
Luego de la manifestación de ayer a favor de proteger al ICE y en contra del proyecto de ley de modernización eléctrica, me empiezan a llegar reportes de personas que estuvieron presentes y que, amablemente, decidieron compartir con Apacigua lo que vivieron ahí. Y honestamente, varios de esos reportes no son precisamente favorables.
Claro, me hablan de muchísima presencia policial. Más de ocho perreras, personal antimotines y policías incluso ubicados sobre edificios alrededor de la actividad. Y sí, probablemente para muchas personas eso ya genera una sensación incómoda. Una línea cada vez más visible entre el poder, la seguridad y la ciudadanía. Pero al mismo tiempo, conforme escucho algunos de los discursos que ocurrieron dentro de la propia manifestación, también empiezo a entender por qué el Estado siente necesidad de desplegar semejante cantidad de fuerza preventiva.
Porque lo que parece más lamentable de todo esto es que, al menos durante buena parte del tiempo que mi gente estuvo ahí, no existió un discurso realmente sólido, profundo o técnicamente centrado en el ICE y en el proyecto de ley que supuestamente motivaba la convocatoria. Y eso es preocupante.
Porque una cosa es salir a defender una institución pública histórica como el ICE. Y otra muy distinta es convertir una protesta en una mezcla de consignas ideológicas, discursos incendiarios y agendas paralelas que terminan tragándose completamente el tema central.
Según me cuentan, un influencer muy conocido dedicó parte importante de su intervención a hablar sobre sexualidad y lucha feminista, afirmando que era desde el feminismo que las cosas podrían cambiarse. Y honestamente, independientemente de las luchas legítimas que cada persona quiera defender, cuesta entender qué relación directa tenía eso con el proyecto eléctrico en discusión.
Pero más delicado todavía resulta escuchar frases como: “Aquí estamos y no nos vamos, y si tenemos que dejar la sangre en las calles, lo dejamos.” Y ahí honestamente creo que algo se rompe.
Porque cuando desde un micrófono público empieza a normalizarse la idea de sangre en las calles, entonces ya no estamos hablando únicamente de protesta democrática. Estamos entrando en un terreno emocional muchísimo más peligroso. Y sí, en ese momento exacto, uno también entiende por qué las autoridades sienten necesidad de enviar tantos efectivos policiales a protegerse de ambientes que empiezan a cargarse de rabia colectiva.
También me reportan que un alto funcionario de la Federación de Estudiantes de la UCR (FEUCR) gritaba: “militar y policía son la misma porquería.”
Y nuevamente aparece la misma sensación amarga. Porque detrás de cada uniforme también hay seres humanos. Personas que probablemente estaban ahí simplemente cumpliendo órdenes institucionales, trabajando horas enteras bajo tensión y calor, sin haber diseñado ellos mismos ninguna de las decisiones políticas que estaban siendo cuestionadas.
Incluso una amiga me contó que un oficial le confesó algo profundamente triste. Que algunos muchachos universitarios les dijeron que necesitaban presupuesto para estudiar “para no terminar siendo policías”. Y honestamente, eso duele.
Duele porque refleja una forma de desprecio humano que poco tiene que ver con la defensa democrática de ideas y muchísimo más con la necesidad de sentirse moralmente superior al otro. Y aquí también es importante aclarar algo para ser completamente justos con la discusión.
La ausencia visible de trabajadores del ICE, cascos o camisetas institucionales no necesariamente significa que el proyecto fuera bueno para la institución. Porque incluso si algunas partes del proyecto terminaran siendo beneficiosas para el país desde ciertas perspectivas económicas o energéticas, también es perfectamente lógico pensar que muchos empleados del ICE podrían sentirse amenazados laboralmente por una eventual apertura, reorganización o transformación del modelo actual. Y eso es humano.
Cualquier persona defendería su empleo, su estabilidad y su futuro. Eso no convierte automáticamente su posición en egoísta ni ilegítima. Al contrario, sería completamente natural que trabajadores de cualquier institución reaccionaran con preocupación ante cambios que pudieran afectar plazas, funciones o estabilidad laboral.
Por eso el punto no era medir si el proyecto era bueno o malo según la cantidad de funcionarios presentes. La reflexión va más por otro lado.
Porque si realmente existía una percepción profunda y masiva de amenaza institucional, uno habría esperado una narrativa muchísimo más centrada específicamente en el ICE: explicaciones técnicas, preocupaciones energéticas concretas, advertencias sobre cobertura, tarifas, infraestructura, soberanía energética o impacto laboral directo.
Pero según muchos reportes, lo que terminó dominando emocionalmente buena parte del ambiente fueron discursos de confrontación general, consignas ideológicas y mensajes que parecían desconectarse poco a poco del tema técnico original.
Y quizá ahí aparece uno de los grandes problemas de muchas movilizaciones modernas: a veces la causa principal termina perdiéndose dentro del ruido político y emocional que se acumula alrededor.
Porque cuando la conversación deja de centrarse en explicar claramente el problema y empieza a girar alrededor de rabia, confrontación o agendas paralelas, el ciudadano promedio ya no sabe exactamente qué está defendiendo la marcha… ni qué está rechazando realmente.
Y quizá ahí es donde Apacigua necesita seguir existiendo, aunque incomode a algunos extremos. Porque sí, un país tiene derecho a protestar. Claro que sí. La protesta es parte de una democracia viva. Pero también existe una enorme diferencia entre protestar desde la firmeza… y protestar desde la intoxicación emocional colectiva.
Costa Rica no necesita más personas soñando con sangre en las calles.
Costa Rica necesita ciudadanos capaces de defender ideas sin perder la humanidad en el proceso.
Porque el día que el odio se vuelva más importante que la causa… ese día ya no estaremos defendiendo al país.
Estaremos simplemente aprendiendo a destruirnos entre nosotros.