
Hay momentos en los que lo que más cansa no es el contenido de lo que se dice, sino la forma en que se dice. Y eso es justamente lo que empieza a sentirse cuando, frente a declaraciones que podrían leerse como neutrales o incluso como una invitación al trabajo conjunto, la respuesta que aparece es el señalamiento, la etiqueta, el intento de marcar distancia desde el primer momento. No es tanto lo que se plantea, sino el tono que se escoge para hacerlo.
Porque si te detenés a observar con un poco más de calma, la situación no es especialmente compleja. Por un lado, hay una oposición que expresa una intención de construir acuerdos en temas que consideran prioritarios para el país. Por otro, aparece una reacción que, en lugar de recoger esa posibilidad, decide enmarcarla desde el conflicto. Y ahí es donde la conversación deja de ser sobre contenido y empieza a girar alrededor de actitudes.
No se trata de decir quién tiene razón. Se trata de notar qué tipo de dinámica se está construyendo desde el inicio.
Porque cuando un proceso arranca con descalificativos, aunque después se hable de responsabilidad, de alianzas o de progreso, queda una sensación difícil de ignorar. Como si el discurso tuviera dos capas que no terminan de coincidir del todo. Una que llama a construir y otra que, casi al mismo tiempo, marca distancia desde la confrontación. Y esa incoherencia, aunque sea sutil, pesa. Y aquí es donde vale la pena hacer una pausa.
No para reaccionar más fuerte, no para responder en el mismo tono, sino para observar qué está pasando realmente. Porque si desde el primer día el lenguaje se convierte en una herramienta para dividir, para etiquetar, para simplificar al otro, entonces lo que viene después probablemente no sea muy distinto. No porque tenga que ser así, sino porque el tono inicial suele marcar el ritmo de lo que sigue.
A veces se habla de avanzar, de construir país, de generar acuerdos. Pero esas palabras necesitan algo más que intención. Necesitan coherencia. Necesitan que el fondo y la forma caminen juntos. Porque no basta con decir que se espera una oposición responsable si, al mismo tiempo, se le reduce a etiquetas que no abren espacio para el diálogo.
Y entonces la pregunta no es política. Es casi cotidiana.
¿Cómo eliges hablar cuando tienes la oportunidad de hacerlo?
Porque eso no solo aplica para quienes están en la Asamblea o en el Ejecutivo. Aplica también para ti, para cada espacio donde te expresas, donde opinas, donde reaccionas. Es muy fácil caer en ese mismo patrón: etiquetar, simplificar, reducir al otro a una idea. Y cuando eso se vuelve costumbre, la conversación pierde profundidad.
Y tal vez eso es lo que más cansa. No el desacuerdo, sino la forma en que se gestiona.
Porque el desacuerdo puede ser sano, necesario incluso. Pero cuando se convierte en una excusa para descalificar desde el inicio, deja de construir y empieza a desgastar.
Tal vez por eso, más allá de lo que diga uno u otro, lo que realmente vale la pena cuidar es el tono. Ese espacio invisible donde se decide si lo que viene es una conversación… o un pleito.
Y en ese punto, aunque no siempre se note de inmediato, todo empieza a definirse.