Cuando servir se convierte en el mayor honor

Abrí un foro de preguntas en Facebook. No era una estrategia. No era cálculo. Era simplemente curiosidad y cercanía. Quería escuchar, sin filtro, qué había quedado en la gente después de todo lo vivido. Entre muchas preguntas profundas, críticas, afectuosas y reflexivas, hubo una que me tocó el alma con una sencillez desarmante: “¿Cómo fue esto de dirigir ‘Apacigua tu ser interior’ para que Costa Rica pueda respirar en paz?”

Me quedé mirando la pantalla unos segundos. No porque no supiera qué responder, sino porque sentí el peso de lo vivido. Y respondí desde el corazón: fue el mayor honor de mi vida. Amé servir a la patria. Amé el amor de la gente. Amé haber sido, para muchos, “el candidato de la democracia”, aunque nunca estuviera en una papeleta. Amé el impacto que logramos en el abstencionismo, en la conversación pública, en la Asamblea, en el tono emocional de una campaña que pudo haber sido mucho más áspera y no lo fue.

Hubo momentos en que sentí que llevaba a miles en mis hombros. Se lo dije a Óscar Arias Sánchez, con lágrimas en los ojos, no por debilidad sino por conciencia del peso y del amor. No era un cargo formal lo que llevaba; era algo más delicado: la confianza emocional de la gente. Cuando uno siente que miles leen tus palabras buscando calma, claridad o dirección, entiende que la responsabilidad es sagrada.

Recibí el reconocimiento de los poderes de la República, de instituciones, de figuras nacionales con trayectoria, de candidatos presidenciales y aspirantes a diputaciones que entendieron que el tono también es política. Pero, sobre todo, recibí el cariño de lectores y seguidores que no pedían nada más que coherencia y serenidad. Ese afecto no se mide en métricas. Se siente en la piel.

Hubo días en que estuve a dos pasos del reactor nuclear de la Constitución, en el edificio de la democracia costarricense, ese espacio de prestigio internacional donde las decisiones no solo afectan a una generación sino a varias. Estar ahí, sin ser político tradicional, sin maquinaria partidaria, solo con la palabra y la comunidad, fue una experiencia que me marcó para siempre. No como trofeo. Como aprendizaje.

Apacigua no fue una consigna. Fue una actitud. Fue elegir no incendiar cuando el ambiente ya estaba seco. Fue optar por respirar cuando otros gritaban. Fue recordar que la democracia no se defiende solo con votos, sino con tono, con carácter, con templanza.

Me siento honrado. Profundamente honrado. Orgulloso, sí, pero con la humildad de saber que nada de esto fue solo mío. Fue de quienes leyeron, compartieron, debatieron con respeto, cuestionaron con altura y caminaron conmigo. Fue un servicio. Y servir, cuando se hace con amor auténtico, deja una paz difícil de explicar.

Hoy puedo mirar lo vivido con gratitud. Podría apagar las redes sociales y salir satisfecho. No por cansancio, sino por plenitud. Porque cuando uno entrega todo lo que tiene en el momento histórico que le toca, ya no queda deuda interna. Queda honra.

Y eso, para mí, es suficiente.

Y si me permiten ser un poco más sincero, quiero decir con humildad, que amé la manera en como ustedes me trataron, y amo la persona en que esta campaña me convirtió; por eso, cuando en la calle alguien me saluda, me reconoce o me felicita, hace que mi alma llore de sensibilidad.

¡Chitos y chitas! Servirles a ustedes y a la patria, en el proceso electoral, ha sido, y seguramente será, el mayor honor de mi vida. Dios los bendiga y Pura vida por siempre.

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