Señor diputado electo:

San José, 21 de abril de 2026

Señor diputado electo:

Usted está a punto de entrar a uno de los espacios más complejos que puede habitar una persona en la vida pública. No solo por lo que va a decidir, ni por el impacto que tendrán sus acciones, sino por lo que ese espacio va a hacer con usted. Se habla mucho de lo que usted hará con el poder. Se habla poco de lo que el poder hará con usted. Y ese es el punto que quiero poner sobre la mesa.

Hoy, usted es una persona con valores. Con intención. Con una historia que lo ha traído hasta aquí. Hoy, probablemente, usted se percibe honesto. Con criterio. Con límites claros. Con una idea definida de lo que está bien y lo que está mal. Hoy… Pero el problema nunca ha sido quién es usted hoy. El problema es quién podría llegar a ser dentro de cuatro años. No porque usted quiera cambiar. No porque usted tenga una intención oculta. Sino porque el proceso cambia a las personas.

El poder no siempre corrompe de forma visible. No llega como un golpe. Llega como una adaptación. Como una normalización. Como pequeñas decisiones que, una a una, van construyendo una lógica distinta. Lo que hoy le parece inaceptable, mañana podría parecerle justificable. Y pasado mañana, incluso necesario. Ese es el riesgo. No el escándalo. No el error evidente. El cambio silencioso.

Por eso, lo que quiero proponerle no es que se cuide cuando llegue ese momento. Es que se cuide ahora. Antes de entrar. Antes de que la sustancia empiece a hacer efecto. Porque hay algo que usted necesita entender con claridad: cuando llegue el momento en que tenga que decidir, en que tenga que resistir, en que tenga que decir que no… es posible que ya no esté pensando como piensa hoy. Y ahí, improvisar no funciona.

Hay una frase que quiero que recuerde: cuando esté sentado en una mesa y se esté hablando de su precio, levántese y váyase antes de que digan el monto. Porque una vez que el monto aparece, el proceso ya comenzó. Y en muchos casos, ya es demasiado tarde. Usted no se va a vender de un día para otro. Pero sí podría empezar a negociar consigo mismo. Y ahí es donde empieza todo.

Por eso, la verdadera tarea no es solo llegar. Es protegerse. Protegerse de su yo del futuro. Ese que todavía no existe, pero que va a ser moldeado por el entorno, por las presiones, por las decisiones que tome y por las que deje de tomar.

¿Qué puede hacer hoy? Puede definir sus valores por escrito. No como una intención, sino como un compromiso. Puede limitar su propio margen de acción, aunque hoy le parezca innecesario. Puede rodearse de personas que no dependan de usted para decirle la verdad. Puede establecer límites claros antes de que tenga que defenderlos. Puede tomar decisiones que, hoy, protejan a los demás… incluso de usted mismo.

Porque ese es el punto más honesto de todos: Usted no solo debe proteger al país. Debe proteger al país… de lo que usted podría llegar a ser si no se cuida. Esto no es una advertencia negativa. Es una oportunidad. Porque también es cierto lo contrario.

Si usted se protege desde el inicio… si construye estructura antes de recibir la dosis completa… si decide quién quiere ser antes de que el entorno empiece a moldearlo… Entonces el resultado puede ser distinto. Puede atravesar el poder sin perderse. Puede salir siendo la misma persona con la que entró. Puede, incluso, salir mejor. Y eso… es mucho más difícil de lo que parece.

El poder no se mide solo en lo que usted logre mientras esté en la Asamblea Legislativa. Se mide en quién es usted… cuando ya no esté.

