
Esta mañana, en la Asamblea Legislativa de Costa Rica, específicamente en el Salón de Jefes de Estado, se realizó una actividad titulada Derechos, justicia y acción por y para todas las mujeres y niñas. Fue uno de esos encuentros donde se dicen muchas cosas importantes, donde se repiten conceptos que ya conocemos sobre igualdad, dignidad y derechos, y donde, de vez en cuando, aparece una frase que logra atravesar todo ese ruido institucional y quedarse resonando en la cabeza durante horas. La frase vino de boca de doña Dinora Barquero, diputada de la república, y fue una frase breve, sencilla, pero tremendamente poderosa. Ella dijo: “Niñas, no es lo normal lo de la ministra ofendida.”
Doña Dinora se refería a una noticia reciente que circuló en los medios del país, donde una ministra de Estado fue reprendida públicamente durante una conferencia de prensa desde el Poder Ejecutivo. La escena fue incómoda para muchos que la vieron. Más que incómoda, fue reveladora. Mientras el regaño ocurría frente a cámaras, micrófonos y periodistas, la ministra permaneció en silencio. No respondió. No se defendió. No intentó recuperar su espacio en ese momento. Simplemente permaneció allí, mientras su figura era corregida, disminuida y expuesta frente al país entero. Más allá de nombres propios, de simpatías políticas o de las explicaciones que puedan venir después, lo que realmente importa es el mensaje cultural que queda flotando cuando algo así ocurre en público.
Y es ahí donde la frase de doña Dinora adquiere todo su peso. Porque ella no estaba hablando para los políticos que estaban en la sala. No estaba haciendo un análisis de coyuntura. No estaba dando un comentario partidario. Estaba hablando directamente para las niñas que crecen mirando el mundo adulto e intentando entender qué comportamientos son normales y cuáles no lo son. Las niñas observan mucho más de lo que creemos. Observan cómo se hablan las personas en el poder, observan quién levanta la voz y quién guarda silencio, observan quién corrige y quién acepta la corrección sin responder. Y cuando nadie explica lo que está ocurriendo, los niños y las niñas empiezan a interpretar esas escenas como parte natural de la vida.
Por eso la advertencia de doña Dinora es tan importante. Porque lo que ella estaba haciendo, en realidad, era marcar un límite cultural y educativo. Decirle a las niñas que lo que vieron no es normal. Que el hecho de que una mujer sea reprendida públicamente por un hombre en un espacio de poder, mientras ella permanece en silencio frente al atropello, no debe convertirse en una escena aceptable ni en un modelo de comportamiento. Las niñas necesitan escuchar esa aclaración de parte de los adultos, porque si nadie la hace, la escena se normaliza silenciosamente y pasa a formar parte de la idea de cómo funciona el poder en el mundo.
Aquí es donde entramos todos los demás: padres, madres, abuelos, educadores, maestros, profesores y adultos en general. Porque la educación no ocurre solamente en las aulas ni en los libros. La educación ocurre todos los días cuando los niños observan cómo los adultos se tratan entre sí, cómo reaccionan frente a una injusticia, cómo se responde cuando alguien intenta humillar o disminuir a otra persona. Educar a las niñas —y también a los niños— significa enseñar algo muy simple y muy profundo al mismo tiempo: la dignidad no se negocia. Significa enseñarles a las niñas que su voz tiene valor, que su presencia en un espacio público no depende de aceptar humillaciones, que el respeto no es algo que se pide con timidez, sino algo que se ejerce con firmeza.
Pero también significa educar a los niños de una manera distinta a como muchas generaciones fueron educadas antes. Significa enseñarles que el liderazgo no se demuestra levantando la voz ni avergonzando a otros en público. Significa enseñarles que la autoridad verdadera no necesita humillar a nadie para hacerse respetar. Y, sobre todo, significa enseñarles que el respeto hacia las mujeres no es una concesión ni una cortesía especial: es una base mínima de convivencia en una sociedad que pretende llamarse justa.
Una sociedad no cambia únicamente con leyes, discursos institucionales o actos oficiales. Cambia cuando en las casas se empiezan a repetir ideas claras. Cambia cuando los padres les dicen a sus hijas que nadie tiene derecho a disminuirlas. Cambia cuando las madres les dicen a sus hijos que el respeto no se negocia. Cambia cuando los adultos son capaces de mirar una escena incómoda en la vida pública y explicarla con honestidad, diciendo con claridad: eso que viste no es normal y no debe aceptarse.
Las niñas necesitan escuchar eso. Necesitan saber que su dignidad no depende del cargo que ocupen ni del lugar donde estén. Necesitan saber que pueden hablar, defenderse, responder y mantenerse firmes cuando alguien intenta pasar por encima de ellas. Y los adultos necesitamos recordarlo también, porque el poder suele acostumbrarse al silencio de quienes lo rodean. Cuando el silencio se vuelve costumbre, lo anormal empieza a parecer normal.
Y ahí es donde la educación vuelve a convertirse en el acto más importante de todos. Porque educar no es solo enseñar conocimientos. Educar también es enseñar a reconocer la dignidad… y a no entregarla nunca.