Los trajes que el mundo nos pone
1. Claudia y yo
Hubo un momento, en medio de la campaña, en el que me propuse algo que, visto a la distancia, suena casi ingenuo… pero profundamente honesto: entrevistar a todos los candidatos a la presidencia de la República, uno a uno. No como periodista. No como analista político. Sino como ciudadano. Como alguien que quería sentarse frente a cada uno y escuchar, más allá del discurso. Y así fui contactando a unos y a otros, entrando en conversaciones que, poco a poco, empezaron a tomar una vida propia.
Con la mayoría, la dinámica era sencilla. Eran menores que yo, o al menos así se sentía en la conversación, y naturalmente les hablaba de vos. Había cercanía, una especie de horizontalidad inmediata que no necesitaba ser construida. Pero con ella no. Con Claudia Dobles algo cambiaba desde antes del primer encuentro. Había un título que se imponía con una fuerza silenciosa: ex primera dama de la República. Y ese título, al menos para mí, no podía ser superado ni por la edad, ni por la intención de cercanía. Así que le hablaba de usted. Y le decía, con toda naturalidad, doña Claudia.
No fue fácil lograr la entrevista. Su agenda estaba llena, como era de esperarse. Hubo intentos, coordinaciones, silencios… hasta que finalmente apareció un espacio. Un horario que, curiosamente, no me convenía. Y tuve que declinarlo. Pero hubo algo en ese intercambio que ya hablaba de ella: con amabilidad, me ofrecieron otra opción. Y esta vez sí. Y entonces nos sentamos.
Tuvimos una reunión agradable. De esas que no necesitan adornos para ser recordadas. Está escrita, de hecho, en otro capítulo, con más detalle. Pero lo importante aquí no es lo que se dijo… sino lo que empezó a construirse sin que uno lo note. Porque después de eso, nos encontramos de nuevo. Una vez. Luego otra. En la Asamblea Legislativa. Encuentros breves, de pasillo, de esos que podrían quedarse en un simple saludo protocolario… pero no.
Ella caminaba hasta donde yo estaba. Y eso, que podría parecer un gesto pequeño, no lo es. En un mundo donde muchas veces las distancias se marcan con precisión quirúrgica, hay algo profundamente humano en acortarlas por decisión propia. Se acercaba, saludaba, sonreía. Con una amabilidad que no parecía ensayada. Y entonces, sin darme cuenta, algo cambió.
El “usted” empezó a quedarse atrás. El “doña Claudia” se fue suavizando. Y un día, simplemente, ya le hablaba de vos. Ya le decía Claudia. No como una falta de respeto… sino como una transición natural hacia un lugar más humano, más cercano, más real. Pero hay algo más que empezó a ocurrir… y eso me tomó por sorpresa.
Me ilusionaba verla. No lo esperaba. No lo estaba buscando. Pero pasaba. Estar en la Asamblea, en un pasillo cualquiera, en un espacio compartido… y de pronto verla entrar. Y sentir, sin mucho análisis, una especie de alegría tranquila. Como cuando uno reconoce a alguien que le resulta bien. Que le cae bien de verdad. Y no era solo por lo que representa. Era por cómo es.
Porque Claudia —más allá del título, más allá del cargo, más allá del momento— es una mujer sumamente agradable. Cercana. Risueña. Con una calidez que no se impone, pero que se percibe. Hay en ella una combinación poco común: un temple fuerte, casi inevitable en el mundo en el que se mueve… y, al mismo tiempo, una suavidad que no desaparece detrás de esa armadura. Es una presencia que no necesita levantar la voz para sentirse.
Y sí, también es una mujer hermosa. De una belleza evidente, que en algún momento incluso me atreví a decirle —tal vez con una insolencia que hoy podría leerse de muchas formas—, pero que en ese instante nació desde la honestidad más simple. Pero lo que realmente atrae… no es eso. Es lo otro. Ese equilibrio entre fortaleza y cercanía. Entre estructura y ternura. Entre lo que proyecta… y lo que deja entrever.
La quinta vez que nos vimos fue en la funeraria Monte Sacro. Un escenario completamente distinto. Más silencioso. Más introspectivo. Tal vez más verdadero. Ahí también caminó hasta donde yo estaba. Conversamos. Poco. Lo suficiente. Y cuando nos despedimos, noté algo que me llamó la atención: iba sola. Sin escolta. Sin ese marco que muchas veces rodea a las figuras públicas. Solo ella.
Le pedí si me dejaba acompañarla a la salida. Y caminamos.
Caminamos hacia el parqueo. O tal vez caminábamos ya dentro de él, entre carros, entre luces que no terminan de iluminar del todo, en ese tipo de espacio donde las conversaciones cambian de tono sin que uno lo decida. Y entonces se lo dije. Le dije que había algo que me llamaba profundamente la atención sobre su presencia.
Que la había visto —no solo físicamente, sino simbólicamente— caminar por las calles del país en distintos momentos de su vida. Primero, cargando el título de ex primera dama de la República, con todo el peso y el honor que ese título representa en un país como el nuestro. Luego, caminando como candidata a la presidencia. Y eso es otra cosa.
Ahí ya no es solo el respeto. Ahí es el juicio. La exposición. El cariño de muchos… y el rechazo de otros. Los comentarios positivos. Los negativos. Las redes. Las miradas. Las expectativas. Las desilusiones. Le dije que debía haber sido un proceso difícil. Profundamente humano. Y ahora…
Ahora seguía siendo ex primera dama, sí, pero ya no era el centro de su identidad pública. Ya no era candidata presidencial. Ahora era diputada electa de la Asamblea Legislativa. Otro escenario. Otra mirada. Otro lugar. Mientras hablaba, ella aminoró un poco la velocidad. No me miró. Y con una voz tranquila, como quien está a punto de explicar algo que ha pensado muchas veces, empezó a decir:
—Bueno, yo creo que…
Pero no la dejé terminar. La interrumpí. No por falta de respeto. Sino por claridad.
—No —le dije—, no me expliques nada.
Hubo un pequeño silencio.
—No quiero saber qué se siente —continué—. No quiero saber cómo manejaste ninguna de esas tres posiciones.
Hice una pausa. Y entonces se lo dije como realmente lo sentía:
—Yo quiero saber cómo te veo yo… en cualquiera de esas tres.
Ahí ya no hablaba con la candidata. Ni con la ex primera dama. Ni con la diputada electa.
Hablaba con Claudia.
—De eso me encargo yo —le dije—. De escribirlo.
Y seguimos caminando.
2. Claudia, el proceso del cambio
Hay algo profundamente curioso en la forma en que vemos a las personas. No es solo quiénes son… es desde dónde las estamos mirando. Porque Claudia no cambió de un día para otro. No dejó de ser quien era para convertirse en alguien distinto. No hubo una ruptura, ni una transformación abrupta que la separara en versiones inconexas de sí misma. Y sin embargo… para todos nosotros, sí cambió.
Primero fue la ex primera dama de la República. Y ese título, en un país como el nuestro, no es menor. Tiene un peso simbólico que se instala en la mirada colectiva. No hace falta que la persona diga nada. No hace falta que haga nada. El título la antecede. La envuelve. La presenta. La gente no solo la ve… la reconoce. Y en ese reconocimiento hay respeto. Hay una forma de mirar que ya viene definida, como si el juicio ya estuviera suavemente decidido antes del encuentro.
Después, ese mismo cuerpo, esa misma persona, esa misma forma de caminar… se convierte en candidata a la presidencia. Y entonces todo cambia. No porque ella haya cambiado… sino porque el mundo decide mirarla distinto. Ya no es solo respeto. Ahora es opinión. Aparecen los afectos más intensos… y también los rechazos más duros. Las redes sociales se llenan de voces. Algunas que la elevan. Otras que la cuestionan. Otras que la juzgan sin conocerla. Otras que la defienden con una pasión casi personal.
Y en medio de todo eso… sigue siendo la misma mujer. Caminando. Respirando. Sonriendo. Sosteniendo.
Debe ser un lugar extraño ese. Ser querida por muchos… y al mismo tiempo no serlo por otros. Leer comentarios que abrazan… y otros que golpean. Sentir el apoyo… y también el peso de la crítica constante. No como concepto. Sino en el cuerpo. Y luego… pasa algo más. El escenario vuelve a cambiar.
Y ahora es diputada electa de la Asamblea Legislativa. Y otra vez, la mirada se reorganiza. El título de ex primera dama queda atrás, aunque no desaparece. La figura de candidata se disuelve, aunque todavía resuene en la memoria de quienes votaron… o no votaron por ella. Y aparece una nueva identidad pública, con nuevas expectativas, nuevas formas de ser observada, nuevas maneras de ser interpretada. Pero ella… Sigue siendo ella.
