
Hay momentos en los que uno observa ciertos comportamientos públicos y no puede evitar preguntarse si detrás de ellos existe algo más profundo que una simple diferencia de opiniones. Porque una cosa es discrepar. Una cosa es debatir. Una cosa es defender ideas, valores o posiciones políticas. Y otra muy distinta es convertir la confrontación permanente en una forma de actuar. A veces pareciera que algunas personas han descubierto que la indignación genera atención, que la agresividad genera reacciones y que la provocación mantiene encendidas las emociones de quienes observan. Y cuando eso ocurre de manera sistemática, el objetivo deja de ser convencer. El objetivo pasa a ser desgastar.
Por eso cada vez estoy más convencido de que muchas de las batallas que vemos en redes sociales, en comentarios o incluso en espacios públicos, no están diseñadas para ser ganadas mediante argumentos. Están diseñadas para consumir energía. Para robar tranquilidad. Para hacer que personas razonables terminen comportándose igual que aquello que dicen combatir. Y ahí es donde aparece una responsabilidad personal que nadie puede asumir por nosotros: la responsabilidad de proteger nuestro propio estado emocional. No todo merece una respuesta. No toda provocación merece una reacción. No toda agresión merece una devolución.
Hay personas que viven cómodamente en el conflicto. Hay personas que parecen alimentarse de la confrontación permanente. Hay personas que buscan arrastrar a otros hacia espacios donde el respeto desaparece y donde la conversación deja de existir. Y precisamente por eso, muchas veces la decisión más inteligente no es responder. Es seguir caminando. Es conservar la paz. Es negarse a participar. Porque cuando alguien intenta convertir cada conversación en una pelea, entrar en su terreno significa aceptar sus reglas. Y no estamos obligados a hacerlo.
Desde Apacigua hemos hablado muchas veces de la importancia de la calma. No porque seamos ingenuos. No porque ignoremos lo que ocurre alrededor. No porque no existan situaciones preocupantes. Sino porque entendemos que una persona que pierde la serenidad pierde también parte de su capacidad para pensar con claridad. No permitas que otros administren tus emociones. No permitas que otros decidan cuándo vas a enojarte. No permitas que otros te conviertan en una versión de ti mismo que no reconoces. Porque al final, la verdadera victoria no consiste en derrotar a quienes buscan provocar. La verdadera victoria consiste en no convertirte en uno de ellos.
Hay quienes han convivido con perros callejeros y saben que, en ocasiones, no existe una conversación posible. El animal no está evaluando argumentos. No está analizando razones. Está reaccionando desde el miedo, el impulso o la costumbre. Y precisamente por eso, la respuesta inteligente no es discutir con él, sino apartarse y continuar el camino. Salvando, por supuesto, las enormes diferencias entre un perro y un ser humano, a veces sucede algo parecido con ciertas dinámicas sociales. No porque las personas sean incapaces de razonar, sino porque hay momentos en que algunas han decidido que no quieren hacerlo.
Y cuando alguien no busca comprender, sino provocar; cuando no busca dialogar, sino desgastar; cuando no busca construir, sino arrastrar a otros hacia el conflicto permanente, la mejor respuesta suele ser mucho más sencilla de lo que creemos. No es ganar la discusión. No es tener la última palabra. No es demostrar quién tiene razón. La mejor respuesta suele ser seguir adelante y negarse a entregar la propia paz a quien no la valora. Porque en tiempos donde pareciera que la confrontación se premia y la agresividad se celebra, conservar la calma puede ser uno de los actos de resistencia más importantes que una persona puede realizar.