Introducción

Me gusta imaginar que, de alguna manera, todos estamos sentados alrededor de una misma hoguera. No una hoguera de guerra, ni de fanatismo, ni de ruido. Una hoguera humana. Una de esas antiguas, alrededor de las cuales las personas se reunían para compartir historias, cuidar a los suyos, descansar un momento y recordar que no estaban solas. Creo que este libro nace exactamente desde ahí, desde la necesidad profundamente humana de encontrarnos. Porque aunque vivimos hiperconectados, muchas personas llevan años sintiéndose aisladas emocionalmente. Rodeadas de información, de discusiones, de opiniones, de pantallas y de confrontaciones constantes… pero cada vez con menos espacios donde simplemente puedan sentarse a respirar un poco junto a otros seres humanos sin sentir que tienen que defenderse todo el tiempo.

Y quizás por eso Apacigua empezó a reunir personas. No porque todos pensemos igual. No porque todos vengamos de las mismas historias. No porque tengamos las mismas heridas ni las mismas ideas. Sino porque, de alguna manera, muchos entendimos que vivir permanentemente atrapados en el enojo, el ataque y la división termina enfermando el alma colectiva de un país. Y entonces empezamos a acercarnos a esta pequeña hoguera. Algunos llegaron aportando tiempo. Otros ayudando económicamente. Otros compartiendo publicaciones. Otros escuchando. Otros acompañando en silencio. Otros simplemente estando presentes cuando hacía falta una mano, una idea o una voz serena en medio del caos. Y aunque a veces pueda parecer pequeño, nada de eso es pequeño.

Porque los países no se sostienen únicamente desde las instituciones. También se sostienen desde la cultura emocional de su gente. Desde la manera en que nos hablamos. Desde la forma en que convivimos. Desde la capacidad de cuidar espacios humanos incluso cuando el mundo alrededor parece empujarnos hacia la agresión permanente. Por eso este libro no busca convertir a nadie en héroe. Honestamente, desconfío un poco de las narrativas donde unas pocas personas aparecen como salvadoras de todo. La realidad casi nunca funciona así. Las cosas verdaderamente valiosas suelen sostenerse gracias a muchísimas manos invisibles que trabajan sin aplausos. Y quizá precisamente ahí exista algo profundamente hermoso. Porque hay personas que sirven sin necesidad de cámaras. Personas que ayudan sin convertir cada gesto en espectáculo. Personas que entienden que construir algo mejor también implica sostener emocionalmente los espacios donde todavía se puede conversar, reflexionar y respirar un poco. Y sí… yo creo que eso también es una forma de servicio ciudadano. A veces olvidamos que la patria no solamente necesita carreteras, leyes o infraestructura. También necesita ciudadanos capaces de cuidar la convivencia humana. Personas dispuestas a aportar calma cuando todo alrededor parece diseñado para provocar miedo, enojo o división. Tal vez por eso ustedes están aquí. Tal vez por eso nosotros estamos aquí. No porque seamos perfectos. No porque tengamos todas las respuestas. Sino porque todavía queremos creer que vale la pena construir algo distinto. Algo más humano. Más sereno. Más consciente. Y mientras exista aunque sea una pequeña hoguera encendida en medio del ruido… quizás todavía exista esperanza.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio