
Empiezan a circular comentarios —según se dice— sobre posibles presiones desde Estados Unidos hacia figuras políticas costarricenses, utilizando la visa como una herramienta de advertencia o de control. No afirmo que esto esté ocurriendo como una política sistemática, pero sí es válido detenerse a pensar en lo que significaría… y en lo que ya provoca como percepción.
Porque cuando un país siente que otro puede influir en su clase política a través de decisiones migratorias, la conversación deja de ser solo diplomática. Se vuelve emocional. Se mezcla con la idea de poder, de dependencia, de límites difusos. Y entonces aparece algo que no debería estar en el centro de la política: el temor.
Desde mi punto de vista, ningún actor —interno o externo— debería tener la capacidad de condicionar el pensamiento o la acción de quienes toman decisiones públicas a través del miedo. Y al mismo tiempo, tampoco deberíamos reaccionar automáticamente creyendo todo lo que circula sin cuestionarlo. Entre la ingenuidad y el pánico, hay un espacio que se llama criterio.
Por eso hoy no te invito a tomar partido, ni a asumir verdades absolutas. Te invito a observar con calma, a preguntarte qué tan independiente percibís a quienes toman decisiones, y qué tan fácil es para vos creer en narrativas que alimentan la sensación de presión o amenaza.
Porque al final, más allá de si esto es real o no… lo importante es que no dejés que el miedo sea quien piense por ti.