
Durante la pasada campaña electoral ocurrió algo curioso, algo que no estaba en las papeletas, ni en las encuestas, ni en los debates oficiales. Mientras veinte candidatos recorrían el país pidiendo votos, yo decidí presentarme de otra manera. Me autoproclamé, medio en broma y medio en serio, como el candidato número 21.
No tenía partido político. No tenía papeleta. No pedía votos. Pero sí tenía algo que me parecía importante defender: la democracia.
Así que empecé a decirlo con naturalidad: si hay veinte candidatos, entonces yo soy el veintiuno. El candidato de la democracia. No porque los demás no lo fueran —muchos de ellos, sin duda, también lo eran— sino porque alguien tenía que recordarlo con claridad en medio de una campaña que, por momentos, parecía olvidar por qué existe la democracia en primer lugar.
Y como todo candidato, también hice campaña. Hablé con la gente, escribí artículos, publiqué reflexiones, conversé en redes sociales, me reuní con ciudadanos y traté de mantener viva una idea sencilla: que la democracia no es solamente un sistema político, sino una responsabilidad cotidiana de quienes vivimos dentro de ella.
Incluso tuve mi propio cierre de campaña.
Lo hicimos en la Fiesta de Blanco, rodeados de gente tranquila, música, conversación y ese ambiente que a veces aparece cuando la política deja de ser un campo de batalla y vuelve a ser un espacio humano donde las personas se encuentran. No hubo tarimas gigantes ni promesas imposibles. Hubo algo más sencillo: ciudadanos hablando de su país.
También fui a Cartago a conversar con personas que querían reflexionar sobre el momento que estaba viviendo Costa Rica. Curiosamente, cuando llegaron los resultados electorales, ocurrió algo que me llamó la atención. Cartago votó por la democracia. Y dentro de Cartago, dos lugares muy concretos parecían confirmarlo con especial claridad: Pacayas y Capellades.
Aquellas comunidades, con su forma tranquila y directa de ver la vida, reflejaron en las urnas algo que muchos habíamos estado conversando durante esos días: que más allá de los nombres, de las banderas y de las campañas, lo que estaba en juego era la forma en que queríamos convivir como país.
Por eso, aunque nadie votó por mí, puedo decir —al menos con una sonrisa— que yo gané en Cartago.
Durante esos meses ocurrió además algo interesante en el mundo digital. Si se sumaban las interacciones de los veinte candidatos juntos en seis redes sociales diferentes, el total rondaba las 550 mil interacciones. Mientras tanto, solo en Facebook, mis publicaciones acumulaban cerca de 920 mil interacciones.
Aquello significaba que ese “candidato número 21” estaba siendo leído —o por lo menos visto— casi el doble que todos los candidatos juntos.
Era, por supuesto, una comparación curiosa, más simbólica que electoral, pero servía para ilustrar algo importante: que la conversación ciudadana también estaba ocurriendo fuera de las estructuras tradicionales de la política.
Al finalizar la campaña, la candidata ganadora obtuvo cerca de 1.200.000 votos, el segundo lugar alrededor de 800.000, y yo había tenido aproximadamente 675.000 lectores. Un número que, en mi imaginación —y solo en mi imaginación— me convertía en la tercera fuerza política / no política de Costa Rica.
Era una forma provocadora de decir algo más profundo: que en una democracia no solo participan los políticos. También participan los ciudadanos que piensan, escriben, conversan, cuestionan y tratan de cuidar el clima democrático del país.
Durante un tiempo, ese fue mi papel: el del candidato sin candidatura. Pero las campañas terminan. Las papeletas se guardan. Los gobiernos cambian. Y ahora siento que mi papel también podría cambiar. Porque si durante la campaña fui el 21, ahora me pregunto si me toca ser el 58. El diputado número 58
Costa Rica tiene 57 diputados en la Asamblea Legislativa. Son quienes ocupan oficialmente las curules, presentan proyectos, debaten leyes y toman decisiones que afectan la vida del país.
Yo no soy uno de ellos, ni pretendo serlo. No tengo partido, no tengo curul y no tengo voto legislativo. Pero sí podría ocupar otro lugar. El lugar simbólico del diputado número 58.
Un diputado que no legisla desde un escritorio en Cuesta de Moras, sino desde la ciudadanía. Un diputado que no llega a la Asamblea por una papeleta, sino por la responsabilidad personal de participar en la conversación pública.
El diputado 58 no tiene fracción, no tiene asesores pagados y no tiene carro oficial. Pero sí tiene algo que muchas veces hace falta en la política: libertad para decir lo que piensa sin tener que calcular votos, alianzas o conveniencias partidarias.
Desde ese lugar imaginario el trabajo es sencillo: observar, pensar y explicar.
Mientras los 57 diputados discuten proyectos de ley, negocian acuerdos y toman decisiones dentro del sistema político, el diputado 58 cumple otra función: ayudar a la ciudadanía a entender lo que está pasando.
A veces eso significa explicar un tema complicado con palabras sencillas. A veces significa recordar por qué existen las instituciones. A veces significa señalar cuando algo parece no estar funcionando bien. Y otras veces simplemente significa invitar a bajar el tono de la conversación y volver a hablar como país.
El diputado 58 no vota leyes, pero puede ayudar a formar criterio. No firma proyectos, pero puede poner preguntas sobre la mesa. No dirige comisiones, pero puede acompañar a los ciudadanos que quieren entender mejor lo que ocurre dentro de la política.
Y sobre todo, el diputado 58 tiene una tarea que no siempre aparece en el reglamento legislativo: cuidar el clima democrático.
Porque las democracias no se sostienen únicamente con leyes. También se sostienen con conversaciones sanas, con pensamiento crítico y con ciudadanos que deciden no dejar la política exclusivamente en manos de los políticos. Pero un movimiento no se sigue: se construye
Ahora quiero hacerte una pregunta directa.
Si durante la campaña fui —al menos en mi imaginación— el 21, ¿crees que podría convertirme también en el 58?
No desde una curul. No desde un partido. Sino desde aquí: desde mi escritorio, desde mis letras, desde los videos, desde la radio, desde YouTube, desde las conversaciones que hemos ido construyendo juntos.
¿Crees que desde ese lugar se puede aportar? Y si crees que sí, entonces hay algo importante que decir con claridad. Esto no puede ser solamente una persona escribiendo. Un movimiento no se construye siguiendo a alguien. Se construye participando.
Apoyar no significa dar palmaditas en la espalda. Significa estar presente. Leer los artículos. Entrar a la radio. Escuchar las reflexiones. Compartir cuando algo hace sentido. Conversar con otros. Aportar ideas. Hacer sentir que la ciudadanía está viva y que existe un compromiso real con la democracia.
Porque si esta idea del diputado número 58 va a existir, no puede existir solo en mi cabeza. Tiene que existir también en la comunidad que la acompaña. Y si ese apoyo no aparece, tampoco pasa nada.
Entonces me quedaré tranquilamente en el 21, como aquel candidato simbólico que apareció durante la campaña electoral y que simplemente quiso aportar algo al país.
Pero si crees que esto es posible… entonces tal vez podamos caminar juntos hacia el 58.
Un abrazo a todos.