
Aquí estoy otra vez, pá, como tantas otras veces que vengo a escribirte una carta desde que te fuiste al cielo. Siempre vengo con buenas noticias; nunca hay malas. Es curioso, porque aunque la vida siempre trae golpes, de alguna manera uno aprende a contarte solo lo que va bien, lo que sigue creciendo, lo que sigue caminando. Poco a poco voy saliendo de trajines, creciendo, superándome al día anterior, tratando de ser digno de seguir en bendición. Tratando, sobre todo, de ser íntegro entre lo que pienso que soy, lo que otros creen que soy y lo que en realidad soy cuando nadie está mirando. Y en ese intento sigo aquí, caminando, aprendiendo, cayéndome y levantándome, como si todavía estuviera tratando de demostrarte que voy bien.
Aquí sigo, pá. Cada calendario me golpea fuerte. Cada año que pasa pesa un poco más que el anterior, como si el tiempo fuera un martillo silencioso que nos recuerda que estamos avanzando hacia algo que no sabemos bien qué es. Cada vez voy dejando más atrás la juventud, y cada vez estoy más cerca de la edad que tenías cuando te fuiste. A veces eso me asusta un poco, no te voy a mentir. Porque entonces me doy cuenta de lo joven que eras cuando la vida te soltó la mano, y de lo mucho que te hubiera gustado ver todo lo que ha pasado después.
Sigo viviendo feliz, en gozo, con mi mamá, cuidando a los chicos, mis chicos, mis sobrinos, que en mucho se han vuelto mi razón de vivir. Y cada vez que puedo les cuento lo que se perdieron de no haberte conocido, de no haber tenido la oportunidad de caminar a tu lado, de sentir esa fuerza tuya que llenaba los espacios. Les hablo de vos con orgullo, como quien habla de un gigante que pasó por la vida dejando huellas profundas.
¡Ay pá! Han pasado tantas cosas desde la última carta que ni sé por dónde empezar. Y menos hoy, que estoy aquí sentado en el patio, llorando. Y la verdad es que no sé bien por qué lloro. Tal vez porque al recordarte algo se rompe adentro. Tal vez porque cuando uno se queda quieto, en silencio, aparecen todos los pensamientos que durante el día se esconden detrás de las ocupaciones.
Tal vez lloro al ver la patria escapándose de nuestras manos, y siendo esas manos, muchas veces, las mías, intentando sostener algo que parece demasiado grande para una sola persona. Intentando hacer lo que se puede, aunque a veces uno sienta que lo que hace es apenas un grano de arena frente a una montaña.
Creo que lloro —y no por estar desapaciguado, algún día te contaré qué significa eso—. Creo que lloro porque hoy me hicieron una cirugía donde el dentista, y el cachetito está resentido. Puede parecer una tontería, pero a veces los dolores pequeños abren la puerta a dolores más grandes, a esos que uno viene cargando en silencio desde hace tiempo.
Creo que lloro porque llevo meses cargando en mi espalda una responsabilidad nacional que yo mismo asumí, sin que nadie me obligara, sin que nadie me lo pidiera. La necesidad y el compromiso de guiar a algunos por un camino en el que yo mismo tropiezo. Y aunque a ratos mis rodillas sangran, tengo que decirles que todo está bien, que vamos bien, que hay que seguir adelante.
Creo que lloro porque a ratos siento que las fuerzas de un movimiento que lidero se me escapan entre los dedos, como agua que uno intenta sostener con las manos abiertas. Y aunque no las tenga, sigo. Porque es lo que hay que hacer. Porque alguien tiene que hacerlo.
Un día te contaré todo esto con más calma.
Aunque, si te soy sincero, creo que lloro por todo y por nada. Tan solo porque quiero manguerear el alma, vaciar lo que pesa, para poder amanecer mañana listo y seguir caminando.
Y es que vieras, pá… son miles los que me siguen y me acompañan, y también me apoyan; me motivan y me ofrecen su ayuda. Pero al final del día el camino es tan solitario. Tan solitario que a veces el silencio pesa más que cualquier discusión.
Algunas veces voy para una reunión, y aunque en su momento estoy bien y enfocado, el ir y venir es un trayecto solo conmigo mismo. Solo con mis pensamientos. Solo con las preguntas que uno no sabe a quién hacerle.
En esos momentos no sé bien qué quiero o qué necesito; pero sí sé cómo me siento. Y lo curioso es que tampoco sé cómo cambiarlo.
Aunque si estuvieras aquí, nada de esto estaría pasando. Porque recuerdo lo poderoso que eras, lo fuerte que fuiste, y de qué manera te comiste al mundo. Y también recuerdo cuando caminábamos juntos, de niño, y tu mano siempre descansaba en mi cuello, como quien lleva un timón, como quien guía un barco en medio del mar. Desde ahí me decías si a la derecha, a la izquierda, recto o paremos a saludar.
Si hoy pudiera sentir tu mano otra vez en mi cuello, diciéndome hacia dónde coger, cuánto avanzar y en qué momento detenerme, tendría una guía. Y sí… no estaría solo. No estaría llorando.
Ay pá… me he metido en esto en lo que estoy a un nivel que creo que nadie sabe. He ayudado a resolver dos que tres problemas nacionales sin que nadie se entere. Cosas de seguridad nacional, recursos de amparo, mantener candidatos en la carrera presidencial y lograr paz entre poderes del Estado. Cosas que pasan en silencio, lejos de los aplausos, lejos de las cámaras.
Y para muchos, pá, solo soy el que escribe bonito.
Aunque vieras que esto te va a gustar. Un día de estos un candidato presidenciable me dijo: “Yo pensé que usted no existía. Tiene un nombre tan bonito y de fantasía que pensé que era inventado.” Ya ves, pá… tu apellido.
Así están las cosas.
Sigo aquí en el patio y hace frío. Y si no me despido ahora, me acurrucaré en el zacate, junto a los anturios y bajo los cachos de venado, y amaneceré congelado y el cachetito dolido.
Buenas noches, pá.
Tengo un país que salvar… y a muchos que apapachar.
Y no es broma.
Bye.