es. Y cuando algo se sale de esa norma, aunque no haga daño real, aunque solo resulte raro, diferente o incomprensible, aparece la tentación de regularlo, prohibirlo o expulsarlo del espacio común. No necesariamente por maldad, muchas veces por miedo, por incomodidad o simplemente por falta de costumbre. Pero el resultado práctico suele ser el mismo: la minoría paga el precio de no parecerse al resto.

Y mientras pensaba en todo esto, recordé algo que vivimos hace apenas nada. Venimos saliendo de una elección presidencial intensa, efervescente, donde los bandos se insultaban, se gritaban, se ofendían y se enfrentaban sin pudor en redes sociales, en conversaciones familiares y en espacios públicos. La política fue durante meses una fuente constante de tensión, discusiones y fracturas personales. Sin embargo, no vi restaurantes publicando que en sus instalaciones estaba prohibido hablar de política “por la convivencia familiar”, ni comercios anunciando que no aceptarían clientes que discutieran de elecciones para mantener un ambiente agradable. No ocurrió. Y no ocurrió por una razón muy simple: quienes hablan de política son mayoría. Y a la mayoría rara vez se le ponen reglas por ser mayoría.

Tal vez ahí está la verdadera pregunta de fondo. No si entendemos o no a un grupo específico, sino por qué ciertas conductas se vuelven tolerables cuando las practica la multitud, pero problemáticas cuando las encarna una minoría visible. Porque cuando la mayoría hace ruido, se llama libertad. Cuando la minoría incomoda, se llama problema. Y ese doble estándar —silencioso, cotidiano, casi invisible— dice mucho más sobre nosotros como sociedad que sobre cualquier grupo particular que hoy esté en discusión.

No se trata de obligar a nadie a entender todo. No se trata de que todo guste. No se trata de que todo tenga que parecernos lógico. Se trata, quizá, de algo más simple y más difícil al mismo tiempo: preguntarnos si la convivencia que defendemos es realmente convivencia… o solo comodidad para los que se parecen a nosotros.

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