El poder cuando todavía es promesa

Disfrutando una tarde con Rafael “Fello” Vargas, Diputado electo del PLN.

Hay encuentros que no se sienten como una entrevista, sino como una pausa en medio del ruido. Un espacio donde alguien, por un momento, deja de ser el cargo que está por asumir y vuelve a ser simplemente persona. Así se sintió esta conversación con Rafael «Fello» Vargas, en un momento muy particular de su vida: justo antes de entrar a la Asamblea Legislativa, cuando el poder todavía no ha sido ejercido… pero ya empieza a respirarse.

Llegó puntual. Y no es un detalle menor. En un país donde la impuntualidad a veces se normaliza, la puntualidad habla. Y habla incluso antes de que la persona diga una sola palabra. Su presencia también decía cosas. Un cuidado evidente en su forma de vestir, en los tonos, en los detalles, en la coherencia de su imagen. No era ostentación, era intención. Como si entendiera que la forma también comunica fondo. Como si supiera que la primera narrativa que uno construye no es la que dice… sino la que proyecta. Pero lo interesante empezó después.

Le pregunté cómo estaba. No qué pensaba, no qué proponía. Cómo estaba. Y la respuesta no fue política, fue humana. Está emocionado, sí. Pero también está ansioso. No ansioso desde el miedo, sino desde la urgencia de empezar. Como alguien que siente que tiene algo que hacer… y que el tiempo ya empezó a correr.

Cuando hablamos del momento en que se confirmó su elección, no apareció el discurso triunfalista que uno podría esperar. Apareció una mezcla más honesta: alegría y tristeza. Alegría por la oportunidad de servir, tristeza porque hubiera querido que el resultado presidencial fuera distinto. Esa convivencia de emociones, lejos de debilitarlo, lo vuelve más real. Porque la vida no es una emoción pura. La vida es mezcla.

Hay algo en él que llama la atención: cuando habla de ciertos temas, especialmente de su mamá, cambia. Su sonrisa no es la misma sonrisa. Es una sonrisa que viene de otro lugar, más profundo, más íntimo. Y ahí uno empieza a entender que no todo en él es discurso. Hay vivencias activas, no archivadas. No está repitiendo lo que recuerda, está reconstruyendo lo que siente mientras lo dice. Hay introspección en tiempo real. Hay diálogo interno visible. Escucha. Y eso, en política, no es tan común como debería ser.

Cuando se le plantea algo que no comparte, su cuerpo se adelanta, se activa, se posiciona. Defiende. Pero cuando algo le hace sentido, aunque no lo hubiera pensado antes, se relaja, se recuesta, recibe. No se aferra a tener razón, se permite revisar. Y eso, en un espacio como la Asamblea Legislativa, puede marcar diferencias importantes.

Hablamos de la percepción que tiene la ciudadanía sobre los diputados. No la evade. La reconoce. Le duele. Y esa palabra —dolor— no es menor. Porque hay quienes reaccionan a esa percepción con distancia o con desprecio. Él reacciona con tristeza. Y eso puede ser una puerta… o un riesgo. Porque el dolor, bien gestionado, acerca. Mal gestionado, endurece.

Dice no tener miedo, pero sí incertidumbre. Y la incertidumbre, bien entendida, es una forma de humildad. Es reconocer que no todo está bajo control. Que hay variables que no dependen de uno. Que el poder no es dominio absoluto, sino también aprendizaje constante.

En algún momento, la conversación se movió hacia algo que a mí me interesa profundamente: cómo el poder actúa sobre las personas. No como un concepto abstracto, sino como una experiencia viva. Y ahí apareció algo que me pareció valioso. No desde una respuesta teórica, sino desde su forma de procesar lo que se le preguntaba. No respondía de inmediato. Se detenía. Revisaba. Como si fuera hacia adentro a buscar la respuesta antes de decirla. No era rapidez. Era honestidad en construcción.

Me habló de sus cuatro fuentes para tomar decisiones: dos amigos de muchos años, su hijo mayor y aquello que le dé paz espiritual. Esa última, para él, no es decorativa. Es central. Hay una dimensión espiritual clara en su forma de entender la vida. Dios y la Virgen no aparecen como referencia cultural, sino como guía real. Y eso, independientemente de las creencias de cada uno, define una forma de actuar.

Tiene seis hijos y dos nietos. Y eso también pesa. No en el discurso, sino en la forma en que mira lo que viene. Porque cuando alguien tiene raíces, las decisiones no son solo individuales. Son familiares, generacionales.

Hablamos de algo que pocas veces se dice así de claro: que un diputado puede “ganar” de tres formas. Logrando que sus proyectos se aprueben, construyendo acuerdos que permitan avanzar proyectos de otros, o frenando iniciativas que considera perjudiciales. Y las tres, en su lectura, son victorias. Esa visión amplia del rol legislativo es interesante, porque rompe con la idea de que solo se gana cuando uno impone.

Hay en él una intención evidente de construir, de respetar, de acordar. Y si esa intención logra sostenerse en el tiempo —que es donde el poder realmente prueba a las personas— podría convertirse en una de sus mayores fortalezas.

En algún momento le hablé de su “superpoder”. No como halago vacío, sino como lectura inicial. Y lo que apareció fue esto: transparencia. No como discurso, sino como sensación. Esa posibilidad de que otros confíen en su palabra. De que, si acuerda algo, lo sostenga. En política, eso no es menor. Eso es capital.

No hablamos de proyectos específicos. Y fue intencional. Porque antes de entender lo que alguien quiere hacer, me interesa entender quién es mientras lo quiere hacer.

Al final, más que una entrevista, fue una conversación que dejó ganas de seguir. De esas que uno no quiere cerrar, pero la agenda obliga. Quedó abierta la puerta para volver a vernos, esta vez incluso con nuestras parejas, en un contexto más relajado. Y eso dice algo también: cuando la conversación es genuina, trasciende el momento.

Le dije algo que suelo decir en estos encuentros: que me gustaría escribir desde la admiración, desde esa sensación de haber encontrado algo valioso en la otra persona. No sé si lograré que todo un país sienta lo mismo. Pero sí puedo decir, con honestidad, que el tiempo compartido con él fue grato. Y que hay algo en su forma de estar que invita a seguir observando.

Tal vez el verdadero análisis no sea lo que hará en la Asamblea Legislativa… sino quién será mientras esté ahí.

Porque el poder, al final, no solo se ejerce. El poder… se revela.

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