Y ahí es donde, tal vez, ocurre lo más interesante de todo. Porque mientras el mundo cambia de lentes una y otra vez… la persona que está siendo observada tiene que seguir habitándose a sí misma en medio de todas esas miradas. Como si tuviera que caminar, una y otra vez, por escenarios distintos… sin perder del todo el eje interno.
Ahí es donde la metáfora empieza a tomar forma. No como algo decorativo. Sino como una forma de entender. Porque no es que Claudia haya sido una cosa… y luego otra… y luego otra distinta. Es que ha sido observada como distintas versiones de sí misma. Como si el mundo necesitara clasificarla para entenderla. Como si cada etapa fuera una especie de piel nueva… cuando en realidad, lo que cambia no siempre es la piel. A veces, lo que cambia… es la mirada.
Y tal vez por eso, cuando la veía caminar —en cualquiera de esas versiones— había algo que no terminaba de encajar con la narrativa externa. Porque más allá del título… más allá del rol… más allá del momento político… había una continuidad. Una forma de estar. Una manera de habitar el espacio. Una presencia que no dependía del cargo, ni del momento, ni del lugar en el que estaba siendo observada. Y eso… no es tan común.
Porque en muchos casos, los títulos se vuelven trajes que transforman a quien los usa. Pero en otros… apenas son capas que el mundo proyecta sobre alguien que, en el fondo, sigue siendo la misma persona que camina, que sonríe, que se acerca, que saluda.
Tal vez el verdadero proceso del cambio no está en pasar de un rol a otro. Tal vez está en sostenerse… mientras todo lo demás cambia alrededor. Y en ese sentido… la metamorfosis no siempre ocurre en quien cambia de escenario. A veces ocurre en quienes miran.
3. Alguien como Claudia
Hay algo que empezó a incomodarme —en el buen sentido— después de esa conversación. Y no tenía que ver solo con Claudia. Tenía que ver con todos nosotros. Porque mientras más pensaba en esos cambios de escenario —ex primera dama, candidata presidencial, diputada electa— más evidente se volvía algo que normalmente pasamos por alto: que no somos una sola versión de nosotros mismos… y que tampoco somos vistos de una sola manera.
Hay personas que nos conocen en un momento de la vida… y nos definen desde ahí. Otras nos encuentran en otra etapa… y construyen una imagen completamente distinta. Algunos nos admiran. Otros nos cuestionan. Otros simplemente no conectan. Y todo eso puede estar ocurriendo al mismo tiempo. Con la misma persona. Con el mismo nombre. Con la misma historia.
Lo que cambia… no siempre es quién eres. Lo que cambia, muchas veces, es desde dónde te están mirando.
Hay días en los que eres bien recibido. En los que tu presencia suma. En los que lo que dices encuentra eco. Y hay otros días en los que no. Días en los que lo mismo que dijiste antes, ahora incomoda. En los que tu forma de ser no encaja. En los que alguien decide que no eres lo que esperaba.
Y entonces, sin darte cuenta, empiezas a preguntarte si cambiaste. Si hiciste algo distinto. Si te moviste de lugar. Pero a veces no. A veces lo único que cambió… fue el escenario. Y con él, la mirada de los demás.
Tal vez por eso nos cuesta tanto transitar los cambios. No por lo que implican hacia adentro… sino por lo que provocan hacia afuera. Porque cada nueva etapa trae consigo una nueva forma de ser interpretado. Una nueva etiqueta. Una nueva narrativa. Una nueva versión de ti… que no necesariamente elegiste.
Y en medio de todo eso… hay algo que rara vez nos enseñan. Cómo sostenernos.
Cómo seguir siendo nosotros… aunque el mundo no termine de ponerse de acuerdo sobre quiénes somos. Cómo no perdernos en la suma de opiniones, de miradas, de juicios, de expectativas. Cómo no empezar a vivir en función de la versión que otros construyen de nosotros en cada momento.
Porque si algo se vuelve evidente cuando uno observa estos procesos con atención… es que el verdadero desafío no está en cambiar de rol. Está en no confundirte con el rol. En no creerte completamente la versión que otros construyen de ti en cada etapa. En recordar —aunque a veces cueste— que eres más que el momento que estás atravesando.
Más que el título que llevas. Más que la percepción que alguien tiene de ti. Y tal vez ahí… sin decirlo en voz alta… es donde empieza a aparecer algo que va más allá de Claudia. Algo que nos incluye a todos. Porque, en el fondo, todos hemos sido —o seremos— alguien distinto para alguien más. Y el reto no está en evitarlo.
Está en no olvidarte de quién eres… mientras eso ocurre.
4. Claudia y yo, otra vez
Hay algo que necesito decir antes de avanzar. De ninguna manera me atrevería a comparar la vida de Claudia con la mía. Ni sus procesos con los míos. Ni mucho menos sus títulos, sus responsabilidades o los escenarios en los que ha estado. Sería injusto. Y sería impreciso. Pero aun así… hay un punto en el que las historias humanas, aunque distintas en forma, empiezan a tocarse.
Porque si algo se vuelve evidente cuando uno observa con detenimiento el recorrido de Claudia, es que cada una de sus etapas —primera dama, ex primera dama, candidata presidencial, diputada electa— no apareció por accidente. Fueron decisiones. Fueron caminos elegidos, trabajados, asumidos. Cada uno de esos roles, con todo lo que implican, tiene detrás una intención. Una preparación. Una disposición a habitar ese lugar, con todo lo que trae. Y eso cambia mucho las cosas.
Porque cuando uno decide entrar en un escenario… de alguna forma también se prepara, aunque sea internamente, para lo que puede venir. Para la exposición. Para la mirada. Para la opinión. Para todo lo que ese nuevo lugar activa en los demás.
Pero hay otra forma de llegar a esos espacios. Y esa… es la que yo he vivido.
Yo venía caminando mi vida desde otros trajes. El de artista plástico. El de escritor publicado. El de empresario. Espacios más íntimos. Más controlados. Más elegidos en términos de alcance. Lugares donde uno decide hasta dónde llega, con quién conecta, cómo se muestra.
Hasta que, de un momento a otro —y cuando digo de un momento a otro, hablo de cuestión de días, de semanas— la vida decidió moverme de lugar. Sin aviso. Sin preparación. Sin pedir permiso. Y de pronto… estaba bajo los reflectores.
De pronto, me detenían en la calle. Me saludaban personas que no conocía. Recibía comentarios positivos, palabras de apoyo, gestos de cercanía de gente con la que nunca había cruzado una sola conversación.
Y no te voy a mentir… Me costó. No porque fuera algo negativo. Sino porque era nuevo. Porque nadie te enseña cómo habitar ese lugar cuando no lo buscaste de esa forma. Cuando no lo planificaste. Cuando simplemente… ocurre.
Hay algo muy particular en pasar de ser una persona que se mueve en su propio mundo… a convertirse, de pronto, en alguien observado. No necesariamente juzgado. No necesariamente cuestionado. Pero sí visto. Y eso cambia cosas.
Cambia cómo caminas. Cambia cómo hablas. Cambia incluso cómo te percibes a ti mismo. Empiezas a notar detalles que antes no importaban. Empiezas a ser consciente de la mirada del otro, incluso cuando no está presente.
Y entonces, inevitablemente, me hago una pregunta. Una pregunta que no tiene respuesta simple. No sé qué es más fácil. No sé si es más llevadero transitar esos cambios cuando han sido elegidos de previo, cuando han sido construidos paso a paso, cuando uno ha decidido —conscientemente— entrar en ese tipo de escenarios.
O si, de alguna forma, es más sencillo cuando la vida te toma por sorpresa y te coloca ahí, sin darte tiempo de pensarlo demasiado.
No lo sé.
Pero lo que sí sé… es que en ambos casos hay algo en común.
Y es ese momento en el que tienes que aprender, casi sobre la marcha, a habitar una versión de ti que antes no existía en ese nivel. A sostener una mirada externa que no siempre controlas. A convivir con una percepción que ya no depende solo de quién eres… sino también de dónde estás.
Y tal vez por eso… Tal vez por eso aquella conversación, aquella caminata, aquella escena en un parqueo aparentemente simple… tenía más profundidad de la que parecía. Porque, de alguna forma, sin decirlo del todo…
Estábamos hablando de lo mismo.
5. Claudia y la farmacodinámica
En el libro que actualmente escribo sobre farmacodinámica, hay una idea que me ha acompañado desde el inicio. La farmacodinámica, en términos sencillos, estudia qué hace un medicamento en el cuerpo… y cómo reacciona el cuerpo ante ese medicamento. No es solo la sustancia. Es la interacción.
Porque un mismo compuesto puede generar efectos distintos dependiendo del organismo que lo recibe. Del contexto. Del momento. De la dosis. De las condiciones internas. Nada ocurre en el vacío. Todo es relación.
