
Hoy fue un día interesante. Bueno… no el día en sí. El día estuvo bien. Todo estuvo bien. Fui a comprar unos manteles, algunas cosas para el taller, resolví pendientes, caminé tranquilo, hice lo que tenía que hacer. Un día normal, de esos que pasan sin ruido y sin mayor historia. Pero en la noche cometí un error. Me puse a leer comentarios en redes sociales, comentarios de personas que siguen al oficialismo, que opinan con fuerza, con seguridad, con ese tono que ya se ha vuelto tan común en estos tiempos. Y, sin darme cuenta, algo empezó a moverse dentro de mí.
No fue tristeza. No fue angustia. Eso ya me ha pasado antes, un par de veces desde octubre, cuando empezó todo este proceso. Esos días en que uno se siente golpeado por lo que ve, por lo que lee, por el tono del país. Hoy fue distinto. Hoy me des apacigüé hacia la cólera. Y lo curioso es que no sentía cólera desde septiembre. Por eso fue interesante reconocerla, sentirla, verla aparecer después de tantos meses. Porque uno cree que ya está en calma, que ya aprendió a manejar ciertas cosas, que ya logró sostener un equilibrio… y de pronto aparece ese sentimiento que uno creía superado.
Son las 11:23 de la noche mientras escribo esto, y todavía tengo cólera. Y eso también es importante decirlo. Porque a veces pareciera que quienes hablamos de calma, de apaciguamiento o de equilibrio emocional vivimos en un estado permanente de serenidad, como si nunca nos pasara nada, como si ya no nos afectara lo que ocurre afuera. Y no es así. También nos pasa. También sentimos. También nos movemos por dentro. La diferencia, tal vez, no es no sentirlo, sino reconocerlo.
Darse cuenta de que algo cambió adentro. Darse cuenta de que uno ya no está en el mismo lugar emocional en el que estaba hace unas horas. Y detenerse. No para negarlo, no para esconderlo, no para fingir que no existe, sino para observarlo con honestidad. Porque si no lo hacemos, entonces sí empieza el problema. Entonces esa cólera se convierte en reacción, en respuesta impulsiva, en comentario que hiere, en palabra que suma ruido a un país que ya tiene demasiado.
Por eso hoy, en lugar de responder, de discutir o de engancharme, hice algo distinto. Me senté a escribir. Para entender qué me estaba pasando. Para reconocerlo. Para no dejar que esa emoción tomara el control de lo que digo o de lo que hago. Y en ese ejercicio, me di cuenta de algo muy sencillo que tal vez también te sirva a vos.
A vos también te puede pasar. A todos nos puede pasar. Un comentario, una noticia, una conversación… y de pronto ya no estás en calma. Ya no estás en ese lugar donde querías estar. Y no pasa nada. No hay que castigarse por eso. No hay que sentirse mal por sentir. Lo importante no es no salirte nunca del estado de paz. Lo importante es darte cuenta cuando te saliste… y decidir si querés volver.
Porque al final, apaciguarse no es vivir sin emociones. No es volverse frío, ni indiferente, ni desconectado. Es todo lo contrario. Es sentir profundamente, pero sin quedarse atrapado ahí. Es reconocer la cólera… y no dejar que la cólera te defina. Es darte permiso de sentir… y también darte el poder de regresar.