Procedimientos estéticos – Introducción

Me invitaron a vivir un procedimiento estético. Algo que, siendo honesto, nunca había considerado realmente. No porque estuviera en contra… simplemente no estaba en mi radar. Y sin embargo, cuando apareció la oportunidad, algo en mí dijo que sí. Sin darle demasiadas vueltas. Sin tener claro el qué… pero con la sensación de que había algo ahí que valía la pena explorar.

Y fue curioso… porque una vez que tomé la decisión, algo más empezó a moverse.

Como si ese “sí” no fuera solo para ese procedimiento en particular, sino para algo más amplio. Para darme otros espacios. Otros cuidados. Otros pequeños cariños que uno muchas veces posterga sin darse cuenta.

Porque invertir tiempo y esfuerzo en uno mismo no siempre es vanidad… aunque a veces lo disfracen de eso. No siempre es superficialidad, ni búsqueda de aprobación. Muchas veces es algo mucho más simple, y al mismo tiempo mucho más profundo.

Es quererse.

Es decidir mirarse con más atención. Es darse permiso de mejorar algo, no porque esté mal… sino porque podría sentirse mejor. Es ese momento frente al espejo donde no estás buscando defectos, sino reconociendo lo que hay… y preguntándote si podés estar más en paz con esa imagen.

Porque cuando uno se ve mejor —para uno mismo—, algo cambia.

No necesariamente en la mirada de los demás. Pero sí en la forma en que uno se habita. En cómo se para. En cómo se muestra. En cómo se siente.

Y tal vez de eso se trata todo esto.

No de cambiar quién sos… sino de acompañarte mejor.

Así que lo que comenzó como una invitación puntual… terminó abriendo una puerta.

Una puerta hacia algo más amplio.

Y decidí cruzarla.

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