Puertas que se abren

Hay días en los que uno siente que algo se está moviendo, aunque no se vea del todo claro. Como si la vida, sin hacer mucho ruido, empezara a abrir puertas en espacios donde antes uno ni siquiera pensaba tocar. Hoy fue uno de esos días.

Podés pedir un desayuno en Franco, frente al Parque de La Nunciatura, dejar que la mañana transcurra con calma, y pensar que el día va a seguir así… sencillo, sin sobresaltos. Yo venía de eso. De un momento importante, valioso, de esos que se sienten bien por dentro aunque no tengan una explicación concreta. Terminé de desayunar, me levanté de la mesa para salir del restaurante… y en ese instante, casi de frente, choqué con alguien.

De esos choques que normalmente uno evita. Pero este no lo evité. Choqué con Douglas Sánchez.

Él iba hacia el baño. Yo me estaba levantando para irme. Y en ese cruce de segundos, se dio algo que no estaba planeado, pero que claramente tenía que pasar. Mi reacción fue inmediata. Le puse la mano en el pecho, como deteniendo el momento, como si no quisiera que se fuera sin decir lo que llevaba tiempo queriendo decir.

—Una vez más… —le dije—. Una vez más te lo voy a decir. Quiero una reunión con vos.

Me vio.

Con una cara… hermosísima. Sorprendido. No me conocía. No sabía quién era yo. Se lo dije. Le dije mi nombre.

—Ah, ok —respondió.

No sé si en ese momento supo quién soy, o si simplemente es tan amable como siempre ha parecido ser. Pero lo que sí sé es que había apertura. Había presencia. Había algo que no se puede fingir.

—No te quito más tiempo —le dije—, pero necesito una reunión con vos. Quiero que me enamorés… escribir enamorado… y que la gente te ame.

Y eso no es una frase. Es una intención. Porque cuando uno escribe desde el enamoramiento —no romántico, sino humano—, lo que sale tiene otra fuerza. Otra verdad. Y siento, con mucha claridad, que con él eso es posible. Que es fácil. Que está ahí.

Lo difícil, me imagino, es encontrar un espacio en su agenda. Pero si se da… si se abre esa puerta… puede salir algo muy bonito.

Conozco algo de su historia. De hace 25 o 30 años. Y conozco su vida actual por la prensa, por las noticias, por lo bueno y por lo difícil. Pero eso no alcanza. Nunca alcanza. Porque lo que realmente importa… no sale en los titulares.

Y mientras hablábamos, mientras intercambiábamos esas pocas palabras, había algo que se repetía. Cada vez que sonreía… y achinaba los ojos… más ganas me daban de hacer ese artículo. Más fácil me parecía lograrlo. Más claro se volvía el camino.

Porque hay personas que, sin proponérselo, transmiten. Y eso… no se aprende. Eso se es.

Así que, si todo se da como espero que se dé… muy pronto voy a tener frente a mí, en una conversación sin fotos, sin cámaras, sin videos… a Douglas Sánchez.

Y ahí sí… vamos a ver. No al personaje. No a la figura pública. Sino a algo mucho más profundo. A ese lugar donde viven las historias de verdad. A ese espacio donde uno deja de hablar desde lo que hace… y empieza a hablar desde lo que es. Ahí… donde habita el niño interior. Y si me deja entrar ahí… este puede ser uno de los artículos más bonitos que he escrito.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio