La puerta de atrás

Los diputados fueron invitados a Casa Presidencial. Y lo que pudo haber sido simplemente una reunión política entre poderes de la República terminó convirtiéndose, para muchísimas personas, en una escena cargada de símbolos, interpretaciones y emociones mucho más profundas que el encuentro mismo. Los ingresaron por la puerta de atrás. Les retiraron dispositivos electrónicos, incluyendo teléfonos y relojes. Fueron sometidos a escáneres de seguridad y custodiados permanentemente por agentes especiales. No permitieron el ingreso de sus equipos de comunicación. Mientras tanto, según trascendió, los diputados oficialistas sí mantenían acceso a sus propios dispositivos. Y entonces el país empezó a reaccionar.

Hay personas que consideran que todo esto es perfectamente normal. Que Casa Presidencial requiere protocolos de seguridad estrictos. Que la protección de la señora presidenta, de ministros y funcionarios del Poder Ejecutivo justifica medidas extraordinarias. Y honestamente, esa posición también merece ser escuchada, porque ningún país moderno toma a la ligera la seguridad de sus autoridades. Pero también hay otra lectura completamente distinta. Hay quienes sienten que aquello fue una especie de demostración de fuerza. Una manera de medir jerarquías. Un momento simbólico donde el Poder Ejecutivo marcó territorio frente al Poder Legislativo. Como si el mensaje fuera: aquí las reglas las ponemos nosotros. Y sí, probablemente mucha gente sintió eso.

Pero honestamente, creo que lo que ocurrió va todavía más allá de una tensión entre diputados y gobierno. Porque tengo la impresión de que los diputados fueron utilizados como escenario para enviarle un mensaje a alguien más: a la ciudadanía. Porque los símbolos políticos nunca se quedan encerrados dentro de una reunión. Se filtran. Caminan. Se transforman en percepción pública. Y cuando un país observa diputados entrando sin celulares, vigilados, controlados, aislados de sus equipos y pasando filtros extraordinarios para reunirse con el Poder Ejecutivo, el mensaje emocional que termina llegando no es solamente sobre seguridad. Es sobre poder. Sobre quién parece controlar el ambiente. Sobre quién define las condiciones. Sobre quién proyecta autoridad. Y ahí es donde esto empieza a volverse muchísimo más delicado.

Porque más allá de si las medidas eran necesarias o no desde un punto de vista técnico, lo que realmente importa es cómo fueron percibidas por una parte importante de la población. Y pareciera que muchas personas salieron de esa escena con una sensación extraña. Una sensación de intimidación institucional. Como si el país estuviera entrando poco a poco en una dinámica donde el poder empieza a proyectarse no solamente desde las decisiones… sino desde la atmósfera. Y eso tiene efectos emocionales reales. Porque cuando la ciudadanía empieza a sentir que existe alguien con poder prácticamente ilimitado, el comportamiento colectivo cambia. La gente empieza a inhibirse, a medir más sus palabras, a sentir que las instituciones ya no funcionan como contrapesos sino como espacios subordinados, aunque constitucionalmente eso no sea cierto.

Y justamente ahí está el riesgo. Porque Costa Rica no fue diseñada para tener un poder absoluto. Nuestra democracia funciona precisamente porque los poderes de la República deben coexistir, limitarse y fiscalizarse mutuamente. El Ejecutivo no está por encima del Legislativo. El Legislativo no está por encima del Judicial. Y ninguno debería actuar como si el resto existiera únicamente para obedecer. Pero los símbolos importan. Importa cómo entra alguien a una reunión. Importa quién conserva sus dispositivos y quién no. Importa la percepción de igualdad o desigualdad entre quienes representan distintos poderes del Estado. Porque aunque jurídicamente nada haya cambiado, emocionalmente sí pueden cambiar muchas cosas dentro de la percepción ciudadana.

Y quizá eso es lo más importante de observar aquí. No solamente qué ocurrió… sino qué sintió el país cuando lo vio. Porque a veces los gobiernos hablan sin necesidad de discursos. Hablan desde la escenografía, desde el protocolo, desde la forma en que organizan los espacios y desde los mensajes silenciosos que proyectan hacia afuera. Y quizá por eso tanta gente sigue hablando de aquella reunión. No por los acuerdos alcanzados, ni por los temas discutidos, sino por lo que simbólicamente pareció representar. Tal vez fue solo seguridad. Tal vez fue un error de percepción. O tal vez fue un pronunciamiento cuidadosamente calculado. Y precisamente porque no tenemos certeza absoluta, lo más sano no es reaccionar desde el miedo ni desde el fanatismo, sino detenerse un momento a observar qué emociones despertó todo esto dentro del país. Porque las democracias no solamente se sostienen con leyes. También se sostienen con percepciones de equilibrio, respeto mutuo y límites visibles al poder.

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