Recuerde también algo que rara vez se dice con claridad: el poder legislativo no es un estado único, no es un punto fijo al que se llega y se posee desde el primer día. El poder tiene niveles, tiene etapas, tiene momentos distintos en los que se percibe… y otros en los que realmente existe. Cuando usted decide postularse, ya hay una primera forma de poder. Es sutil, casi invisible, pero está. Es la posibilidad, es la intención, es el inicio de una relación con el sistema. Luego, cuando formaliza su candidatura, ese poder crece, empieza a tomar forma, y cuando gana las elecciones y pasa a ser Diputado Electo de la República, ese poder se vuelve visible. Se le reconoce, se le atribuye, se le empieza a tratar distinto. Pero no se confunda: ese todavía no es el poder real.

Luego usted entra al plenario, toma su curul, y la sensación se intensifica. Ahora sí parece que lo tiene. Ahora sí se siente como alguien con poder. Pero en ese momento, en términos prácticos, usted todavía no tiene nada. Tiene acceso, tiene voz, tiene una oportunidad. El poder no viene con el puesto. El puesto solo le da la posibilidad de construirlo. Y ese poder se construye con el tiempo, con el trabajo, con la capacidad de gestionar, de tender puentes, de hacer acuerdos inteligentes, de sostener relaciones que le permitan incidir de verdad en lo que ocurre dentro y fuera del plenario. Es en ese proceso, y solo en ese proceso, donde el poder empieza a llegar.

Y luego hay un último nivel. Uno del que casi no se habla, pero que es, probablemente, el más revelador de todos: el poder con el que usted sale. Cuatro años después, por mandato constitucional, usted tendrá que abandonar su puesto. No habrá negociación, no habrá extensión, no habrá forma de quedarse. Tendrá que salir. Y en ese momento, algo que muchas veces se ignora durante el ejercicio del cargo se vuelve completamente evidente. Usted saldrá con poder… o sin él.

No el poder del cargo, porque ese ya no estará. El poder que queda es otro. Es el que usted construyó —o no— durante su gestión. Es el poder invisible, pero profundamente real, que existe en la percepción del pueblo, de sus votantes, de su comunidad, de los sectores que lo observaron durante esos años. Es la credibilidad, es el respeto, es la posibilidad de seguir siendo escuchado… o de dejar de serlo. Y es ahí, exactamente ahí, donde todo se define. Donde cada decisión, cada palabra, cada acuerdo, cada silencio toma su verdadero peso. Donde se sabrá si todo lo que hizo valió la pena… o no.

¿Qué puede hacer para protegerse hoy, de su “yo” del futuro?

Antes de asumir el puesto, escriba sus valores y póngalos en un lugar visible. No como un gesto simbólico, sino como un recordatorio constante de quién es usted antes de que el poder empiece a moldearlo. Y cada noche, al regresar, revise que no se hayan visto afectados durante el día. Porque si uno no revisa esto, cuando lo nota… los valores ya han cambiado.

Claro que en el proceso también tiene derecho a cambiar valores, a quitar algunos y a agregar otros. Siempre estamos en constante cambio. Pero que sea un cambio consciente, no uno que ocurrió sin que usted se diera cuenta. No es lo mismo evolucionar que desviarse.

Y además, ese papelito, cámbielo de lugar cada tres días. Muévalo. Reubíquelo. Porque si no lo hace, pronto dejará de verlo. Se volverá invisible. Pasará a ser parte del entorno, y terminará convertido en un recuerdo más dentro de su historia… en lugar de seguir siendo una guía viva.

Me despido con respeto por el camino que está por iniciar, y con la conciencia de que no es un trayecto sencillo, pero sí profundamente significativo si se recorre con claridad y propósito.

Quedo a su disposición, desde Apacigua tu ser interior, si en algún momento considera que puedo aportarle una mirada, una pausa, o un espacio de reflexión en medio de la intensidad del proceso. Y si en algún punto decide trabajar de forma más consciente la protección de sus valores, también desde lo profesional, como coach de vida, puedo acompañarle en ese proceso.

No para decirle qué hacer.

Sino para ayudarle a no perderse mientras lo hace.

Vinicio Jarquín, Apacigua tu ser interior.

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