Y mientras más avanzo en ese libro… más empiezo a ver esa misma lógica fuera del cuerpo humano. Más empiezo a verla en las personas. Más empiezo a verla en el poder.
Si lo pienso así… Claudia hubiera sido un capítulo perfecto. No por lo que representa… sino por lo que permite observar.
Porque su recorrido reciente ofrece algo muy particular: la posibilidad de ver cómo una misma persona —con una misma esencia, una misma presencia, una misma forma de estar— genera respuestas distintas en un mismo “organismo social”, dependiendo del rol que ocupa. Como ex primera dama, el efecto es uno. Como candidata presidencial, el efecto cambia. Como diputada electa, vuelve a transformarse.
No necesariamente porque ella haya cambiado en lo esencial… sino porque el “cuerpo” que la observa —el país, la gente, las redes, la opinión pública— reacciona distinto según el contexto en el que aparece.
Y ahí es donde la metáfora deja de ser metáfora… y empieza a sentirse real.
Porque no estamos hablando solo de Claudia. Estamos hablando de cómo funciona la percepción. De cómo una misma presencia puede ser recibida con respeto, con entusiasmo o con rechazo… dependiendo del escenario en el que se manifieste. De cómo el poder —o la cercanía al poder— actúa como una especie de “dosis” que modifica la respuesta del entorno.
En algún momento pensé en desarrollar ese capítulo. Seguirle el rastro. Observar su paso como diputada electa. Ver cómo evoluciona esa interacción entre su presencia… y la reacción del “cuerpo” que la rodea.
Pero luego entendí algo.
Ya he tenido suficientes encuentros con ella. Está atravesando distintas etapas de su vida. Y tal vez no sería lo más correcto convertir ese proceso en un objeto de estudio tan directo, tan expuesto, tan observado desde afuera.
Y entonces, sin proponérmelo del todo… Este texto empezó a ocupar ese lugar. Como si, de alguna forma, hubiera decidido por sí mismo formar parte de ese libro. No como un análisis técnico. Sino como una observación humana. Porque al final… la farmacodinámica no es solo una cuestión de medicina.
Es una forma de entender cómo interactuamos con el mundo. Cómo somos recibidos. Cómo somos interpretados. Cómo cambiamos —o parecemos cambiar— según el entorno en el que nos movemos.
Y cómo, muchas veces, lo que creemos que somos… no es lo mismo que los demás experimentan cuando entramos en escena.
6. El traje y la esencia
Hay algo que se vuelve evidente cuando uno mira con suficiente calma todos estos procesos. No somos una sola cosa. No somos un solo título. No somos una sola etapa. No somos una sola versión de nosotros mismos. A lo largo de la vida vamos transitando distintos escenarios… y en cada uno de ellos parece que nos ponemos un traje distinto.
Un traje que el mundo reconoce. Que el mundo nombra. Que el mundo interpreta. Y que, muchas veces, el mundo da por definitivo… aunque no lo sea.
A veces ese traje viene acompañado de respeto. Otras veces de expectativa. Otras de crítica. Otras de admiración. Y en medio de todo eso… está la persona. La que sigue siendo. La que cambia… pero no se pierde del todo. La que se adapta… pero no desaparece. Tal vez el mayor desafío no está en cambiar de traje. Está en no olvidar que el traje no eres tú.
Que es solo una forma en la que el mundo decide verte en un momento determinado. Y que, tarde o temprano, ese traje cambia. Se guarda. Se transforma. Se reemplaza por otro. Pero hay algo que, si uno logra sostenerlo, permanece. Una forma de estar. Una forma de mirar. Una forma de relacionarse con los demás. Una esencia.
Y cuando esa esencia logra atravesar los distintos escenarios sin romperse, sin endurecerse demasiado, sin perder del todo su humanidad… se vuelve visible. No importa el título. No importa el rol. No importa la etapa. Se siente.
Dicho todo lo anterior sobre Claudia… y también sobre mí… y aun sabiendo que, como autor de este libro, como escritor, como alguien que observa, analiza y reflexiona, podría cerrar estas líneas desde ese lugar… decido cambiarme de traje. Y hablar, simplemente, como persona.
Ciertamente, Claudia es alguien que me gusta. En todas sus etapas. Y lo digo a título personal. Es alguien que me gustaría tener cerca. Es alguien que me gustaría ver con regularidad. Y es, para mí —independientemente del momento en el que esté— la señora Primera Dama de la República.