La pista de aterrizaje

El mensaje apareció muy temprano en la mañana. Todavía no había terminado el café cuando leí que alguien quería llamarme para hacerme una invitación. Le respondí que sí, que me llamara cuando quisiera. Era un artista plástico, aunque también desarrolla otras actividades profesionales en su vida. La invitación era para asistir a la inauguración, o vernissage, de una exposición en San José. Hasta ahí, todo parecía perfectamente normal. Recibo invitaciones con cierta frecuencia. Algunas las acepto. Otras me agradan mucho, pero simplemente no logro acomodarlas dentro de la agenda. Sin embargo, esta tenía algo distinto. Algo que no lograba identificar y que empezó a despertarme una curiosidad inesperada.

Cuando finalmente hablamos, sentí la necesidad de preguntarle por qué me estaba invitando. No era una pregunta nacida del ego ni de la necesidad de sentirme importante. Era algo mucho más simple. Necesitaba entender cuál era la pista de aterrizaje. A qué lugar me estaban invitando realmente. Porque una invitación nunca es solamente una fecha, una hora y una dirección. Detrás de cada invitación hay una intención, una emoción, una expectativa o una historia. Y yo necesitaba comprender cuál era la de esta.

La explicación llegó mezclada entre varias razones. Que soy artista. Que me sigue en las redes sociales. Que compartimos ciertas sensibilidades. Que le gustan algunos de mis escritos. Que coincide con algunas de mis formas de ver la vida. Todo eso era amable, respetuoso y hasta afectuoso. Y sin embargo, algo seguía sin encajar del todo dentro de mí. Como artista me han invitado muchas veces a exposiciones. Algunas por amistad. Otras por afinidad artística. Algunas por simple cortesía. Pero aquí sentía que había algo más. No sabía qué era. No podía ponerle nombre. Solamente tenía la sensación de que detrás de la invitación existía una capa adicional que todavía no alcanzaba a ver.

Y entonces me descubrí pensando en algo curioso. En otras ocasiones tampoco he entendido completamente por qué alguien me invita a determinado lugar. Y al final no pasa nada. Uno decide si va o no va. Uno decide si aterriza en cierta pista o continúa hacia otro destino. Pero esta vez la incertidumbre no me alejaba. Al contrario. Me atraía. La hora no era la mejor para mí. El día tampoco era particularmente cómodo. Los invitados no eran necesariamente lo que despertaba mi interés. Y aun así había algo que me llamaba.

Entonces intenté convertir la invitación en un juego. Me gustan los juegos. Me gusta descubrir lo que no es evidente. Me gusta recorrer una exposición sin saber exactamente qué voy a encontrar. Mirar las obras, escuchar conversaciones, percibir silencios, intentar entender lo que el artista estaba sintiendo cuando decidió dejar una parte de sí mismo sobre un lienzo. Y creo que fue ahí donde tomé la decisión. No acepté porque la pista de aterrizaje estuviera clara. Acepté precisamente porque no lo estaba. Porque había algo que no terminaba de entender. Porque existía una pregunta sin respuesta. Porque la incertidumbre, cuando no es amenazante, tiene una manera muy elegante de llamarme.

Hay otro detalle que me sigue rondando la cabeza. Durante la conversación sentí que esta persona realmente quería que yo estuviera ahí. No tuve la impresión de que fuera por popularidad. Tampoco por seguidores. Ni por alcance en redes sociales. La sensación era distinta. Era como si quisiera que estuviera yo. La persona. No el personaje. No la página. No las cifras. Yo. Y sin embargo, cuando intenté jugar con esa idea y pregunté si lo que quería era jugar conmigo, de alguna forma esquivó el tema. No de manera incómoda. No de manera brusca. Simplemente dejó la pregunta suspendida en el aire. Y entonces la incertidumbre regresó con más fuerza.

Porque si no era exactamente conmigo, ¿qué era entonces? ¿Qué era eso que estaba intentando invitarme? ¿Qué parte de mí quería sentar en aquella sala? ¿El artista? ¿El escritor? ¿El hombre que observa? ¿El amigo potencial? ¿El ser humano detrás de todas esas capas? Y ahí sigue la pregunta, abierta, sin resolver.

Tal vez la respuesta esté en la exposición. Tal vez la respuesta esté en él, cuando le ponga una mano sobre el pecho y pueda sentir, aunque sea por un instante, el ritmo de su humanidad. O tal vez la respuesta aparezca en una conversación casual, cuando vea al artista a los ojos. O cuando vea las obras a los ojos. Porque las obras también miran. También hablan. También cuentan cosas que sus autores no siempre se atreven a decir en voz alta. Tal vez aparezca en un gesto. En un silencio. En una frase pronunciada sin intención de explicar nada. O tal vez no aparezca nunca.

Pero mientras tanto, me descubro pensando que muchas veces no tomamos ciertas decisiones porque entendemos perfectamente el camino que tenemos por delante. A veces ocurre exactamente lo contrario. A veces aceptamos una invitación porque no entendemos del todo hacia dónde nos conduce. Porque hay algo que nos intriga. Porque algo nos llama. Porque una pequeña pregunta quedó abierta. Y de pronto, casi sin darnos cuenta, sentimos el deseo profundo de descubrir qué hay al otro lado.

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