Por Vinicio Jarquín
Los derechos humanos no son un juego. No son una historia que uno escucha, comenta y luego deja pasar. No son un tema de conversación que se agota en un café o en una discusión en redes sociales. Son una línea viva, delicada, que se sostiene todos los días, y que se rompe, no de golpe, sino poco a poco, casi sin que nos demos cuenta.
Porque las pérdidas de derechos humanos no siempre llegan con ruido. A veces llegan en silencio, disfrazadas de decisiones aisladas, de situaciones “puntuales”, de casos que parecen no tener relación entre sí. Y ahí es donde ocurre algo que, a mi forma de verlo, es profundamente preocupante: analizamos cada hecho por separado, lo comentamos un par de días… y seguimos adelante.
La vida continúa. La conversación cambia. Y lo que ayer parecía importante, hoy ya no lo es tanto.
Pero si uno hace un ejercicio distinto, si en lugar de ver los hechos como eventos aislados decide detenerse y empezar a unirlos, a colocarlos uno al lado del otro, como piezas de un rompecabezas, la imagen que aparece deja de ser casual. Empieza a sentirse… estructurada. Más grande. Más consistente de lo que quisiéramos aceptar.
Y entonces surge una pregunta incómoda.
¿Y si no son hechos aislados?
Hace algunos meses, en plena campaña electoral, ocurrió algo que llamó la atención por unos días… y luego se diluyó. El tema de los migrantes. Niños cuya nacionalidad no coincidía con lo que se decía, personas que no encajaban con las descripciones oficiales, acentos que no correspondían, historias que no terminaban de cerrar. Había algo extraño, algo que no calzaba del todo, pero el contexto electoral hizo lo suyo.
La atención estaba en otro lado.
Y como suele pasar, el tema se soltó.
Pero más allá de si ese hecho nos afectaba directamente o no —porque muchos podrían decir “eso no tiene que ver conmigo, yo no soy migrante”— seguía siendo un tema de derechos humanos. Y eso, por sí solo, debería haber sido suficiente para sostener la conversación.
No lo fue.
Poco tiempo después, comenzaron a circular relatos sobre lo que estaba ocurriendo en El Salvador. Detenciones masivas, personas privadas de libertad sin procesos judiciales claros. ¿Es cierto todo? ¿No lo es? Yo no vivo allá, no tengo la certeza absoluta. Pero nuevamente, estamos frente a un tema de derechos humanos. Otro más.
Y se trató como otro tema aislado.
Después, aparece algo todavía más cercano. Voces desde el oficialismo hablando de las garantías individuales. Sugiriendo que podrían no ser necesarias en ciertos contextos, que podrían suspenderse, modificarse, adaptarse según la circunstancia. Y nuevamente, el país reacciona… pero reacciona a ese punto específico.
Como si no existiera nada antes.
Como si no hubiera contexto.
Como si cada conversación naciera en cero.
Luego viene el tema de los allanamientos sin orden judicial. Se discute, se debate, se polariza la opinión pública. Pero en esa discusión ya no están presentes los migrantes, ni El Salvador, ni las garantías individuales. Cada tema se consume en su propio momento… y se archiva.
Y entonces aparece otro hecho.
Una lancha en aguas territoriales costarricenses que, aparentemente, es hundida como parte de acciones contra el narcotráfico. Sin un proceso judicial previo, sin claridad sobre los procedimientos, sin una operación conjunta formalmente establecida. Se habla del hecho. Se opina. Se discute.
Y otra vez… se olvida todo lo anterior.
Como si no hubiera continuidad.
Como si no hubiera una línea que conecta.
Y ahora, una nueva posibilidad: que el gobierno de los Estados Unidos envíe migrantes a Costa Rica. Otro tema que, por sí solo, generará conversación, posiciones, argumentos. Otro tema que corre el riesgo de ser analizado de forma aislada.
Otro punto más.
Otra pieza más.
Lo verdaderamente inquietante no es cada uno de estos hechos por separado. Es la forma en que los estamos procesando como sociedad. Es esa especie de amnesia selectiva que nos permite indignarnos por turnos, pero no construir una visión completa de lo que está ocurriendo.
Porque cuando uno une los puntos, cuando deja de verlos como eventos independientes y empieza a mirarlos como parte de una secuencia, la pregunta ya no es si cada caso es correcto o incorrecto.
La pregunta es otra.
¿Hacia dónde nos está llevando todo esto?
No podemos, y no debemos, seguir viendo todos estos hechos como eventos aislados. No son puntos sueltos. No son coincidencias. No son situaciones independientes que aparecen y desaparecen sin relación entre sí. Todo esto forma parte de una cadena.
Y la pregunta ya no es si cada uno de esos hechos, por separado, tiene justificación o no.
La pregunta es otra.
¿Cuántos llevamos?
Cinco. Seis. Siete. Ocho.
Ocho momentos distintos, ocho conversaciones distintas, ocho discusiones que nacieron, se encendieron… y se apagaron.
Ocho oportunidades en las que pudimos haber hecho algo más que reaccionar.
Ocho momentos en los que pudimos haber conectado los puntos.
¿Y cuántos más faltan?
Porque ese es el verdadero fondo del asunto. No lo que ya pasó, sino lo que podría venir después si seguimos procesando la realidad de esta forma fragmentada, superficial, por turnos.
Hay algo que empieza a inquietar cuando uno deja de ver cada caso por separado y se obliga a observar el conjunto. Porque entonces ya no parece improvisado. Ya no parece casual. Empieza a sentirse… consistente.
Casi metódico.
Casi diseñado.
Y en ese momento aparece una posibilidad que incomoda, que cuesta aceptar, que incluso muchos preferirán rechazar de inmediato.
¿Y si no estamos frente a errores aislados?
¿Y si estamos frente a un patrón?
Un patrón que no necesita imponerse de golpe, porque avanza poco a poco. Que no necesita confrontar directamente, porque se apoya en el olvido. Que no necesita convencer a todos, porque le basta con que la mayoría no conecte las piezas.
Y ahí es donde esto deja de ser un tema político.
Se vuelve un tema de conciencia.
Porque el mayor riesgo no es lo que está pasando.
El mayor riesgo es que no lo estemos viendo completo.