Los aplausos que también cuentan

En medio de toda la atención puesta sobre el traspaso de poderes presidenciales, hubo un detalle que para muchos pasó desapercibido, pero que emocionalmente dice bastante sobre el momento político que vive Costa Rica.

Interesantemente, mientras gran parte de la conversación pública giraba alrededor del nuevo gobierno, de la continuidad política y de las ausencias simbólicas de algunos expresidentes, dos de las figuras más aplaudidas y celebradas al ingresar al Estadio Nacional fueron José María Villalta y Claudia Dobles, ambos hoy diputados de la República.

Y eso resulta particularmente interesante porque, durante años, ciertos sectores insistieron en presentar a algunas figuras políticas como marginales, impopulares o incapaces de conectar con una parte importante de la ciudadanía. Sin embargo, los aplausos espontáneos suelen tener una característica muy distinta a las encuestas, a las campañas o a los discursos: rara vez pueden maquillarse emocionalmente en tiempo real.

La gente aplaude porque quiere.

Y cuando miles de personas reaccionan emocionalmente al ingreso de alguien, lo que aparece no es necesariamente una aprobación política absoluta, sino algo más humano: identificación, simpatía, esperanza o incluso reconocimiento.

Ahora bien, tampoco sería correcto convertir un aplauso en una conclusión definitiva sobre el país. Un estadio no representa automáticamente a toda Costa Rica. Un momento emocional tampoco reemplaza procesos democráticos completos. Pero sí funciona como termómetro emocional de algo que se está moviendo debajo de la superficie política tradicional.

Porque los símbolos importan.

Y en una actividad cargada de poder, protocolo y mensajes implícitos, los aplausos también terminan contando una historia.

Especialmente cuando quienes reciben esas ovaciones provienen de sectores políticos que, hasta hace poco, muchos consideraban debilitados, aislados o incapaces de despertar entusiasmo popular.

Tal vez lo ocurrido hoy no signifique un cambio político inmediato. Tal vez tampoco altere las correlaciones de poder actuales. Pero sí deja una sensación interesante flotando en el ambiente: la oposición emocional y simbólica en Costa Rica podría estar mucho más viva de lo que algunos imaginaban.

Y eso, en democracia, no debería verse como una amenaza.

De hecho, podría ser una buena señal.

Porque cuando distintas voces logran despertar emoción, apoyo o identificación dentro de una misma sociedad, significa que el país todavía conserva algo muy valioso: pluralidad real.

Y aunque a veces el ruido político intente reducir todo a bandos irreconciliables, momentos como este recuerdan algo importante: la ciudadanía cambia, se mueve, observa, reacciona… y nunca termina de pertenecerle por completo a nadie.

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